Un relato que plasma la contracara de la juventud y la vejez, y a su vez de la gloria y el olvido.


Varios de los escritores que más me gustan han sido o son apasionados del boxeo. Arthur Conan Doyle, Hemingway, Norman Mailer, Fabián Casas… Hay una sensibilidad muy particular en aquellos que son capaces de captar la poesía que esconde la brutalidad del pugilismo.

Lo que mucha gente no entiende (el boxeo abunda en detractores) es que la fascinación no reside tanto en contemplar a dos tipos dándose piñas como en la épica y el dramatismo que lo rodea. Y, claro está, en sus infinitas historias de caídas, redenciones y nuevas caídas. “Cómo será de solitario el boxeo, que cuando suena la campana te quitan hasta el banquito”, dijo alguna vez Ringo Bonavena, uno de los grandes aforistas del cuadrilátero, un tipo capaz de superar en verba al mismísimo Muhammad Ali.

Hay bastante coincidencia en que el mejor relato sobre boxeo de todos los tiempos es “El bistec”, escrito por Jack London en 1909. Narra la historia de Tom King, un veterano peleador, cuya familia se queda sin comer la noche anterior a un combate que puede sacarlos del hambre, para que él se pueda cenar el único bife (bistec) que hay en la casa.

Una fábula que tiene muchos puntos en común con la historia real de James J. Bradock, el boxeador que inspiró la película Cinderella Man, protagonizada por Russel Crowe. Hace un tiempo, la editorial Libros del Zorro Rojo publicó “El bistec”, en un libro magnífico, ilustrado por Alberto Breccia, uno de los grandes de la historieta argentina. Si me preguntan “¿qué cosas te llevarías a una isla desierta?”, este libro sería una de las respuestas.





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