Si tuviéramos que marcar los grandes hitos de la industria vitivinícola nacional podríamos resumirlos en tres instancias. Todo empezó con la llegada de las primeras vides a la Argentina durante el proceso de colonización, a mediados del siglo XVI. El segundo hito se dio tres siglos después, cuando Michel Aimé Pouget fue contratado por el entonces gobernador de Cuyo, Domingo Faustino Sarmiento, para introducir las primeras cepas francesas en el país.

A partir de entonces el sector tuvo un crecimiento continuo pero siempre enfocado al mercado interno, ya que nuestros vinos aún no estaban listos para competir en el exterior. La tercera etapa llegó tras un proceso de modernización y tecnologización de la industria y comenzó hace tan solo 20 años. En ese contexto, y sobre la base de ciertas condiciones de clima y suelo únicas, los vinos argentinos comenzaron a ser valorados en otras partes del mundo, especialmente el Malbec, que logró posicionarse como una propuesta distintiva y altamente apreciada, al punto de convertirse en la cepa emblema nacional.

Paul Hobbs, Rumbos

Diez años antes de que se iniciara esta última etapa, Paul Hobbs llegó a la Argentina para crear Viña Cobos, bodega que jugó un papel fundamental en el despegue del Malbec local. Ahora, el winemaker y su equipo vuelven a ser protagonistas sentando las bases de una nueva tendencia -que promete convertirse en el cuarto mojón de la historia vitivinícola- en la que el foco deja de estar puesto en la búsqueda de la perfección para hacer hincapié en la personalidad que aporta el terroir y en la expresión de esa identidad a través del vino.

El próximo desafío

Paul Hobbs es un enólogo y consultor independiente reconocido en todo el mundo. Asesora a más de 30 bodegas y a través de Paul Hobbs Wines representa viñedos en California (Hobbs, Paul Hobbs Winery y Crossbarn), Francia (Crocus) y Armenia (Yacoubian-Hobbs), además de Viña Cobos. En Argentina, junto a un equipo de enólogos, buscó, estudió y desarrolló viñedos en Luján de Cuyo y Valle de Uco, Mendoza. Fueron 30 años de un trabajo intenso y meticuloso, durante los cuales debieron afrontar los vaivenes de la economía local y diversos problemas de índole climática y productiva. Pero ganaron la perseverancia y la dedicación, el expertise y la visión del equipo, y hoy el Malbec de Viña Cobos destaca por la expresión auténtica y compleja del terruño, un resultado que enorgullece a Hobbs y que a la vez lo impulsa a ir por más.

Llevás tres décadas trabajando en Argentina y fuiste parte del proceso de explosión y crecimiento del vino en el país. ¿Cuál pensás que será el próximo paso?

Como participantes de este fenómeno fundamos las bases para producir un buen vino. Dicho en otras palabras, resolvimos la logística como para producir un vino de calidad. El próximo paso será refinarlo y ya estamos fuertemente involucrados en ese camino. Hoy estamos muy dedicados al proceso de refinamiento del concepto del terroir. En este objetivo no estamos solos y estamos contentos de no estarlo, queremos colaborar con otras bodegas. Hay mucho trabajo por hacer. Creemos que Mendoza y Argentina van a estar en la escena grande del vino en los próximos 25 años. Somos niños pero hemos crecido probablemente más que cualquier otro país en el mundo y también es muy fácil perder esa posición, por lo que debemos continuar con la obsesión por la calidad y seguir persiguiendo el reconocimiento del mundo.

¿Está preparada la industria para enfrentar esos desafíos que estás planteando?

El camino no es fácil, el mercado es muy competitivo. Es necesaria una mayor exposición a nivel internacional. Por ejemplo, la revista Wine Expectator se ha mostrado reticente a traer un embajador a la Argentina. Lo ha hecho en los 90 y en los 2000, pero no ahora. Pregunté por qué y me dijeron que no veían la necesidad de enviar una persona aquí. Les dije que estaban equivocados, hay un montón de razones para que lo hagan. Nuestros competidores no son otras bodegas en la Argentina, tenemos que ser amigos, tenemos que hacer a la Argentina fuerte a nivel mundial.

¿Qué opinás del concepto de vinos del Nuevo Mundo?

Esa categorización hace que la gente entienda que existe una nueva forma de hacer vino, no tan tradicional, diferente; pero de algún modo es confusa. Por ejemplo, cuando se habla de vinos del Viejo Mundo la gente piensa que se trata de un cierto estilo de vino, como si fuera algo que permanece quieto, cuando en realidad, a mi criterio, tiene que ver con lo tradicional. Creo que todavía hay algo de innovación que está sucediendo en el Viejo Mundo, aunque es cierto que hay mucha más innovación, más libertad para crear y menos reglas en el Nuevo Mundo.

¿La sentís cómoda a la Argentina dentro de ese mapa de vinos del Nuevo Mundo?

Creo que sí, puede hacerse esa asociación. No somos un museo, somos muy dinámicos. Basta ver lo rápido que Argentina ha progresado en un período muy corto de tiempo, esto no es tan factible en otras partes del mundo.

¿Por qué ese proceso se dio aquí y no en otros países? ¿Qué es lo que hace que seamos tan dinámicos?

Para mí la Argentina fue un gran descubrimiento. La primera vez que vine a Mendoza me impactó lo cosmopolita que era, el estilo de vida, la vestimenta, la bebida y la comida, incluso cuando en ese momento el vino no era muy bueno. El estilo de vida estaba europeizado, era más del tipo mediterráneo, y eso fue una ventaja tremenda. Esa especie de sensibilidad por la belleza y por la calidad de vida impulsó el crecimiento de la industria del vino. La otra cosa que amo de Argentina, tal vez más que nada, es el hecho de que quieran ser mejores, quieran aprender, quieran crecer y no dejan que nada se interponga en ese camino. Eso es importantísimo. En otros lugares del mundo las opiniones son más cerradas, es más difícil proponer ideas disruptivas. Aquí es muy fácil, la gente está preparada para mejorar. Es un pensamiento muy fresco.

Que el vino argentino quedara ligado al Malbec fue algo positivo como motor para posicionar nuestra industria en el mundo. ¿Cómo ves que funciona ahora esta asociación tan fuerte?

La asociación del Malbec con la Argentina ha sido una cosa maravillosa para el país y lo ubicó como líder en una categoría clave. La Argentina hoy es reconocida mundialmente por su expertise y avances con una cepa novedosa. El Malbec es una categoría de cepa que fue muy importante en el 1800 y también en 1700 en Francia, y hoy es un identificador fundacional para Argentina. Sin embargo, Argentina es más que Malbec y tenemos que ir más allá. Podemos hacerlo. Es un gran país, tiene un montón de microterroirs. Los esfuerzos tienen que estar puestos en explorarlos para entender qué va en cada lugar.

Te pido si nos podés contar un poco mejor el tema del terroir y sus potencialidades...

Cuando hablamos de un terroir hablamos del ecosistema completo, lo cual incluye también a la gente, a la cultura de los que trabajan en el área… todo eso se expresa en el vino. Pero el proceso de entender y crear esa expresión demanda como mínimo diez años. Ese es el piso: diez años de trabajo para empezar a tener una apreciación. Es una inversión y un ejercicio de largo plazo. Luego hay que llevar eso al mundo. Por ejemplo, ahora la gente sabe de Argentina y de Mendoza, Patagonia o Cafayate, pero no conoce mucho sobre Luján de Cuyo, que es un área muy grande, como –por ejemplo– Sonoma Valley. Necesitamos explorar, ir más allá y hacer que el mundo entienda lo que es posible hacer acá con los terroirs. Ese es un gran trabajo, es un esfuerzo enorme y muy importante. Esto ya fue establecido en Europa, fue logrado en California y es lo que tendría que lograr Argentina. En este sentido ya estamos llevando a Asia mucha información sobre la diferencia entre los valles de Mendoza, lo cual es fundamental para explicar el potencial de esta provincia. Y si bien lo que sabemos hasta ahora para nosotros es poco, para el mundo es totalmente desconocido. Algo importante en este punto es la cooperación entre las distintas bodegas para transmitir el mismo mensaje, empezando por explicar qué es Mendoza para después ir valle por valle y no hablar de un único lugar como si fuera el santo grial. Por eso trabajamos cooperativamente para unificar el mensaje en la creación de las categorías argentinas. Miremos lo que hacen los chilenos o los neozelandeses, ellos saben promocionar los valles a través de sus vinos. Ese es el trabajo que tenemos que mejorar.

Cuando comenzaron a trabajar en la Argentina era un momento difícil de la economía y el vino local no tenía esta explosión internacional. Comenzaron con un año de mucha lluvia en Mendoza y la cosecha no fue buena… Pero insistieron y hoy están en este lugar. ¿Cuál es tu mensaje para los jóvenes emprendedores de esta industria?

Los primeros años en Viña Cobos no fueron un lecho de rosas. El trabajo ha sido duro y muy difícil. Pero los argentinos son perseverantes, mis compañeros lo fueron, estaban dispuestos a sufrir todos esos años difíciles del principio. Hoy me siento bien por lo que estamos haciendo aquí en Mendoza. Argentina se transformó en una referencia y ahora, más que enseñando, estoy compartiendo información. Todas estas interacciones aceleraron nuestro aprendizaje y nos ayudaron a crecer y a mejorar. Mi mensaje para los emprendedores es: aférrense a lo que ustedes crean y perseveren. Si creen en el proyecto, no dejen que otros los disuadan. Durante el período de crecimiento habrá gente que dude, que les dirá que están locos, pero tienen que continuar. Puede que ganen o pierdan pero en el camino aprenderán mucho de los errores y tendrán la satisfacción de ser ustedes mismos. Puede ser algo simplista pero la idea es “sigue tu sueño, sigue tu pasión”.​

​ LA SEGUNDA REVOLUCIÓN

Tras instalarse globalmente, los vinos argentinos encaran ahora una nueva era. Para visionarios como Paul Hobbs, el próximo salto está en el valor agregado, el refinamiento y la variedad geográfica que anida en el concepto de terroir.

El carácter argentino

“La Argentina tiene una especie de sensibilidad por la belleza y por la calidad de vida que impulsó el crecimiento de la industria del vino. La otra cosa que amo de Argentina, tal vez más que nada, es el hecho de que quieran ser mejores, quieran aprender y no dejan que nada se interponga en ese camino”.

El concepto de terroir

“Cuando hablamos de un terroir hablamos del ecosistema completo, lo cual incluye también a la gente, a la cultura de los que trabajan en el área… todo eso se expresa en el vino. Pero el proceso de entender y crear esa expresión demanda como mínimo diez años. Ese es el piso: diez años de trabajo para empezar a tener una apreciación”.

Es con todos

“Estamos muy dedicados al concepto del terroir. No estamos solos en esto, y estamos contentos de no estarlo, queremos colaborar con otras bodegas, tenemos nuestro propio enfoque y estamos muy contentos de que otras bodegas también estén en el proceso de refinamiento del concepto del terroir. Hay mucho trabajo por hacer”.