La cautiva de San Benito

por Cristina Bajo

 La amante de don Juan Manuel de Rosas no figura entre los grandes amores que pasaron a la historia argentina: no hay retrato alguno de ella. Ni siquiera se sabe cómo era, en realidad.

Muchas veces, en la vida de los hombres célebres, las amantes han tenido más protagonismo que las esposas. El caso de Eugenia Castro es diferente: la amante de don Juan Manuel de Rosas no figura entre los grandes amores que pasaron a la historia argentina: no hay retrato de ella, ni siquiera se sabe cómo era, en realidad.

Son pocos los datos que se guardan de esta joven a la que llamaban, tanto los unitarios como el propio Restaurador, “la Cautiva”.

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Eugenia era hija del coronel Juan Gregorio Castro quien, al morir, dejó como tutor de sus hijos –ella y Vicente– al gobernador de Buenos Aires, encomendándole los bienes a administrar: una pequeña propiedad y algo de tierra sin mayor valor.

Se sabe que Eugenia, de unos doce años, fue destinada a la familia Ezcurra, pero se quejó ante su tutor de que era maltratada por los sirvientes y pasó a cuidar de doña Encarnación, ya muy enferma. Por entonces, la pupila estaba embarazada –se decía que de un sobrino de doña Encarnación– y dio a luz una niña a la que bautizaron Mercedes.

La esposa de don Juan Manuel le tomó cariño por sus atenciones, y al morir, Eugenia pasó a vivir en la lujosa quinta de Palermo, donde se convirtió en la amante del viudo. La diferencia de edad entre ellos era de unos treinta años.

A partir de entonces, dio a Rosas varios hijos: Ángela, Emilio, Nicanora, Joaquín y Justina. Cuando Rosas dejó el país, después de Caseros, estaba embarazada de otro niño, al que llamó Adrián; al parecer debió entregarlo al nacer, pues no podía mantenerlo. De este niño no han quedado datos.

Su vida había transcurrido casi a escondidas en la mansión de San Benito de Palermo, donde su amante trataba con cariño a los niños, aunque, como se vio finalmente, no estaba dispuesto a reconocerlos como propios: “El, convencido de la grandeza de su linaje, no imaginó siquiera que podía reconocer a sus hijos naturales y asegurar el bienestar de Eugenia”, señala la escritora María Sáenz Quesada.

Los niños, sin embargo, tenían un notable parecido con él, según atestiguaron algunos visitantes que los conocieron (diplomáticos y viajeros extranjeros que pasaron por Palermo). También por ellos se sabe que tenían muy poca educación, demasiada libertad y que, como a sus bufones, su padre solía usarlos para molestar a quienes no le caían bien.

El papel de Eugenia en la casa de Rosas era ambiguo: cuidaba de los niños, se encargaba de cortar el pelo y rasurar a don Juan Manuel, le cebaba mate, servía la mesa y hasta hacía de “probadora oficial” de sus platos: en momentos en que se suponía que intentaban envenenar al Restaurador, ella los “cataba” primero.

Hay quien dice que Manuelita era muy cariñosa con los niños; pero el hecho de haberlos dejado atrás después de Caseros (cuando en realidad habían preparado con antelación el viaje a Inglaterra, por si la suerte les era adversa) no nos permite creer simplemente en eso. Especialmente cuando, con el paso de los años, se negó a reconocerles algún derecho sobre la herencia de su familia.

En los años en que Juan Manuel de Rosas detentaba todo el poder, la vida de la joven fue cómoda, pero después de Caseros, cayó sobre ella la miseria.

Sugerencias: Leer en “500 años de Historia Argentina – Rosas y la sociedad Federal”, dirigido por Félix Luna, el capítulo “Las tres mujeres de don Juan Manuel”, de Felipe Cárdenas (hijo). •