En estos últimos días estuve pensando mucho en la intolerancia.

Intolerancia como la incapacidad de una persona para respetar las opiniones, ideas o actitudes de otros cuando no coinciden con las propias.

Si tuviera que describir uno de los mayores retos actuales de nuestra sociedad mencionaría sin dudar el de aprender a tolerar.

Que el otro piense, actúe, viva o se maneje igual que vos.

Que sea diferente, que no comparta tu opinión, que no vea la vida de la misma manera o con el mismo enfoque.

La tolerancia es ser capaz de comprender que no es necesario ser iguales para llevarse bien.

Es ver que a pesar de las diferencias uno puede coincidir.

Estuve dándole vueltas a esa necesidad general de aprender a escuchar más atentamente, a no interrumpir hasta el final, a conceder al otro la posibilidad de disentir sin atacar.

La tolerancia es la clave de la convivencia.

Es fundamental para avanzar como sociedad.

Que poco podemos saber de verdades irrefutables y no somos nadie para imponer a otros lo que deberían sentir u opinar.

Si hay algo que enriquece a la humanidad son las diferencias de cada persona que la integra.

No se trata de pensar igual sino de saber respetar al otro en su totalidad.

De poder decir: no coincido, pero te respeto.

Pues, son las disidencias las que nos potencian.

Las que nos permiten ver la vida desde otra perspectiva.

Y nos llevan a replantearnos y mejorar.

En tiempos como estos, trabajar la tolerancia es de primera necesidad.

Porque es lo único que puede unirnos.

Y unidos es la única manera de salir e imponernos a tanta adversidad.