Hay mendocinos en todo el mundo y cada uno vive una realidad particular. Andrés es un pescador de Mendoza que decidió emigrar a Tierra del Fuego y recientemente abrió su negocio familiar en uno de los puertos más australes del mundo.

El hombre vive en un pueblo de Tierra del Fuego con su pequeña familia: su esposa y su hijo de dos años. Hace un tiempo comenzó su emprendimiento junto a su pareja y contó su realidad de ser un mendocino viviendo y trabajando en el fin del mundo.

En plena crisis, emigró a Ushuaia

El país ardía en llamas, pero el fin del mundo era una tierra de oportunidades o por lo menos eso había escuchado Andrés en sus primeros años de juventud. “Llegué a los 18 años a Ushuaia, por un tema familiar. Fue en la época del 2000, cuando estaba todo mal en Argentina”, comenzó el mendocino.

Tenía familiares en la Patagonia y de ellos escuchó que todo no estaba tan mal en el sur como el resto del país. Además, vivía su madre en Tierra del Fuego, a quien no había conocido antes. Se armó de valor y partió hacia la ciudad del fin del mundo.

Yakú, su hijo de dos años, está completamente acostumbrado a la realidad del puerto, ya que nació en el lugar. Foto: Gentileza Andrés

Estaba lleno de miedos, por el frío, el contexto histórico y por su propia inexperiencia. “Tierra del Fuego es una provincia muy desconocida por los mendocinos y por el resto del país”, afirmó Andrés, agregando que “era muy difícil para un mendocino el frío, muy duro acostumbrarse al clima. Me acuerdo que llegué en pleno invierno”.

Y a pesar de todo esto, el joven consiguió trabajo rápido. En esos primeros años, alternó entre la construcción, herrería y mecánica. Pero con el tiempo, este tipo de trabajo en Ushuaia se volvió monótono y sintió que tenía que cambiar su vida.

Andrés, el mendocino pescador

“La misma rutina me cansó de Ushuaia. En uno de esos trabajos conocí a un capitán que se dedicaba a la pesca y me hizo conocer Puerto Almanza. Eso fue amor a primera vista”, detalló Andrés.

Puerto Almanza es un pueblo de Tierra del Fuego, ubicado sobre la costa del Canal de Beagle. Viven alrededor de unas 30 personas y queda a unos 75 kilómetros de Ushuaia, habitado mayormente por pescadores, aunque de a poco está creciendo y abriéndose al turismo.

De esa manera también fue introducido al mundo de la pesca, trabajo que hoy sigue ejerciendo. “Conocí el arte de la pesca allá. Solo sabía la típica pesca de río. Conocí como pescar y la diversidad de la fauna marina. Es otro mundo”, comentó el mendocino.

Así fue que Andrés comenzó a profesionalizarse para convertirse en pescador. En Tierra del Fuego es necesario contar con papeles y el aprendizaje necesario para hacerlo. Fue asesorado por el capitán y decidió estudiar en la prefectura de Ushuaia para convertirse en marinero.

Tenés que rendir todos los años, tener el psicofísico. Te enseñan muchas maniobras de rescate, en los barcos se producen muchos accidentes así que tenés que estar preparado”, aseguró el mendocino. De ahí cuenta que arrancó con su trabajo, en la pesca de centolla y desde ese momento, no paró.

La fauna marina del puerto es extenso, aunque las estrellas serían los cangrejos centolla patagónica, que hoy esta valuado a seis mil pesos el kilo. Otros animales de mar incluyen salmón, trucha, mejillones, cholas y erizos de mar.

La centolla, el manjar que los turistas buscan cuando llegan a Ushuaia. Se consigue en Puerto Almanza. Foto: Gentileza Andrés

Creando un hogar en el puerto más austral del mundo

Fue en Ushuaia que conoció a su esposa, Mariana. Ella se dedica a la gastronomía entonces cuando Andrés la llevó a conocer Puerto Almanza, consiguió trabajo en un restaurante local que se dedica a la comida del mar. Hasta ese momento iban y venían desde Ushuaia.

A los dos años de vivir acá ella quedó embarazada, así que decidimos tener nuestra vida acá. Es muy duro el clima acá, tenés que sobrevivir a partir de Mayo hasta septiembre, que son los meses de invierno”, contó Andrés.

El hijo de Andrés en el puesto, su nombre inspirado por él. Foto: Gentileza Andrés

Hace cinco años que se establecieron en Puerto Almanza y hoy ya tienen a su hijo de dos años, el pequeño Yakú, quien nació en el lugar. Con su nacimiento decidieron emprender. abriendo su puesto de panificados llamado “El Puestito de Yakú”.

Todo cuesta, el primer año cuesta. Pero le estamos metiendo mucho amor y sacrifico”, expresó Andrés. También están terminando de construir su casa para sobrevivir la realidad de vivir en uno de los puertos más australes del mundo, “haciendo patria” como dice Andrés.

Somos una pequeña familia, felices porque nos gusta el lugar donde estamos. Tratamos de autobastecernos nosotros mismos. Es muy duro pero a la vez muy lindo”, concluyó el mendocino.