Crisis mundial

¿Estamos preparados para vivir sin Internet?

por Diego Marinelli


Puede ser una gran tormenta solar o un ataque masivo de hackers: la posibilidad de que el mundo se quede de pronto sin conexiones y telecomunicaciones es mucho más real de lo que queremos pensar. Las principales potencias y los cerebros de Silicon Valley ya comienzan a prepararse para una hipótesis de película catástrofe: lograr que la humanidad siga adelante si se caen las redes.  

Una de las últimas grandes medidas que tomó Barack Obama antes de abandonar el sillón de la presidencia de Estados Unidos fue firmar una orden ejecutiva que convocaba a los distintos organismos públicos, académicos y de seguridad a prepararse para una potencial caída de las redes eléctricas y tecnológicas a escala global, producida por una tormenta solar de grandes proporciones. El documento fue firmado el 13 de octubre de 2016 y todavía se puede consultar en la web oficial de la Casa Blanca. En el texto se describe cómo un fenómeno solar de estas características puede anular por completo infraestructuras y tecnologías como el Sistema de Posicionamiento Global (GPS), los satélites, el transporte aéreo, los servidores de internet y la red de energía eléctrica. Y afirma que sus consecuencias, en el mundo en que vivimos, alcanzarían proporciones de catástrofe.

Las tormentas solares ocurren habitualmente, pero suelen ser de baja intensidad y solo generan distorsiones tolerables en los sistemas globales de comunicación. Una más potente, en 1989, dejó inutilizada por varios días una parte importante de la red eléctrica de Canadá. Más atrás, en 1859, el llamado “evento Carrington” constituyó la tormenta solar más intensa registrada en toda la historia. Su potencia fue tanta que se podía contemplar a simple vista en el cielo y anuló por completo los servicios del telégrafo. Pero aquellos eran tiempos en los que la electricidad y la telecomunicación no definían la vida cotidiana de la humanidad como lo hacen ahora. En el siglo XXI, una tormenta como la del “evento Carrington” dejaría al mundo en un estado que a nadie le gustaría siquiera imaginar.

Bellísimas cuando se ven en imágenes telescópicas, las tormentas solares no son el único fantasma que amenaza al mundo con el “gran apagón”. Ejércitos de hackers –independientes y también al servicio de potencias grandes y pequeñas, desde Estados Unidos, Rusia y China hasta la inexplicable Corea del Norte– han demostrado que son capaces de competir con el poder destructivo del Sol. Hacia finales de 2016 una de esas milicias logró desactivar a Dyn, uno de los proveedores de internet más importantes de los Estados Unidos, anulando los sistemas de empresas como Twitter, Amazon, Spotify, de varios de los principales medios de comunicación del país y de Pay Pal, el sistema de pagos online a través del que se realizan millones de transacciones comerciales al día. El ataque fue asumido por New World Hackers, un grupo de saboteadores informáticos rusos y chinos que decidieron dar al mundo una pequeña muestra de lo que son capaces de hacer organizaciones como la suya.

Los servicios de inteligencia de la primera potencia mundial no pudieron hacer gran cosa para atrapar a los responsables del sabotaje a Dyn y poco tiempo más tarde el mismo grupo atacó los routers de Deutsche Telekom y dejó sin internet a un millón de alemanes. La perspectiva es bastante escalofriante: 10 nerds con teléfonos celulares podrían ser capaces de dejar el planeta a ciegas.

En la serie Black Mirror, sus directores muestran un futuro pesimista para toda nuestra sociedad tan dependiente de Internet y la web.

Demasiado conectados

Sea por causas naturales o humanas, el “gran apagón” es un escenario tan posible como temible. Adaptados como estamos a la realidad atravesada por la revolución tecnológica somos muy poco conscientes de la infinidad de aspectos de nuestra vida cotidiana que no podrían desarrollarse sin conexiones a internet ni, mucho menos, a líneas eléctricas. Los teléfonos y la web, obvio; pero también el suministro de agua potable y energía, el pago de sueldos y cualquier tipo de actividad bancaria, la navegación de los barcos, la posibilidad de acceder a noticias, la producción y distribución de alimentos, el funcionamiento de la inmensa mayoría de los aparatos que nos rodean…

En el reciente documental “Lo and Behold”, del legendario director alemán Werner Herzog, un grupo de astrónomos, físicos, sociólogos y emprendedores digitales de prestigio mundial reflexiona acerca de la relación de dependencia que la civilización actual mantiene con la web, las redes y las telecomunicaciones. Particularmente en el capítulo titulado “El final de la red”, este puñado de mentes brillantes aborda la posibilidad del “gran apagón” y coinciden que el meollo del asunto no está en si se va a producir o no, sino en cuándo.

Lucianne Walkowicz, una tatuadísima astrónoma del Adler Planetarium de Chicago, afirma: “Incluso eventos solares pequeños, que vemos con relativa frecuencia, afectan las telecomunicaciones y crean cortes en las redes eléctricas y alteraciones en nuestros satélites. Así que imagina lo que podría pasar con una verdadera tormenta solar. Estudiando el comportamiento del Sol y de otras estrellas similares, vemos que episodios como el del “evento Carrington” ocurren por ciclos, cada unos cientos de años. Por lo que es solo cuestión de tiempo que volvamos a enfrentarnos a uno similar en nuestro planeta.” La visión más alarmista (o alarmada a secas) es la del cosmólogo de la Universidad de Arizona, Lawrence Krauss, quien sostiene que un “gran apagón” devolvería al género humano prácticamente a los tiempos de las cavernas: “Un destello solar que destruyera la estructura de información y comunicaciones que tenemos actualmente en la Tierra haría que colapsara la civilización tal como la conocemos, provocaría millones de muertes, haría que el mundo se conviertiera en un lugar extremadamente hostil para las personas normales.” Por su parte, Jonathan Zittrain, profesor de Ciencias de la Computación en la Escuela de Ingeniería y Ciencias Aplicadas de Harvard, alerta sobre el hecho de que hoy las redes a través de las que accedemos al agua y los alimentos son altamente dependientes de la tecnología digital y las telecomunicaciones. “Si esas redes se interrumpen, sería muy difícil abastecer de alimento a buena parte de la humanidad, especialmente a quienes viven en ciudades. Y habría que comenzar a prepararse para eso”, afirma.

Preparados, listos…

El denominador común de todas las visiones sobre una caída generalizada de los sistemas y redes que hoy mantienen andando al mundo es que es imprescindible que los estados y también el sector privado asuman que el escenario es posible y se preparen para hacerle frente. La orden ejecutiva dictada por Barack Obama demuestra que la primera potencia mundial ha comenzado a tomarse el tema en serio. Es altamente probable que otros países imiten pronto la decisión de Estados Unidos y sería prudente que los argentinos comencemos a presionar a nuestras instituciones públicas para que también lo hagan. El sector público debería comenzar a pensar en protocolos de emergencia que garanticen el funcionamiento offline de al menos sectores estratégicos como la provisión de agua, de energía básica y de distribución de alimentos. Por su parte, el sector privado tendrá que hacer su parte para asegurar elementos críticos, como la actividad bancaria y el comercio.

Empresas como Google y Facebook llevan tiempo investigando y desarrollando tecnologías que podrían proporcionar conexiones alternativas a las actuales, ideales para ser utilizadas en casos de emergencia y crisis en los suministros de energía. Hace poco, Google canceló su proyecto Titán, que se proponía brindar servicio de internet a través de drones impulsados por paneles de energía solar, pero continúa adelante con Loon, un programa basado en una red de globos aerostáticos, equipados con antenas 4G que se conectan entre sí para brindar conexión a la web y establecer telecomunicaciones en zonas remotas, cuyos sistemas funcionan también con energía solar.

Iniciativas como estas, multiplicándose por todo el mundo en los próximos años, quizás logren que la humanidad esté preparada para arreglárselas sin el gran entramado de redes que es, al mismo tiempo, un hito de nuestra grandeza tecnológica y nuestro talón de Aquiles.