"Dejé de llamarlo papá": el doloroso relato de la hija de un represor de Córdoba
Tras la condena a prisión perpetua del hombre, reveló el pacto de silencio y la violencia que marcó su infancia.


La memoria suele ser un rompecabezas que tarda décadas en completarse. Para Adriana Britos, las piezas siempre estuvieron allí, camufladas bajo la apariencia de una "cotidianidad familiar" que, en realidad, escondía un horror. A 50 años del golpe de Estado, la mujer habló sobre el vínculo con su padre.

Su testimonio reconstruye cómo fue crecer siendo la hija de un represor del D2, el departamento de inteligencia de la Policía de Córdoba que funcionó como centro clandestino de detención durante la última dictadura militar.
Lo que para cualquier niño es un espacio de juego, para Adriana era un reflejo involuntario del horror que respiraba en su casa. "Yo jugaba con las muñecas y las metía en un tacho con agua y nadie entendía por qué yo hacía eso", relató a Telefe. Esa escena infantil, aparentemente incomprensible, cobró un significado perturbador años más tarde: Adriana estaba replicando, sin saberlo, los métodos de tortura que su padre y sus cómplices aplicaban en centros como La Perla y Campo La Ribera.

En su hogar, los domingos no eran de descanso, sino de planificación. Adriana recuerda haber presenciado las charlas de la "pandilla del D2", donde se sentaban a organizar allanamientos y a "repartir los botines" tras las devoluciones de los supuestos "mimos", un código macabro para referirse a sus actos delictivos.
La violencia del aparato represivo no terminaba en los centros clandestinos; se filtraba en el círculo íntimo bajo la forma de terror psicológico. El entorno familiar de Britos estaba bajo una amenaza constante para garantizar que nadie rompiera el "pacto de silencio". Según su testimonio, el mensaje era claro: si alguien revelaba algo, "íbamos a morir quemadas vivas".
Esa lealtad forzada se mantuvo hasta el final. Su progenitor, quien falleció en 2015 con un estado de salud deteriorado, negó sistemáticamente sus crímenes en cada audiencia.

El proceso de desnaturalización comenzó en la adolescencia de Adriana, pero la confirmación final llegó con la justicia. "Cuando él es citado y condenado, tomo conciencia real de lo que era mi padre", afirmó. Verlo recibir la pena de prisión perpetua por crímenes de lesa humanidad fue el punto de inflexión que le permitió poner palabras al horror y tomar la decisión simbólica más fuerte de su vida: dejar de llamarlo "papá".