En su justa medida, el miedo puede ser un gran aliado y transformarse en prudencia, pues gracias a que experimentamos esta sensación primitiva, miramos bien antes de cruzar la calle. Sin embargo, como todo en la vida, también en el plano de los miedos hay grados y matices, ya que su exceso puede llevarnos a una conducta patológica y paralizarnos. Cuando esto sucede, nuestra vulnerabilidad se multiplica porque dejamos de lado la racionalidad, nos volvemos más influenciables y somos presa fácil de la manipulación.

En los casos de violencia contra las mujeres, es común observar que el puntapié inicial suele ser el temor de la víctima. ¿Quién lo provoca? Desde luego que el victimario. Este último, en primera instancia, procura inocular temores varios, señalándole a su víctima posibles actividades o vínculos externos de los que supuestamente debería cuidarse.

La víctima de un manipulador comienza por aislarse y discontinuar sus rutinas, y cuando se vuelve dependiente aparece un nuevo temor: perder a su carcelero.

Y la víctima, influenciada por esos señalamientos, comienza a aislarse discontinuando o cortando definitivamente esas relaciones o aspectos de su rutina tildados de nocivos o peligrosos. Se va quedando sola y a merced de quien la aconsejó y supuestamente pretendía cuidarla.

Luego, ya aislada del resto y habiendo depositado todas sus expectativas en su carcelero, se vuelve dependiente y aparece un nuevo temor: perderlo. Decae su autoestima. Atiende excesivamente las opiniones de esa persona que va ganando total control sobre ella. Muchas veces tarda en comprender que ese otro es a quien debe temer en realidad.

Podríamos suponer que este andamiaje de miedos que alguien levanta para manipular a otra persona, solo acontece en vínculos de pareja, como en efecto se observa en casos de violencia de género. Pero ocurre en todo tipo de relaciones.

De hecho, el mismo método se observa en la manipulación de masas. Por ejemplo, si pensamos en el horror del Holocausto y rastreamos sus orígenes, veremos con claridad que la abundante publicidad nazi procuraba generar miedo en la población haciéndole creer que el gran enemigo al que había que temer era el pueblo judío. Allí el punto de partida.

Y fue debido a este miedo inoculado poco a poco y sistemáticamente en la gente, que el horror posterior se hizo posible. Fue así como vecinos temerosos, que se creían patriotas, comenzaron a denunciar a sus vecinos judíos. Fue así como permitieron lo impensable.

Hitler construyó un miedo desmedido creando un enemigo peligroso del que había que cuidarse y se puso a sí mismo en el rol del gran salvador. Y frente a ese miedo, la masa cedió el control de su vida completamente.

¿Qué aprendizajes podemos extraer de estas experiencias? Bueno, uno fundamental es que debemos desconfiar siempre de quien insiste en que tengamos miedo. ¿Por qué lo hace? ¿Por qué tanto? ¿Será tal vez que busca atemorizarnos para dominarnos con facilidad? El primer paso para la manipulación de una o muchas personas siempre es el miedo.

*Psicólogo y autor del libro Los laberintos de la mente (Editorial Vergara). www.espaciodereflexion.com.ar Contenido especial para revista Rumbos.