A pesar de la jocosidad de Papá Noel, de sus duendes y sus renos y sus brillantes colores, yo me quedo con mis modestos Reyes Magos. Por varias razones; una, quizás es que, en el fondo, soy una persona que no le gusta lo ruidoso, tampoco le cae bien la ostentación y prefiere las cosas duraderas y con una historia humana detrás.

Sin criticar el gusto de otras personas –cada cual con su carácter–, me sigue impactando la historia de esos padres pobres y solos, José y María, teniendo que emprender un viaje, estando ella al parir, por mandato de un poderoso. No solo pasarían hambre y frío: su hijo, debido a esto, no tendría ni cuna al nacer.

Me atrae también la presencia de diversos animales, que de vez en cuando aparecerán a través de la historia de Jesús –según el Evangelio que leamos–, o la piedad de aquellos que los ayudan, poniendo en riesgo sus trabajos.

Me emociona la presencia de los pastores, hombres sencillos e ignorantes de saberes mundanos, que cuidan sus rebaños y duermen a la intemperie pero que reconocen una señal divina y con la fe de los simples, siguen a la estrella que los llevará a Belén.

La Estrella de Belén guió a los “Reyes Magos” durante el nacimiento de Jesús, según la Biblia.

Y los Reyes Magos, aquellos que alegraron mi niñez, que no nos dejaban dormir la noche del 5 de enero, tratando de escuchar algún bufido de caballo –los míos no venían en camellos–, el eco de una pisada en las lajas que marcaban la entrada, por la galería de atrás, al living, en cuya bonita estufa solíamos armar, a principios de diciembre, el pesebre.

Después del 6 de enero, mamá se encargaba de guardarlo en una caja, sobre el ropero, envuelta cada estatuita –ya santa, ya humana, ya animal– en telas finas para protegerlas.

Durante casi todo diciembre, a la hora de la tarde, cuando mamá se tomaba un respiro en sus tareas domésticas, solíamos pedirle que nos leyera la Historia Sagrada, como quien lleva un diario de los eventos que irían sucediendo entre el principio del mes, hasta llegar al día de Reyes, ya en enero, tan esperado como la Navidad.

Todavía recuerdo una revista Para Ti de la que mamá nos leía historias navideñas o nos recitaba villancicos. En hojas gruesas y coloreadas, nos mostraba los cuadros que representaban, a través de los siglos, el nacimiento del Niño Dios por mano de grandes artistas.

De un poema, hasta el día de hoy, retuve esta estrofa:

Ábreme, Niñito Dios, quiero esta noche siquiera

Estar al ladito tuyo aunque por eso no duerma…

No recuerdo al autor, salvo que era un cura escolapio, pues las monjas escolapias me eran conocidas.

Y, a través “del éter”, como decían, la radio contribuía con nuestros artistas populares cantándole a la Virgen y al Niño, o alguna actriz famosa declamando un poema sobre los Reyes Magos.

Entre los regalos de Reyes, no olvido un juego de té y otro de mesa y sillas que, luego supe, hizo hacer papá con un carpintero de Unquillo; no solo era lindo: era muy sólido y la mesita acompañó a mamá años, ya que solía usarla en la cocina y, al final de su vida, en el patio de baldosas, con macetas y plantas que amaba. En cuanto al jueguito de té, de loza, guardó una azucarerita que la acompañaba en su té de la tarde. Y estos recuerdos me vuelven niña en la vejez.

Sugerencias

1) A los padres jóvenes: humanicen estas fiestas para los niños, dándole más importancia a la familia, a los afectos, que al dinero y a los regalos caros.

2) Probemos obsequiarles cosas que hagan trabajar su mente y que no sean solo aparatos. ¿Qué tal un hermoso rompecabezas, un Scrabble, un juguete para armar con tornillos y engranajes?

3) ¡Sin olvidar los libros!