Me encontré de casualidad en la calle con Don Mariano, y frente a la vidriera de una juguetería, sus recuerdos volaron lejos. Me contó sobre las Carreras de Autos a Pedal en la avenida Moreno y de sus juguetes favoritos.


“Si no estás apurado te acompaño unas cuadras” me dijo Don Mariano cuando lo encontré caminando por el centro. Acepté su compañía y adapté mi ritmo a sus pasos lentos. sus ochenta y tantos años no le habían quitado vitalidad pero lo habían vuelto prudente a la hora de andar. En su mano derecha empuñaba, más por coquetería que por necesidad, un bastón de madera color habano con un mango en T de bronce labrado que movía con elegancia.

Las primeras preguntas y respuestas mutuas fueron las de rigor, sobre el paradero y la salud de la familia y, los primeros comentarios, sobre el clima de la primavera que, con algo de demora respecto al calendario, recién asomaba a fines de octubre.

En la esquina de Colon y Lavalle detuvo su andar para observar la gran vidriera de una juguetería. Se fue acercando para observar con mayor detenimiento. Su cabeza se movía en todas las direcciones. Arriba, abajo, de izquierda a derecha, sin perderse detalle de lo que aquella marquesina ofrecía. “Cuantas cosas tienen ahora los pibes para jugar, antes no había tantas cosas” dijo Don Mariano. Yo agudice los sentidos, intuyendo que detrás de esa frase inicial habría una nueva historia para relatar.

“Antes no teníamos nada o casi nada – prosiguió – algún juego de mesa para jugar adentro en los días de lluvia como El Estanciero o La Oca.

¡El Meccano! – dijo con entusiasmo y pude notar que sus ojos se iluminaban al recordar ese juego que marcó a tantas generaciones. ¿Seguirá existiendo El Meccano? – Preguntó retóricamente porque sin esperar respuesta de mi parte continuó con sus recuerdos – Yo tenía un montón de soldaditos de plomo, entre tantas mudanzas no sé adónde fueron a parar, pero deben estar en algún lado, seguro, ¡Y todos pintados a mano, eh! Un trabajo de artesanía como los de antes.

Meccano (web)

Tenía también cuatro o cinco autitos de hojalata y algunos a cuerda. ¿Quién se acuerda de la cuerda, no? – dijo sonriendo por el juego de palabras – me acuerdo que una vez, una tía que vivía en Buenos Aires me trajo El Jeep Loco – Mariano se rió con ganas – era simplemente un autito de hojalata mecanizado y a cuerda que tenía un conductor y una chapita en la base que, cuando lo soltabas, empezaba a corcovear como loco.

Jeep Loco (web)

A mi hermana le regaló una muñeca “Marilú” eran las mejores en aquellos años. Tenían la carita de porcelana y cerraba los ojos cuando la acostabas, algunas venían con pelo natural y todo, era un furor esa muñeca, hasta tenia boutique propia la Marilú, había negocios en Buenos Aires que se dedicaban a vender exclusivamente ropa y accesorios para la Marilú.

Muñeca “Marilu” (web)

¿Sabés como hicieron hablar a las primeras muñecas? Negué con la cabeza. Eso fue más adelante en los años setenta u ochenta. Llevaban una pila en la espalda y un compartimiento donde se le introducía un disco de plástico con una grabación, cuando le apretabas un botón que tenía en el ombligo comenzaba a reproducir el disco ¿podés creerlo? ¡Con un disco las hacían hablar!

Muñeca que habla década del 80 (web)

¿Qué más te puedo contar? Tenía también un revolver a cebita y cuando iba a la casa de mi primo jugábamos al Cerebro Mágico, ese seguro que lo conocés porque todavía existe. Después no tenía mucho más, algún trompo, algún Yoyo, en esa época teníamos la fortuna de poder andar todo el día en la calle, ¿viste? No había los peligros de hoy en día. ¡Ah bolitas, cómo me voy a olvidar de las bolitas! ¡Tenía un montón y era buenísimo jugando! Te quemaba de cualquier distancia, al ras del suelo o de “arribita” en el barrio nadie quería jugar conmigo porque siempre les ganaba… y la pelota “Pulpo”, obviamente, tardes enteras meta y dale con la pulpo.”

Pelota “Pulpo” (web)

Don Mariano se quedó en silencio un instante, con una sonrisa nostálgica dibujada en los labios y sin dejar de observar la vidriera. Yo no me atreví a sacarlo de ese estado de ensoñación en el cual se encontraba, diciéndole algo que lo trajese otra vez a la realidad, lejos de sus juguetes.

Me fui contagiando de su nostalgia, y mis recuerdos también volaron, mucho más cerca en el tiempo que los de Don Mariano.

Recordé la pasada obligada de todos los viernes, cuando iba hasta el centro a visitar al tío “Vasquito” en la “Marroquinería Iturralde” y desde allí salía disparado algunos metros, hasta la Juguetería “La Tentación” en pleno centro de la calle Colón perteneciente a la familia Carbajal, y allí me pasaba horas, frente a su doble vidriera, o cuando la tía Lili nos llevaba hasta “Los 95” en la primera cuadra de Maipú, y recorría de punta a punta aquella enorme vidriera de la juguetería.

“Muchas cosas tienen los pibes ahora”- repitió Don Mariano – y está bien, eh? Así debe ser, lo que es inconcebible es eso – dijo mirándome y señalando sobre la izquierda del escaparate un gran auto rojo a batería.

¡Autitos a batería, podes creer! Explícame cuál es la gracia de eso! El pibe se sienta y anda como si nada, una pavada!!! Mi primo, el del cerebro mágico, tenía un sulky a pedal. Había de uno o dos caballos según el modelo. El pony estaba construido de papel maché y cuero de vaca sobre un armazón de hierro y tenía una rueda direccional abajo del caballito que se manejaba con unas riendas. ¡Meta ir y venir de esquina a esquina con el sulquicito ese!

Sulky a pedal (web)

Algunos años después apareció un auto a pedal que imitaba una Masseratti de aquellos años. ¡Era el sueño de todo pibe tener y correr en un autito de esos! Si hasta se hacían carreras y todo.

Tu papá corría ¿nunca te contó? Tú viejo en un autito y tu tío, que era más chiquito, corría en triciclo. El auto a tu papá se lo había armado el viejo Carlos y el viejo Niels en la fábrica Sode, hasta número y todo le había puesto. ¡Se armaban unas carreras bárbaras! A veces las organizaba el club Quilmes y otras veces el club Olimpo y se corría generalmente en la avenida Moreno entre Sarratea y Suipacha.

Carrera de autos a pedal, tres arroyos década del 50

La largada y la llegada estaba a mitad de cuadra y se daban una o más vueltas a la rambla, dependiendo las edades de los corredores. Iba un montón de gente a ver las carreras y muchos iban a correr a otras ciudades como Olavarría, Tandil, Necochea o Claromecó. ¿De verdad tu papá nunca te contó?

Esta vez me tocó responder: Si – le dije- se acuerda que una vez ganó una carrera y mi abuelo la hizo correr de nuevo porque a un rival a mitad de camino se le rompió el autito. Se armó un lio bárbaro. Algunos decían que era un “deporte motor” continué mientras dibujaba comillas en el aire – y que esas cosas podrían ocurrirle a los competidores. Mi abuelo se puso firme “los chicos vienen a jugar y divertirse, no a competir” dijo – y la carrera se volvió a correr. Papá se acuerda porque después salió último.

Don Mariano soltó una carcajada transparente mientras afirmaba con la cabeza: tenía razón Don Tomás de eso se trataba, Gabo, de jugar y divertirse, con lo mucho o lo poco que tuviésemos a mano, con maderitas, con palitos, con tierra, o con los pocos o muchos juguetes que tuviésemos la suerte de tener.

Usábamos la imaginación, inventábamos, éramos curiosos, ¡distintos, que se yo! Ni mejores ni peores que ahora, distintos, no todo venía hecho, había que rebuscársela para poder jugar.

Dejando atrás aquella vidriera que había disparado uno tras otro los recuerdos de Don Mariano, rumbeamos hacia la avenida Moreno y allí nos despedimos. Apenas avancé un par de pasos en sentido contrario al rumbo que tomaba Don Mariano cuando volví a escuchar su voz que me llamaba: “¡Eyyy Gabo! ¿A qué no sabes que pienso hacer cuando llegue a casa? Buscar mis soldaditos de plomo.”

Si los encontrás, avísame que voy – le respondí mientras Don Mariano me guiñaba el ojo.

Soldaditos de plomo (web)

Retomé mi camino, juro que con ganas de cruzar una plaza y tirarme del tobogán.




Comentarios