El gran impacto emocional provocado por este 2020 casi de ciencia ficción, nos enfrenta a profundos interrogantes sobre el futuro, los vínculos que valen la pena y los que quedarán en el camino.


Por Lic. Daniel A. Fernández*

Las pandemias nunca vienen solas sino de a pares. Así, junto con la pandemia del Coronavirus, también nos ha acechado la de la “histeria colectiva” (o “histeria en masa”), mal llamada popularmente “psicosis colectiva”, que puso a millones de personas en el mundo al borde del pánico.

Luego vinieron las cuarentenas y, de pronto, nos vimos obligados a convivir con nosotros mismos, casi sin distracciones. ¿Qué ha pasado desde entonces? Algunos descubrieron que tenían una familia maravillosa a la que tal vez habían descuidado, otros se replantearon sus relaciones de pareja; están quienes se dieron cuenta de que no quieren vivir solos e incluso aquellos que comprendieron que, de ahora en más, preferirían vivir en la más absoluta soledad… Algunos se reencontraron con antiguos hobbies, otros entraron en crisis existenciales.

Pero todos, absolutamente todos, todas, pasada la cuarentena, nos enfrentaremos a lo mismo: retornar a nuestra antigua vida. ¿Cómo hacerlo? ¿Volveremos a ser los mismos de siempre? ¿Aprendimos algo en el camino?

Siempre se dice que toda crisis es una oportunidad de cambio. Una cuarentena es, sin duda, una situación crítica, pero una que nos obliga a dejar de distraernos con la rutina y la cotidianidad acostumbrada. No deja de ser un hecho externo que nos afecta profundamente porque nos obliga a abandonar una zona de confort. Y una zona de confort no es más que una forma de vida que llevamos adelante en piloto automático. No es que sea muy cómoda, en realidad, pero lo es lo suficiente como para que no nos interroguemos y no intentemos modificar nada.

Fuimos desalojados de dicha zona de confort por un cachetazo de la realidad y no tuvimos más remedio que enfrentarnos a nuestro espejo. ¿Qué es lo que vimos allí? ¿Nos gusta? ¿Nos desagrada? Y, en todo caso, ¿aprendimos algo como para retomar nuestra vida diaria con una actitud nueva y que mejor nos represente?

Es inevitable que una amenaza externa, sobre todo cuando puede atentar contra la salud, genere temor e incertidumbre. Es allí, frente al miedo que nos provoca, que una persona entra en contacto con su vulnerabilidad, con lo frágil que es y con la finitud de la vida. Las situaciones banales pierden interés. Casi de manera inconsciente, nos vemos impulsados a buscar lo trascendente, a hallar un sentido para la vida, establecer nuevas metas. Y es ante este sentimiento emergente, que podemos dar muestras de que aprovechamos la crisis y aprendimos algo.

No hay reglas generales. No hay gurúes que puedan transmitirnos lo que cada uno de nosotros no ha podido advertir acerca de su historia y su propia experiencia crítica. Pero quizá vendría bien preguntarnos en estos días: ¿Aprendí algo acerca de quién soy y cómo quiero seguir viviendo? ¿Qué cuestiones y vínculos ya no deseo en mi vida? ¿Qué cosas nuevas descubrí que son importantes y anhelo? ¿Es posible que de todo lo malo haya logrado rescatar una versión mejorada de mí mismo?

*Psicólogo y autor del libro Los laberintos de la mente (Editorial Vergara)





Comentarios