Hace un par de días, una desconocida me preguntó cuál era mi meta en la vida.

Fue una de sus primeras preguntas y la soltó sin dudar.

Como si fuera de lo más trivial.

Me dejó pensando.

¿Se supone que uno pueda contestar rápidamente a la pregunta de qué es lo que vino a hacer acá?

De niños todos tenemos sueños: ser astronautas, presidentes, bomberos o estrellas de rock.

Pero, al crecer, las ambiciones y aspiraciones tienden a cambiar ¿no es así?

Entonces tenés que volver al principio una vez más y preguntarte: ¿cuál es mi meta?

¿Ser feliz? Es una posible respuesta. Pero te llevaría a una interminable discusión sobre qué carajo es la felicidad.

¿Cosas materiales? Otra respuesta. Pero ¿estás seguro de que eso es lo que te querés llevar de esta vida? Mejor dicho, ¿sos consciente de que lo material es lo primero que se olvida?

Bueno, vamos, que tampoco creo que nadie que te haga esta pregunta piense que no puede ir cambiando a lo largo del tiempo.

Te lo digo, los objetivos de las personas cambian con los años.

Aún más con los daños.

Siempre te digo que la vida es una y que no hay que pasarse el escaso tiempo que se dispone proyectando. Empero, también considero que son los proyectos a largo plazo los que te hacen seguir adelante en los peores momentos.

Entonces, si te preguntara: ¿cuál es tu meta? ¿a qué viniste? ¿qué es lo que te querés llevar?; ¿sabrías qué responder?

No te asustes, yo aún lo sigo pensando.

Creo que, como primer paso, me gustaría encontrarme conmigo mismo.

Una vez que eso suceda, bueno, tal vez entonces pueda enfocarme en qué espero lograr con el tiempo que me queda acá.

O tal vez mi meta sea llegar a mi último día sintiendo que viví todos y cada uno de mis días a pleno y que ya no me queda nada pendiente de este lado.

Antes de terminar te agrego dos interrogantes más: cuando sepas qué meta estás persiguiendo va a ser momento de preguntarte si se corresponde con la vida que estás llevando.

En caso de que la respuesta sea no, ¿qué estás esperando para cambiarlo?