Por Fabián Bosoer (de La Razón).


La distinción entre dictadura y democracia, su carácter primordial, fue una de las piedras basales del proceso histórico que le permitió a América latina salir de décadas de inestabilidad, guerras civiles, autoritarismos, violencia política, armamentismo y conflictos limítrofes. Fue una progresiva y sostenida transición que comenzó en los años ‘80, en el Cono Sur y no se detuvo hasta consagrar gobiernos democráticos en todo el continente.

Nuestros países habían conocido en el pasado cómo se perdía una democracia y las trágicas consecuencias que sobrevenían luego, con la imposición Venezuela, de la democracia a la dictadura de dictaduras. Por ello, la salida de esos regímenes autocráticos se cimentó sobre un consenso social mayoritario de que no habría marcha atrás en ese camino, un Nunca Más que quedó fijado en la conciencia colectiva y permitió entre otras cosas, el esclarecimiento y la sanción de los crímenes de lesa humanidad, la conclusión de guerras civiles, los procesos de paz y la integración regional. También permitió la institución de una serie de acuerdos y compromisos regionales de resguardo de los Derechos Humanos y defensa de la Democracia. Vale este recordatorio porque la gravedad de la crisis en Venezuela nos remite a un retroceso de casi medio siglo en la política latinoamericana.

Venezuela inició este siglo proclamando su misión de vanguardia del socialismo del siglo XXI. En 1999, Hugo Chávez llegó al gobierno legitimado por el voto democrático y con el poder que le daba la esperanza de sus conciudadanos de ver el final de sus penurias.

El chavismo contó con un enorme poder y con una era de bonanza extraordinaria gracias a la renta petrolera. Dieciocho años más tarde, la gran ilusión se transformó en un estrepitoso fracaso, con una sociedad partida y con altos grados de enfrentamiento, con las instituciones representativas diezmadas y la dolorosa derrota de no haber sabido cambiar el destino de su nación cuando estaban dadas las condiciones para hacerlo. El socialismo del siglo XXI se transformó en un populismo exacerbado, un simulacro de gobierno popular y una estafa social.

Los gobiernos populares tratan de lograr el bienestar de las mayorías sociales, se supone. Pero para que no sea un espejismo o momento efímero, ese bienestar debe ser perdurable y sustentable, ampliándose y, sobre todo, construyendo las condiciones de su propia reproducción. El populismo, en cambio, es incapaz de lograr esas condiciones. Es efímero, recurre a la demagogia, rápidamente en lugar de ampliar los beneficios del bienestar, los achica, se agota en sí mismo y es incapaz de dejar descendencia.

Con recesión, inflación, escasez de bienes básicos, emergencia sanitaria y alta inseguridad, el régimen bolivariano, bajo la presidencia de Nicolás Maduro, se fue degradando y sumando adversidades, sin libertad de prensa, sin estado de derecho, con detenciones arbitrarias y represión. Más de un centenar de muertos en las calles y más de 5000 personas detenidas desde que empezó la última ola de protestas hace cuatro meses. Ante un Congreso de mayoría opositora, impulsó un referéndum para derogar la Constitución vigente, disolver el Parlamento y proclamar una Asamblea con mayoría absoluta y atribuciones legislativas y constitucionales. Esto coloca al régimen venezolano más cerca de la dictadura que de la democracia.

La distinción es clara: hay democracia no sólo cuando hay elecciones periódicas de gobernantes y legisladores, sino cuando hay alternancia en el poder y no ganan siempre los mismos. Hay democracia cuando quienes pierden las elecciones aceptan los resultados y se retiran, cuando no cambian las reglas de juego y las constituciones para permanecer o perpetuarse en el poder. Y eso es lo que está ocurriendo hoy en Venezuela. Hemos conocido transiciones de la dictadura a la democracia.

Ahora estamos viendo el primer caso de un camino inverso, de la democracia a la dictadura. Un camino que deja escombros en el camino y no puede tener final feliz hasta que no contemple la necesidad de respetar la voluntad popular en su totalidad, pacificar la sociedad recobrando instancias de diálogo y que cesen los desbordes del poder autoritario.


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