Nueva York vive este sábado una nueva jornada de manifestaciones pacíficas contra el racismo, con al menos dos decenas de convocatorias por toda la ciudad tras una de las noches más tranquilas desde el inicio de las protestas.

Según la Policía, la noche del viernes al sábado se saldó con apenas unos 40 arrestos, muy lejos de los más de 700 que llegaron a darse el lunes, el primer día con toque de queda en la Gran Manzana. La medida, que continúa en vigor cada día a partir de las 8 de la tarde, volvió a ser desafiada anoche por varios grupos de manifestantes, que fueron disueltos por la Policía sin demasiados incidentes.

Este sábado, en un día de mucho calor, miles de manifestantes comenzaron a salir a las calles ya por la mañana para participar en el sinfín de convocatorias difundidas a través de las redes sociales. En Brooklyn, unas 3.000 personas según cálculos de la Policía se dieron cita en una concentración junto al popular Prospect Park, para luego iniciar una marcha en dirección a Manhattan, atravesando el histórico puente de Brooklyn.

Además, había varias convocatorias previstas también para última hora de la tarde, con lo que es previsible que el toque de queda vuelva a ser desafiado por grupos de manifestantes, algo que en los últimos días ha producido algunos choques con la Policía, que en ocasiones ha intervenido con dureza una vez caída la noche.

La ciudad anunció el viernes que dos agentes fueron suspendidos por el uso desproporcionada de la fuerza en incidentes registrados durante la semana, en los que muchos manifestantes han denunciado abusos policiales contra marchas pacíficas.

Numerosas organizaciones y políticos locales insistían este sábado al alcalde de la ciudad, Bill de Blasio, para que ponga fin al toque de queda, al considerar que está siendo contraproducente y creando problemas innecesarios para manifestantes y agentes, dado que casi todas las protestas están siendo pacíficas.

Protestas, Estados Unidos, Nueva York (Foto: EFE/EPA/Peter Foley)

El problema de fondo

El racismo es estructural en Estados Unidos y, por lo tanto, impregna todos los ámbitos de la vida pública y privada, pero detrás de los gritos de bronca y angustia de la nueva ola nacional de protestas antiracistas que explotó en el país hay dos reclamos concretos y urgentes: reformas penales y policiales.

El asesinato de George Floyd por un policía blanco en Minneapolis que lo asfixió presionándole en cuello con su rodilla no solo volvió desnudar la brutalidad policial, sino también el hecho de que para los afroestadounidenses las consecuencias de sus actos suelen ser mucho peor y más injustas que para los blancos.

Floyd fue detenido porque intentó pagar con un billete falso de 20 dólares en un almacén. Esta semana, un profesor universitario de Texas recordó en Twitter como en 1994, en el estado de Massachussets, fue detenido por el mismo delito. Pasó una noche sin sobresaltos en la comisaría y, después de una probation (suspensión del juicio) de seis meses, la Fiscalía desestimó los cargos. El profesor universitario es blanco.

Modificar las actitudes racistas de la sociedad, en este caso de los policías, es un cambio cultural que requerirá años. En lo inmediato, organizaciones afroestadounidenses y de derechos civiles piden que el Estado elimine o reforme las leyes y los procedimientos que facilitan las disparidades raciales o protegen a los que agreden y discriminan a las minorías.