Por Jorge A. Mendía presidente de la Fundación del Bicentenario.


Entre las características que la historia terminó reconociendo en Manuel Belgrano se consagran con orgullo al decir que uno de los grandes padres de nuestra patria ‘murió pobre’. Desde la Fundación del Bicentenario mucho hemos reflexionado sobre esta idea con la que disentimos completamente: Belgrano no murió en la pobreza.

Tildar de pobreza su patriotismo absolutamente desinteresado no significa para nosotros un acto de rigurosidad histórica sino todo lo contrario, el develamiento de una verdad más vigente que nunca: la necesidad de ponerle un precio a la grandeza y las consecuencias que de ella se derivan, sospechar de la grandeza que no presuma premios u olvidarlas y el entender por premio solo aquello traducible en bienes materiales susceptibles de ser dejados en herencia. Herencias que solidifican status quo condenados a repetir una historia de desigualdades.

Decimos entonces que, por lo contrario, Belgrano murió rico dejando un vasto legado a una memoria pobre. Invirtió en la libertad sudamericana y en el sueño de un porvenir que verdaderamente nos perteneciera y terminó su vida llevándose la convicción de que no había nada mejor en qué invertir.

El gran legado que hoy tenemos es su legado intelectual, son sus ideas escritas por él de su puño y letra; son los fundamentos de las políticas públicas que diseñaba en materia de agricultura, de educación y de economía; son los cimientos de una nueva economía política que trazaba a medida que andaba el territorio.

Belgrano entendía que, en realidad, pobre es quien no llega nunca a alcanzar las condiciones para poder desarrollar un pensamiento propio y comunitario a la vez que respondan a las necesidades elementales de una humanidad: la libertad y la esperanza. Lo más cercano a la pobreza para Belgrano resultaba, en todo caso, la falta de oportunidad para luchar acompañado por un mismo ideal. Y por eso y mientras pudo, garantizó las condiciones materiales de su lucha aun cuando resultaban en detrimento de su provecho individual.

Mientras el Ejército permaneció estacionado en Tucumán durante cuatro años, Belgrano destinó sus sueldos sobrantes al socorro de las necesidades del ejército. Su casita, construida en la Ciudadela, era una choza blanqueada que sólo guardaba una mesa de comer, su catre de campaña, unos escaños de madera hechos en Tucumán y sus libros militares. Modesto para reconocer sus dotes militares, Belgrano las calificaba de ‘improvisadas’ pero lo que demostró en la Expedición al Paraguay y frente al Ejercito del Norte fue, en realidad, la gran habilidad de sostener una milicia con su vida puesta al servicio de una idea. Y por eso decía: ‘la vida es nada, si la libertad se pierde’.

A lo que el doctor José Gaspar Rodríguez le respondió en un intercambio de cartas: ‘mire usted que está expuesta y que necesita toda clases de sacrificios para no perecer’. Lo instaba a declinar en su propósito, a cuidar su individualidad y sacrificar una suerte colectiva. Belgrano le respondió: ‘No me atrevo a decir que amo más que ninguno la tranquilidad, pero conociendo que, si la Patria no la disfruta, mal la puedo disfrutar yo’.

Y en tiempos donde todo se dispone de tal manera que sólo nos atrevemos a garantizar nuestro bienestar individual, en tiempos de falsa libertad, el llamado a la organización y a la apuesta colectiva es un legado que nos deja y es más importante que nunca. La pregunta que nos queda entonces, 200 años después es ¿qué hicimos y qué haremos con ese legado? ¿Cómo lo administramos de forma sabia para un mejor porvenir de las mayorías?.




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