El idioma es un organismo vivo, que envejece y rejuvenece... Y todo esto sucede al mismo tiempo. 


El idioma que heredamos lo aprendemos muy pronto y, según nuestras capacidades, lo desplegamos con mayor o menor facilidad. El idioma se sabe porque se sabe, como dice Luis Landero; lo compartimos con la comunidad y no le prestamos una importancia consciente. Pero la palabra dicha, al volverse escrita, es el soporte de la historia y del pasado.

Sin la escritura, nos encontraríamos nadando entre sucesos mágicos y heroicos, que son los que con más facilidad retienen los pueblos, ya que las palabras han inventado patrias, dioses y héroes, pero es la escritura la que los preserva.

El idioma es un organismo vivo, en constante desarrollo y permanente rejuvenecimiento, y al mismo tiempo en constante envejecimiento; es por eso que muchas voces de uso coloquial, o términos que se ponen “de moda”, tarde o temprano se olvidan: mis nietos se ríen cuando digo “chomba”.

Esto ha sucedido, por ejemplo, con vocablos a los que los cambios económicos y sociales han dejado atrás: no es lo mismo haber leído el Martín Fierro en su momento, que en nuestros días: hoy, necesitaremos un diccionario de voces gauchescas para entenderlo.

Respecto a la pureza del idioma español en América, siempre hubo voces contra la “contaminación” que significaba la incorporación de palabras locales, dichos populares o términos que no figuraran en el diccionario de la Real Academia Española. Pero también hubo estudiosos y literatos, como Mariano J. De Larra, quien pidiendo disculpas a los puristas, opinaba que pretender estacionarse en la lengua –que debe ser expresión de todos los progresos– era como perder la cabeza.

El propio Miguel de Cervantes, uno de los grandes de las letras españolas, fue un activo y perspicaz pescador de voces, giros y refranes populares de su tiempo, y justamente por ello El Quijote es un soberbio monumento literario y lingüístico.

El área del idioma español abarca una gran extensión geográfica; y si en España, su cuna, no se agota y está en permanente renovación y enriquecimiento, lo mismo sucede en toda Latinoamérica y las Islas del Caribe, donde las corrientes migratorias de distintos orígenes han dejado huellas –no sólo en la cultura– sino también en el lenguaje de todas las clases sociales.

Los americanismos nacionales o locales son realidades insoslayables y cumplen una función específica en la intercomunicación. Además, han aportado al idioma una riqueza asombrosa: son testimonios elocuentes de que nuestra lengua es algo vivo, activo, ya que al idioma traído por los conquistadores pronto comenzaron a sumársele términos de las lenguas de los indígenas que poblaron de Norte a Sur, de Este a Oeste, nuestro país. Y si en la actualidad poco y nada subsiste del castellano antiguo, han perdurado, en cambio, estos aportes de los diferentes grupos de la América originaria.

A ello debemos sumarles vocablos de los distintos grupos africanos y, ya más cerca, la incorporación de voces del suburbano porteño, con el lunfardo (derivado casi siempre del italiano) y otras provenientes de diferentes países europeos, del Oriente Medio y, en los últimos años, del Lejano Oriente. Eso, sin contar los rastros que las migraciones internas dejaron en nuestro hablar cotidiano.

La próxima semana dilucidaré la “genealogía” de ciertos términos cuyo origen hemos olvidado.

Aclaración: No adhiero el lenguaje llamado “inclusivo” porque, como digo en una entrevista, tengo reparos entre una lengua escrita, pero no hablada, y que dejaría de lado, entre otros, a grupos rurales aislados.





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