La hermana Ester fue quien decidió que yo podía llegar a ser escritora. Nos recuerdo charlando en el aula al atardecer.


Días atrás, mi hermana Eugenia me envió por internet una foto pequeña, de esas de los años 40 o 50 que, reveladas, tenían los bordes dentados.

En seguida reconocí el colegio de las mercedarias de Unquillo: la galería de adelante, los jazmines trepadores, los escalones y la capilla vieja; y recordé sus columnas salomónicas, el antiguo sagrario, la lámpara votiva y el mantel de misa, que muchas veces me tocó planchar. En la imagen figuran varias religiosas, algunos alumnos y entre ellos, mis hermanos Pedro y Eugenia; no estoy segura si Eduardo, algo mayor.

Tengo gratos recuerdos de ese colegio. No solo hice el primario: cuando fui a estudiar magisterio con las monjas de Río Ceballos, se me permitía volver y almorzar con mis hermanos, que estaban medio pupilos. A la siesta, estudiaba mis lecciones, ayudaba con los más chicos, tomábamos el mate cocido en la cocina y después de algún rezo, volvíamos a casa.

Aquel colegio, casi agrario, fue mi segundo hogar. No tengo malos recuerdos ni de mis compañeros, ni de mis maestras… Sin embargo, Eugenia asegura que una de ellas le daba con una regla en los dedos y Pedro dice que esa misma monja le pegaba en la cabeza con los nudillos y que papá, al enterarse, le prohibió que los tocara.

Aquellas religiosas –de grado, de labores, de música– tienen un lugar especial en mis recuerdos. Una de ellas era joven, linda, alta, risueña; se llamaba Victoria y se encargó de Pedro, por entonces el más chico de nosotros. La madre superiora le permitió a papá que lo enviara porque mamá llevaba un embarazo difícil, y yo, como hermana mayor, podía ayudar con el niño.

El amor que ella sentía por mi hermano –que la seguía a todas partes– le valió muchas reprimendas de la superiora, que terminaban en llanto. Un día supimos que la habían enviado a Santa Fe. Años después me enteré de que fue por el afecto que tenía por “Pedrito” y me dolió: mi hermano pasó un tiempo sin permitir que ninguna otra religiosa se encargara de él.

De la hermana Emilia ya les he hablado: era mi maestra de piano, pero me inició en el tejido a dos agujas, me curaba los resfríos, me enseñó a armar un herbario y entre arpegios y páginas de Albéniz, intentó enseñarme a bordar.

Un año, al volver a dar clases, ya no estaba: la habían enviado a otra residencia. Esa tarde, al llegar a casa, me encerré a llorar: iba a cumplir veinte años, pero desde los siete ella había estado presente en mi vida. Pude conseguir su dirección y nos escribimos hasta que un día el correo comenzó a devolver mis cartas. No volví a saber de ella.

La hermana Ester fue quien, desde mi primer día de clase, decidió que yo podía llegar a ser escritora. Por años, en esas tardes en que ya habíamos concluido los deberes y rezado las oraciones, se nos permitían unas horas de libertad. Recuerdo la luz del atardecer por el ventanal… Ambas nos quedábamos en el aula desierta, ella sentada del otro lado de la mesa, y mientras hacía alguna labor –nada tan bonito como bordar, sino el rudo arte de zurcir las medias de la comunidad–, me proponía buscar adjetivos, usar palabras nuevas o dilucidar escenas para mis “composiciones”.

Aún hoy, cuando releo un capítulo, me parece ver su rostro picado por la viruela, su gesto adusto y su voz sobre mi hombro: “Bajo, ¿qué ha estado leyendo? ¿De dónde sacó esa idea?”, y sé que tengo que rehacer lo escrito.

Sugerencias: 1) Si tuvimos la suerte de tener buenos maestros o profesores, hagámosles saber que los recordamos. 2) Si no fue así, tal como hizo mi padre, estemos atentos a las quejas de nuestros hijos


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