Se cumplieron 30 años de un mundo que marcó nuestra historia. Un torneo histórico que dejó a los argentinos un baúl lleno de memorias indelebles.


A veces se le cuelga el adjetivo de “histórico” a cosas que difícilmente lo sean. No es el caso de Italia 90, un mundial que quedó grabado a fuego por un montón de razones, muchas de ellas deportivas y otras que resonaron fuerte lejos de los estadios. Con el trasfondo musical de Un’estate italiana (“Notti maaaagiche…”), la Copa del Mundo de 1990 fue la caja de resonancia de la gran bisagra de nuestra era. Fue el último mundial en el que participaron selecciones de la Unión Soviética y también de Yugoslavia, que estaba a punto de sumergirse en la carnicería fratricida de la guerra de los Balcanes. Alemania presentó por primera vez en 50 años un solo equipo y su triunfo se vivió como la validación ante el mundo de su reunificación Este-Oeste, presentación de cartas de una potencia emergente, que se ponía a liderar el naciente proyecto de la Unión Europea.

Historiadores de la talla de Eric Hobsbawm y filósofos como Francis Fukuyama (aquel del concepto del “Final de la historia”) señalaron que el siglo XX había terminado con la caída del muro de Berlín. Y, apenas unos cuantos meses más tarde, Italia 90 se convirtió, involuntaria pero inevitablemente, en uno de los grandes escenarios de la despedida del mundo conformado tras la Segunda Guerra Mundial y el nacimiento de la era de la globalización, que transcurre hasta hoy.

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A los argentinos, Italia 90 nos dejó tantos hitos de memoria colectiva como los mundiales del 78 y el 86. Quizás más. El llanto inconsolable de Maradona tras la derrota en la final, tras un penal dudoso que aupó al mexicano Codesal al panteón de los grandes villanos, fue la cara del drama en un torneo que también tuvo su máscara de comedia: Cannigia eludiendo a Taffarel, en el 1 a 0 sobre Brasil, probablemente el gol más gritado jamás en estas pampas. Y estuvo Goyco, el héroe inesperado, que salió de las tinieblas del banco de suplentes para acabar en la inmortalidad futbolera. Y un grupo de jugadores atado con alambre, para muchos la peor selección en términos individuales de nuestra historia, una pandilla de reos irreductibles, que estuvo a un pelín de traerse la copa a casa. Y un Diego en una pata, capaz aún así de destellos imposibles, que metió el dedo bien adentro de la llaga de las dos Italias, poniéndole todavía más condimentos extra futbolísticos a un torneo que ya los tenía de sobra.

Esta semana se cumplieron 30 años de la final de aquel torneo. Y para evocarlo conversamos con Pablo S. Alonso, autor del libro Italia 90: una épica de lo imposible, un libro recientemente editado que bucea en el tan bizarro como memorable devenir de aquella Selección y en todo lo que rodeó a aquel mundial histórico en prácticamente todos los sentidos de la palabra.

“Argentina jugó a lo largo del torneo con cuatro equipos de países que no iban a ser lo mismo poco después, incluso algunos que iban a dejar de existir como tales”, arranca Pablo, reflexionando sobre el contexto del momento. “Rumania estaba en plena transición tras la caída de Ceaușescu y el comunismo. La URSS y Yugoslavia estaban por desmembrarse, esta última mediante una guerra interna que era una gran preocupación para sus jugadores estando en Italia. En el libro escribo un poco sobre esto último. Incluso Alemania Occidental, la República Federal Alemania en los papeles que ganó este y los mundiales previos conquistados por Alemania, estaba en pleno proceso de unificación -o de absorción, ya que conservaría el nombre- con la República Democrática Alemana, la que estaba del lado comunista del Muro, que había sido derribado el año anterior. Estos detalles geopolíticos no son menores a la hora de pensar al fútbol como entretenimiento y negocio mundial: no estaban fuera de la cabeza de la FIFA”.

Además, Maradona visibilizó fuertemente las divisiones políticas ente el sur y el norte de Italia, la tensión fue altísima…

Pensemos que Maradona, a finales de ese mismo año, llegó a ser votado en el diario La Repubblica como el personaje más odiado de Italia, con Saddam Hussein en segundo lugar nueve puntos abajo, imaginate. Cada vez que se silbaba a la Selección era por el odio que despertaba Maradona, que había cometido la osadía de llevar, con desparpajo, al equipo de una ciudad humilde del Sur a la gloria reservada para las escuadras del Norte. El haber vencido a Italia en Nápoles, con una ciudad dividida por las arengas de Diego, fue el hubris definitivo de Maradona en Italia. Después de eso, su presencia en el país se hizo insoportable.

¿Podría decirse que más que jugar ese mundial, lo luchó?

Diego sabía comunicarse con sus fieles napolitanos a través de los medios, lo que ayudó a la Selección en los tres partidos jugados en el estadio San Paolo. Tenía libertades para salir de la concentración de las que el resto carecían: uno podría decir que se las había ganado. Estaba aún más roto de lo que se reportaba en su momento. Maradona se había dejado estar físicamente en el ‘89, sin embargo, dijo que iba a llegar al Mundial en forma óptima y así fue. Lo que pasa es que inmediatamente antes del Mundial, sufre un problema en una de sus uñas, a lo que tenés que sumarle una gripe, una cantidad descomunal de patadas, y ahí tenés la pelota de golf que era su tobillo izquierdo para cuando el partido contra Brasil, o la final ante Alemania desgarrado. Requirió de muchas infiltraciones y no salió ni un minuto. Otro no hubiese aguantado semejante calvario físico.

Hablanos un poco de Goycochea, que llegó como suplente de improbable protagonismo y salió convertido casi en un ícono pop.

Goycochea había tenido no solamente pases frustrados sino un rumor malintencionado de SIDA, que en ese entonces cargaba con todo un estigma particular: es increíble leer las notas de la época. Suplente de Pumpido en River sujeto a las lesiones de este para poder ser titular, para cuando llegó el Mundial estaba jugando en Colombia, con el fútbol parado desde 1989 por el asesinato de un árbitro por orden de Pablo Escobar. Después de la gloria mundialista, tuvo una sobreexposición que manejó con mayor o menor gracia. El resto de su carrera -con la pérdida de la titularidad en River y en la Selección para el siguiente Mundial como puntos de inflexión- no fue lo que él esperaba. En la prensa, a lo largo de los años le han preguntado si era un mediocre con suerte o qué. Tenía puntos fuertes y puntos débiles como arquero: los fuertes nos llevaron a una final. No es poco.

Italia ‘90 fue escenario de varios mitos del bilardismo, como el bidón de Branco y demás… ¿Qué otras revelaciones en este sentido de “competitividad extrema” recogiste en tu libro?

Bilardo era capaz de analizar hasta el video del amistoso que la Selección jugó con Menem en julio de 1989 y después retar a los jugadores porque decía que corrían menos que él. U observar a Valdano en un picado entre periodistas durante la Copa América de 1989 en Brasil, para evaluar si estaba en condiciones de volver del retiro y calzarse los cortos para jugar de vuelta en la Selección. El Doctor estaba en todos los detalles, como el Diablo. Hasta de –aseguran– hacer un “autoatentado” con la bandera argentina que flameaba en la concentración de Trigoria para arengar a los jugadores antes las adversidades a enfrentar. Claro que la dependencia de las cábalas, –o las “costumbres”, a decir de él– no deja de ser una forma, aunque sea inconsciente, de reconocer que no se puede controlar todo.

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¿Cuáles crees que son las razones que explican que un equipo tan “malo” haya estado a un penal de ser campeón del mundo? Y sobre todo, ¿por qué ha quedado tan grabado en la memoria afectiva de los argentinos?

Bueno, he intentado dedicar casi todo el libro a responder estas preguntas. Hay una suma de factores. El equipo nunca había encontrado la forma en la previa al Mundial. En el ‘86 había llegado jugando malos partidos y sin embargo durante ese mundial se afianzó como equipo, yendo de menor a mayor. En el ‘90, en cambio, todos los diagnósticos previos se cumplieron, ya desde el debut 0-1 contra Camerún: “Diegodependencia”, falta de gol, fallas en el recambio generacional, funcionamiento esquemático y defensivo. Y, sin embargo, luego hubo capacidad de reacción, suerte, desgracias, magia en cuentagotas de Maradona, la providencial aparición de Goycochea, el olfato de Caniggia, un partido muy bien planteado ante los italianos en semifinales y una final a la que se llegó con un equipo diezmado, con lo cual se hacía muy difícil ganarle a Alemania. Pero ante tantas adversidades, internas y externas, con casi todo un país anfitrión en contra -en contra de Maradona, pero por extensión, en contra de la Selección- perdemos la final por un penal dudoso. ¿Le convenía al negocio del fútbol, con vistas a Estados Unidos 94, que Argentina fuese campeón de vuelta? Son preguntas que vale la pena hacerse. Fue una “épica de lo imposible”. Esa épica sumada a que, a nivel mediático, fue el último mundial de una época, hace todo más lejano, distinto, y, a la vez, especial.

LA LEYENDA DEL “MUFA”

Publicado recientemente por Ediciones B, “Italia 90: una épica de lo imposible”, de Pablo S. Alonso, hace foco también en la Argentina de aquellos años, que fueron los del inicio del menemismo.

“Al poco de asumir, Menem estaba jugando con la Selección en Vélez. Más allá de su ego, sabía la buena publicidad que eso podía traer. Menem quiso capitalizar el Mundial 90. Por eso salió con los jugadores al balcón de la Rosada como uno más, a diferencia de Alfonsín, que les dejó el balcón a los campeones. La echó a Zulema Yoma de Olivos en plena primera ronda del Mundial mientras que, por otro lado, invitó a ver los partidos a Pumpido y el Tata Brown cuando estos volvieron antes de Italia. Siempre los diarios mandaban cronistas a cubrir cómo Menem seguía los partidos por TV. Algunas de esas crónicas tienen momentos antológicos que están recogidos en mi libro. Por último, si no hubiese estado en la cancha para la derrota ante Camerún, Menem hubiese visto más partidos en Italia, pero no podía arriesgarse a que lo sigan llamando mufa”.





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