Mucho se ha dicho sobre las personas tóxicas, que con su manera de ser tornan nuestra vida miserable. Se las juzga como perjudiciales y se les atribuyen con facilidad rasgos psicopáticos. ¡Sí, con excesiva facilidad! Y cuando hablamos de relaciones de pareja, esta nomenclatura se torna aún más común: etiquetar al otro como tóxico se volvió moneda corriente. ¿Pero qué dinámicas pueden esconderse detrás de todo esto? ¿Por qué le achacamos a nuestra pareja que es un ser tóxico?

Tal vez porque sentimos que no está a la altura de nuestro amor, que es egoísta y no retribuye lo que le damos. O porque suponemos que teme al compromiso y no se juega. O porque en lugar de priorizarnos todo el tiempo, se atreve a alimentar otros vínculos e intereses personales. O porque no siempre responde a nuestros mensajes e incluso nos “clavan el visto” en WhatsApp.

En fin… Digamos que, en muchísimas ocasiones, cuando nos sentimos muy involucrados en una relación, nos angustia pensar que el otro no experimenta exactamente lo mismo por nosotros.

Y de hecho, es muy probable que eso ocurra, porque se trata de “otra” persona que, por supuesto, no está obligada a sentir lo mismo. Ocurren en estos trances cosas extrañas: por ejemplo, que tras culparla de ser la responsable de nuestra angustia, le peguemos en la frente la famosa palabrita: “¡Sos una persona tóxica!”. ¿Cómo se atreve a no querernos? ¡Seguro que nos ama! Nuestro narcisismo herido no nos permitiría asimilar otra respuesta.

Vivimos en sociedades donde la gente es cada vez menos proclive a interrogarse y hacerse cargo. Es frecuente que alguien llegue al consultorio psicológico con la ridícula intención de descubrir el modo de que su pareja “cambie”: con el objetivo de forzarla a cambiar... Pero lo cierto es que solo tenemos poder para mover fichas personales, es decir, cambiar alguna que otra cosa de nosotros mismos; tarea para la cual es indispensable reconocer nuestra cuota de responsabilidad en los asuntos que nos rodean.

“No somos árboles ni piedras: podemos movernos y salir de una relación que nos hace mal”.

¿Por qué entonces no corrernos nosotros de ese vínculo que nos daña, en lugar de pretender cambios en el otro? No somos árboles ni piedras: podemos movernos de ese lugar en vez de achacar la culpa a los demás. ¿Pero acaso es más cómodo si no nos hacemos cargo? ¿O la idea de dejar este vínculo difícil también nos angustia? Todo es posible, pero aún así somos responsables de lo que nos pasa, y tarde o temprano, el precio a pagar será iniciar un proceso de duelo. Si no lo hacemos, seguiremos siendo rehenes del malestar, mientras nos repetimos que el otro es tóxico y debe cambiar... Y de yapa, es probable que acabemos siendo nosotros los tóxicos.

En cuestiones de amor, siempre es sano reconocer que el otro es como es y no como a nosotros nos gustaría que fuera. Y aunque pueda doler, también puede pasar que esa persona que nos desvela no nos ame. Podremos aceptar estas condiciones y continuar la relación o apartarnos... La decisión depende de cada cual.

No obstante, si elegimos persistir en el intento, será mejor que nos acostumbremos a portar en nuestra propia frente la etiqueta de “persona tóxica”.

* Psicólogo y autor del libro Los laberintos de la mente (Editorial Vergara). www.espaciodereflexion.com.ar Contenido exclusivo para Rumbos.