Siempre me han atraído las vidas de las mujeres que, en la antigüedad, se convertían en líderes, reinas o guerreras, quizá porque el poder, por siglos, ha sido considerado un atributo de los hombres.

Leonor de Aquitania fue una de ellas, y no de las menos importantes. En su derrotero se entrelazan historia y mito: ha merecido cuadros, relatos, canciones, novelas, películas, obras de teatro y, en los últimos tiempos, también documentales. Nacida en 1124 –probablemente en Poitiers, Francia–, fue hija y heredera del duque de Aquitania, y las circunstancias de su vida la transformaron en leyenda.

En 1137 se casó con Luis VII; para ella, no fue un matrimonio de amor, sino de intereses políticos, pero para el joven rey, que se había enamorado perdidamente, fue un tormento, ya que la joven tenía un comportamiento “meridional” que escandalizaba a todos y sumía en celos a su marido.

Pero su fama de libertina se la ganó durante la Segunda Cruzada, cuando decidió acompañar a su marido rodeada de juglares, caballeros y otras damas. El arzobispo Guillermo de Tyr la descubrió en amores nada menos que con Raimundo de Antioquía, su tío.

Al regreso de la cruzada, el rey hizo anular el matrimonio y dos meses después, Leonor se casó con Enrique Plantagenet, a quien ella le llevaba más de diez años. Presuntamente, esperaba dominarlo mediante su belleza y su experiencia, pero Enrique tenía un carácter impredecible y al reinar en Inglaterra –en 1154–, la arrastró con él en sus viajes y consiguió dominarla.

Pasó varios años viajando entre Normandía, Inglaterra y Aquitania, dando a luz a ocho hijos y sin poder ejercer el poder, hasta que Enrique le confió el gobierno de Aquitania en 1170, el cual ella ejerció en nombre de su hijo favorito, Ricardo Corazón de León.

Allí, esta mujer culta y voluntariosa, estableció una corte a la que atrajo a trovadores, bardos, poetas, músicos y pintores. Pero bien dicen que los viejos pecados tienen sombras largas: ella, que había fomentado rebeliones de sus hijos contra el padre, fue encarcelada por su esposo, primero en una torre, en Francia, y años después en Winchester, Inglaterra.

La muerte de Enrique II en 1189 la dejó en libertad y con sesenta años –para la época, una anciana– y comenzó a gobernar Inglaterra.

Con sus dotes políticas mantuvo a Ricardo en el poder, pero las intrigas entre hermanos terminaron por agotarla.

La última tragedia fue la muerte de Ricardo en 1199, pero, extrañamente, ese año consiguió muchos de sus objetivos: se mostró como la verdadera reina de Aquitania.

Su retiro a la abadía de Fontevrault, en Francia, le dio tiempo para dar a su hijo Juan sin Tierra una ayuda diplomática. Murió en 1204, a los 82 años, y fue enterrada en la abadía.

La crónica y la historia de los estudiosos que indagaron en su vida, son tan contradictorias como interesantes: algunos dicen que era “una mujer despreciable”, otros alaban “su innegable honestidad”.

Un monje de Winchester dijo que era “incomparable, hermosa y enérgica.” Otros, recuerdan su larga vida llena de aventuras y desdichas de las que siempre salió íntegra.

Nadie se dio cuenta en su momento, pero mediante una red de matrimonios de sus hijos, poco de Europa escapó a su dominio, poder que jamás entregó mientras duró su vida. Su fin fue como el de muchas damas hermosas y poderosas de aquellos siglos, que habían amado y pecado sin medida: se aseguró su entrada al cielo enmendando su vida y vistiendo hábito.

Sugerencias: 1) Leer Leonor de Aquitania, Reina de Trovadores; 2) La Dama de Europa, de Ara Antón; 3) Ver el estupendo documental She Wolves. •