Los relatos policiales -sobre todo los mejores de su tipo- suelen ser soportes de reflexiones mucho más profundas que el mero enigma de saber quién mató a quién. La trama policial es el mecanismo que te mantiene enganchado al relato mientras ocurren cosas que te hablan de un tiempo, de un lugar, de una idea o de una manera de comprender algo nuevo de la vida.

Esto lo descubrí con “El nombre de la rosa”, aquella inolvidable película de 1986, basada en el no menos inolvidable libro del italiano Umberto Eco. Seguro recuerdan la historia: un monje perspicaz y analítico, interpretado por el gran Sean Connery, llega a un monasterio medieval en el que está por tener lugar un concilio y se topa con una sucesión de crímenes al parecer vinculados con una maldición apocalíptica.

Con metodología deductiva, estilo Sherlock Holmes, este monje detective va revelando que, más que con un castigo divino, los asesinatos tenían que ver con el ocultamiento de un libro prohibido, en él Aristóteles hacía un elogio de la risa, como medio para acercarnos al conocimiento y, por tanto, también a lo divino.

Y esa era la maravilla escondida detrás de la adrenalina de la trama policial: la eterna lucha entre el drama y la comedia, entre el deber y el placer, entre “las cosas como están” y las “cosas como podrían ser”. Algo que atraviesa también a la magnífica serie basada en El nombre de la rosa, que estoy viendo en estos días en la plataforma Starzplay. El monje es, ahora, John Turturro, pero su búsqueda es la misma: demostrar que la risa sigue siendo la mejor manera, la más poderosa, de liberarnos del miedo y la oscuridad.