A punto de cumplir 70, habla sobre el oficio de ser otro, los sueños por cumplir y la naturaleza de la toxicidad de la Argentina.


Oscar Martínez está mareado de la cantidad de películas que viene filmando en los últimos dos años. Dice que ni se acuerda cuándo viajó a Nueva York, cuándo a España y cuándo estuvo rodando en Argentina. Wikipedia no me puede seguir el ritmo”, bromea el prestigioso actor. En lo que va de este año ya estrenó “La misma sangre” y “Yo, mi mujer y mujer muerta” y la reciente “El cuento de la comadreja”, un peliculón de Juan José Campanella, que cuenta con un elenco lleno de pesos pesados. Y todavía le quedan “Vivir dos veces” y “Tu me manques”. “Lo que más me entusiasma de tanto trabajo es la diversidad, a mí no me gusta hacer películas porque sí, para llegar a una cifra, no… yo necesito saber que cada proyecto me aportará algo diferente, y ése fue el principal atractivo”, explica como si un científico desarrollara una fórmula.

¿Alguna vez imaginaste este momento de esplendor?

Sinceramente nunca imaginé que el cine me iba a poner en un lugar de tanto privilegio pasados los sesenta años, cuando se supone que todos los trabajos nos van empujando a los viejos hacia la cornisa.

¿A qué se debe esta suerte de redescubrimiento?

Parece que llega la etapa del reconocimiento y de los trabajos en el exterior. Ojalá que esto perdure. A mí me tranquiliza y me enorgullece, porque significa que estoy haciendo las cosas bien y que mi trabajo trasciende las fronteras. Antes no me llamaban, y ahora desde 2013 que no hago teatro por la demanda que me lleva el cine. Nunca me pasó algo así.

¿Por qué crees que no te llamaban antes?

No estaría en los planes de los productores, o simplemente no tenían mi teléfono.

¿Cómo manejabas la paciencia?

Me comía los codos, quería volver al cine, pero tuve la serenidad y la lucidez suficientes para hacerlo con algo que me convenciera ciento por ciento… Debo reconocerle toda mi gratitud a los veinte minutos que dura la historia en la que participo en “Relatos salvajes”, una película planetaria, que funcionó en todo el mundo y que me abrió todas estas puertas que yo tenía más cerradas que abiertas.

Hace unos años hablabas de que uno no está entrenado para el ocio, más siendo actor… Hoy, con tanto trabajo a cuestas, ¿extrañás esos espacios en blanco?

Uno siempre está en el lugar que no quiere, y las quejas están a la orden del día. De todas maneras, prefiero estar de este lado que de aquél, siempre es mejor tener continuidad, pero bueno, el exceso de continuidad me tiene felizmente a las corridas…

¿Sentís que sos un actor al que la gente sigue y dice “quiero ver la de Oscar Martínez”?

Bueno, no lo tengo muy claro. Sí puedo decir que en teatro lo he logrado, porque me preparé para eso. En cine, en cambio, es algo más novedoso, que estoy experimentando. Estoy empezando a entrar en el paladar de cierto público sin llegar a ser Darín ni Francella, pero es probable que desde “Relatos salvajes” (2014) haya gente que diga “Voy a ver la de Martínez”.

¿“El ciudadano ilustre” se puede decir que fue “una película de Martínez”?

“El ciudadano ilustre” es una película en la que tengo un fuerte protagonismo y entiendo que se pueda decir “la película de…”. Pienso en “El hijo de la novia” o “El secreto de sus ojos”. ¿Qué dice la gente? ¿Una película de Darín o de Campanella? Probablemente de Darín, porque la gente las identifica por Ricardo y las fue a ver por Ricardo. Y eso que estamos hablando de Campanella, eh, que es una superestrella.

¿Qué te hace falta para ser una estrella nacional?

Yo construí una carrera dejando en claro qué cosas hacía y qué cosas no. Entonces, de alguna manera, los costos que pago por eso son el de no ser una estrella –dice entre comillas-.

¿A qué costos te referís?

Una cosa es ser famoso, que lo soy y lo siento en la calle, y otra cosa es ser popular… yo no lo soy, yo soy conocido y respetado, pero no popular como Darín y Francella.

¿Te gustaría ser popular?

Siempre y cuando no tenga que modificar nada de lo que hago, sí, claro, acepto.

¿No modificarías nada?

A esta altura del partido no tengo ganas, me da mucha fiaca.

¿Cómo es tu relación con la gente de a pie?

Muy respetuosa y cálida. La gente que se me acerca, que no es mucha, lo hace con cierto cuidado, como desconfiando pero con buenas intenciones.

¿Qué más le pedirías a la profesión?

Sería un angurriento si le pidiera algo más a este oficio, pero yo me conozco, soy jodido y siempre tengo hambre de más. Por otra parte me gusta pensar que lo mejor todavía no lo hice. Es un ejercicio que me hace bien al mate para mantener la llamita encendida.

¿Un ejercicio que te dieron en terapia?

Tiene que ver con mi personalidad, con esto de no darse por satisfecho nunca, por más que soy un tipo racional, que entiende los bemoles de este oficio. Pero me jode, aunque también me fortalece, sentir que no termino de completarme.

Se te escucha voraz pero mesurado, valga la figura…

Siempre quiero ir por más, me siento más hambriento que nunca dentro de mi oficio, pero es porque me está yendo bien. Y reconozco que me asusta esa voracidad pero, te decía, me tranquiliza saber que esa ambición me mantiene los pies sobre la tierra…

¿Qué sería “lo mejor” para sentirte completo?

Lo mejor está asociado a sueños que después pueden terminar en pesadillas, pero hoy me desvela poder filmar con Almodóvar, uno de los grandes cineastas que aún quedan en pie. Como filmar con Woody Allen es prácticamente imposible, me focalizo en el gran Pedro, una misión que no es imposible porque lo conozco mucho. Pero, también pienso que lo mejor no es trabajar con algún supremo, también puede ser con un debutante, pero haciendo uno de esos personajes gloriosos.

Si yo te digo “10 de septiembre de 2016”…

(Piensa cinco segundos y le sigue un gesto de satisfacción.) Obtuve la Copa Volpi en el Festival de Venecia, un premio que recibieron eminencias como Marcello Mastroianni, Jack Lemmon, Sean Penn…

¿Cómo ves el premio a la distancia?

Gracias a ese galardón, hoy filmo por el mundo.

¿Cómo te llevás con el ego, porque no debe ser sencillo domesticarlo?

A esta edad estoy muy tranquilo. Hasta los 65 padecí la absoluta inestabilidad, no voy a cancherear ahora… Cuando te envanecés, cuando creés que ya está, la cagaste…

¿Hasta dónde te exigís?

Hasta convertirme en un ser insoportable. Cuando llego a ese grado, del que me doy cuenta, ahí ya aflojo con la exigencia…

Tenés cuatro hijas, ¿cómo se vive en casa el emerger actual del feminismo?

Tengo el rancho rodeado –sonríe, divertido–. Yo el feminismo lo conozco hace tiempo, siempre lo fui, soy un vanguardista del feminismo, pero nunca me interesó ir divulgándolo por ahí… Estoy absolutamente a favor de la igualdad de derechos, aunque no creo que seamos iguales.

¿Cuál fue tu bajada de línea como padre de cuatro chicas?

Si bien hay edades desparejas, el concepto siempre fue el mismo: “Prepárense, fórmense, estudien, para no depender nunca de un hombre”. Y se los decía convencido, porque siento que tengo una faceta femenina muy marcada. No soy ningún macho alfa.

Se armó revuelo por ese rumor que habrías deslizado de que te querés ir del país?

(Asiente silencioso) No lo sé, no es sencillo a mi edad radicarme en otro lugar. Creo que esa decisión se haría si me resultara intolerable seguir viviendo aquí. (Hace una pausa, retoma). La posibilidad de trabajar en el exterior me enseñó que puedo pensar en dejar, al menos por un tiempo, la toxicidad que se respira en la Argentina.

“La posibilidad de trabajar en el exterior me enseñó que puedo pensar en dejar, al menos por un tiempo, la toxicidad que se respira en la Argentina”, Oscar Martínez.

¿Podrías?

Soy muy argentino, pero contra todos mis pronósticos, me di cuenta que en España la pasé muy bien. Estuve filmando tres películas en un año y medio, y aprendí que se puede vivir sin la hostilidad que a veces nos acorrala en este país, que es amor u odio. A mí me agobia bastante el día a día, por eso cuando me subo a un avión y dejo Argentina, siento que me libero de una mochila de toneladas de peso.

¿No podés distenderte, mirar para otro lado?

Por mi manera de ser, por mi personalidad, no me puedo hacer el boludo y mirar para otro lado. Yo soy una persona muy comprometida y me duele todo lo que está pasando. Y me hago mucha malasangre y padezco a los políticos, a la inseguridad, al maltrato diario en la calle que ya naturalizamos como si nada.

En las redes sociales te tildan como actor macrista…

Yo nunca estuve afiliado a ningún partido político, ni aún en los tiempos del doctor Raúl Alfonsín, al único político que veneré. Siempre me cuidé de no estar involucrado, ni asistir a actos proselitistas a los que me invitaban, para poder conservar la independencia de pensamiento y poder decir por qué no estoy de acuerdo. Nunca dije ser macrista, pero sí expresé mi desacuerdo por la gestión anterior. Entonces se deduce que soy macrista, pero lo niego enfáticamente. ¿Ves? Es por esto, entre varias otras cosas, que a veces quisiera tomarme vacaciones de la Argentina, pago las consecuencias de estar acá, pero no quiero irme…

El 23 de octubre cambiarás de década. ¿Cómo se esperan los 70?

Ni me lo recuerdes, es algo que me tiene mal, no tengo fluidez ni capacidad de asimilación. Simplemente no puedo creer que esté llegando a ese número. ¡No lo puedo creer! –exclama casi molesto–. Decí que me agarra en el momento personal y laboral más importante de mi vida.

En el personal está tu ladera inseparable, Marina Borensztein…

Sí, una compañera de fierro, me acompaña a todos lados adonde filmo. Y yo lo celebro porque me resultaría muy duro si no estuviera al lado mío.

¿Imaginabas estar tan ocupado orillando los 70?

Me sorprende que cerca de esa edad –ni la quiere mencionar– me sienta tan enchufado con mi laburo, sobre todo cuando hace unos años me sentía tan excéptico y contrariado… Pero cambió la mano y quiero mantener este entusiasmo hasta el último día de mi vida.

¿Imaginás el último día?

Por salud mental prefiero que no… Ya tendré tiempo de hacerlo. 





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