Desde el origen de los tiempos, el ser humano le ha adjudicado a las piedras un carácter sagrado o mágico.


Desde el principio de los tiempos, las piedras han atraído al ser humano y ha sobrevolado sobre ellas una especie de encantamiento: se les han adjudicado poderes y en muchos casos se ha respetado como algo sagrado o mágico ciertas formas naturales de su disposición que han perdurado por milenios.

Si nos fijamos, en prácticamente casi todos los países del mundo hay referencias sobre estas formas geométricas con que a veces aparecen agrupaciones de rocas que, por alguna razón, el hombre ha respetado, temido, adorado y, a las cuales ha acudido con la esperanza de obtener algún deseo frustrado: pedir lluvia, embarazarse, invocar el amor perdido.

Me llamó la atención un artículo publicado hace un año en el diario ABC de España titulado: “Cuando me veas, llora”: reaparecen, las “Piedras del Hambre” por la sequía.

El cronista comenta en la nota que estas piedras son consideradas por la gente de las orillas del Elba, como un anuncio de los males que caerán sobre la población cercana. Una señal divina, según algunos. Una simple y antigua superstición, dicen otros.

La nota advierte que estas piedras aparecen con las fuertes sequías que hacen bajar el nivel del río hasta llegar a ser dramático para la economía y el desempeño diario de los lugareños.

Pero esta creencia no sólo pertenece a España: en un río que nace en la República Checa, cruza Alemania y llega al mar del Norte, se produce un suceso semejante con el descenso del cauce por la falta de lluvias. A estas rocas la población las llama “Las Piedras del Hambre”, pues con la merma del río, la desolación y, antiguamente, la muerte por hambre o el éxodo, su aparición suponía una gran tragedia humana.

Dice la nota: “Ahora, más de una docena de estos piedruscos que también servían para marcar los bajos niveles de agua, se pueden ver cerca de la ciudad checa de Decín, al norte del país.” Se sabe que desde 1616 estas piedras figuran en libros y asentamientos, y son consideradas “uno de los monumentos hidrológicos más antiguos del mundo”; lo que las distingue de otras semejantes, es una especie de maldición –en alemán– escrita en ellas que advierte al que la lee: “Cuando me veas, llora”.

Quizá nos quede un resabio del más viejo temor humano, el temor a un ser irreconocible, sin nombre, que deambulaba en los antiguos bosques europeos o las selvas americanas, entre los talas de las sierras cordobesas o en esas raras piedras de la Puna donde, dicen, las coyas que se sentaban descuidadamente en ellas quedaban embarazadas sin saberse si por designio divino o por interferencia de demonios ardientes.

O como aquella gran piedra negra de la estancia “El Milagro”, en las Sierras Grandes de Córdoba, oculta en una hondonada, con forma de campana: dicen que esta roca tenía el poder de recuperar los amores perdidos, volver atractivos a los desdeñados e ignorados, conceder hijos a las recién casadas o a las que llevaban años intentando embarazarse.

Pero ya como advertencia de castigo divino, ya como dadora de belleza o generadora de embarazos, ellas siguen gravitando en el imaginario de la humanidad.

Sugerencias de la semana:

1) Conseguir El mundo subterráneo, de Nigel Pennick, en alguna librería de usados.

2) Leer sobre los círculos de piedra de Escocia –la temática de la serie Outlander– y del País de Gales.

3) Visitar, en Tucumán, el Menhir de la figura coronada de El Mollar, de Tafí del Valle: desde el punto de vista arqueológico y turístico, es sumamente interesante. Existe un estudio sobre él escrito por Guido Buffo. Quizá pueda conseguirse en el museo dedicado a la familia Buffo, en Cabana. 





Comentarios