Bajaba al poblado de vez en cuando, solo para hablar con los niños y vender las pepitas de oro que encontraba.


Según la leyenda sanjuanina, Mariana era su nombre de cristiana, pero su nombre huarpe nadie lo sabía. Bajaba al poblado de vez en cuando y sólo para hablar con los niños y vender las pepitas de oro que, reconocía entre huraña y maliciosa, encontraba en un pocito… que solamente ella sabía dónde quedaba.

Siempre se la veía con un cigarro encendido y su hablar era enrevesado, pero sabía viejas historias, y con ellas entretenía a los chicos que la rodeaban cada vez que la veían aparecer, con su andar sin gracia, sus ropas pobres, su pelo convertido en un nido de caranchos.

Dicen que sabía de memoria el nombre de cada niño de la aldea, pero le gustaba inventarles otros que únicamente tenían sentido para ella y las criaturas, pues nadie más los entendía: era como si hablaran un idioma común solamente comprensible para ellos y para Mariana, y que sus madres desconocían. Sus cuentos recordaban antiguas historias de la tribu en que creció, de caciques valientes, de mujeres que curaban, de animales que hablaban, de jóvenes que morían de amor y se convertirían en pájaro, en flor, en arroyo o en fuerzas de la naturaleza.

También hablaba de cuevas encantadas donde vivían demonios, de cerros que tronaban y escondían sus tesoros, tan codiciados por los españoles; de valles donde nacía la Luna.

Nunca miraba a los ojos, pero siempre sabía a quién tenía que esquivar y a quién podía ayudar. Dicen que en el pueblo varios intentaron seguirla para encontrar la fuente del oro, pero que siempre, antes o después, le perdían el rastro y ella demoraba, entonces, en regresar.

Pero un día, un joven más avispado que el resto consiguió engañarle la vista y el oído. Seguramente logró descubrir la madriguera de Mariana, pero algo se torció entonces y regresó al pueblo loco, medio ciego y hablando de cosas incomprensibles: el viento se reía de él, por eso se tapaba los oídos; entró a una cueva, pero no pudo ver nada: allí el sol cegaba y al mismo tiempo la oscuridad nocturna borraba todas los senderos por los que guiarse para regresar.

Allí, decía, los animales hablaban, Mariana se volvía hermosa como una virgen y anidaban unos enormes y terribles pájaros que eran los guardianes de la guardiana del oro.

Allí, repetía, los árboles eran de piedra, no existían las estaciones y los arroyos nunca se secaban. Pensando robarle su bolsa de pepitas de oro, un grupo de españoles la siguió una noche fuera del poblado, sabiendo que se guarecía dentro de un centenario algarrobo que era como el rey de todos los árboles de los alrededores. Desde lejos distinguieron el rojo de la brasa de su cigarro –que al parecer ni cuando dormía dejaba apagado– y se acercaron dispuestos a asaltarla.

Pero lo que había tomado por una brasa era el ojo feroz de un enorme perro que los atacó con fiereza, haciéndolos huir por el descampado, perseguidos por las pezuñas de aquel animal infernal que hacía temblar la tierra bajo sus patas.

Al otro día, cuando se les fue el susto, contaron que, mientras huían, oyeron la risita maliciosa de la india. Nadie volvió a verla; durante años buscaron el pozo de Mariana, pero nunca lo encontraron. Y por esta causa, nadie sabe hoy cómo se llamaba aquel pueblo, ya que, desde entonces, sólo se lo conoce con el nombre de Pocito.

Sugerencias:

1) Investigar las leyendas de otras provincias, pues forman en su diversidad las “mil y una noches” de nuestro folclore.

2) Si somos maestros, acerquemos a los alumnos estas historias antiguas.

3) Transmitirlas a los chicos de la familia y pedirles que hagan dibujos sobre ellas.





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