Los prejuicios en los diferentes deportes hacia las mujeres han dejado atrás los recuerdos de momentos increíbles que, en esta era de feminismo, pueden encontrar la luz y visibilizar aquellos nombres que marcaron la historia.

Ese es el caso de Ewy Rosqvist y Úrsula Wirth, dos amantes de las carreras automovilísticas que llegaron a protagonizar una enorme hazaña en 1962: le ganaron a 256 hombres en el Gran Premio Argentino y dieron ese primer paso para terminar con el estereotipo de las mujeres al volante.

Rosqvist, de 32 años, y Wirth, de 29, nacieron en Suecia y llegaron a Argentina buscando un sueño en común, que muchos creían era imposible. Sin embargo, si algo lograron desde que pisaron suelo latinoamericano fue llevarse todas las miradas tanto por su gran belleza como por su determinación a participar en la carrera.

En aquel año, El Gran Premio Standard argentino se corrió desde el 23 de octubre hasta el 4 de noviembre. El recorrido comprendía las provincias de Buenos Aires, Córdoba, San Luis, Mendoza, San Juan, La Rioja, Catamarca, Tucumán, Santiago del Estero y Santa Fe.

La imagen de la corredora Ewy RosqvistGentileza.

“Las suecas”, como eran llamadas, eran parte del equipo de Mercedes-Benz. Rosqvist era la piloto y Wirth, la navegante del equipo. Ellas no solo fueron grandes corredoras, sino que eran unas estrategas innatas que, a diferencia de sus colegas, estudiaron los terrenos y tenían presentes los posibles problemas que cada etapa de su categoría podía traer consigo.

Sin embargo, un contratiempo llegó durante la carrera y casi significa el fin de su participación. Su compañero de equipo, Hermann Kühne, falleció tras sufrir varios vuelcos luego de atropellar unas ovejas.

Ambas mujeres pensaron en abandonar por el luto hacia Kühne, sin embargo, encontraron una mejor manera de homenajearlo a través de su triunfo.

"Las suecas" se convirtieron en la sesanción durante la carrera.Gentileza.

Tiempo después le preguntaron a Rosqvist sobre los recuerdos que se llevó del país y ella aseguró: “¡Argentina es un país enorme, parece que no se termina nunca! Y recuerdo especialmente el afecto de la gente. Donde parábamos nos rodeaba el público. Y en los hoteles, el recorrido hasta nuestro cuarto estaba lleno de flores. Y como la gente se agolpaba afuera, en la calle, nosotras salíamos al balcón y le tirábamos flores. Y lo otro que me quedó grabado es el avión de la radio que nos seguía por toda la ruta. Jamás vi algo igual, ni en Europa ni en ninguna otra parte donde corrí”.