Se recibió de abogada, pero eligió la música y la docencia: la historia de Lu Benítez
En diálogo con Vía País, Lu Benítez repasó su infancia entre la música y el arte, su paso por la universidad y el momento en que decidió cambiar de rumbo para unir su formación jurídica con su pasión por la docencia y los escenarios.

Hay historias en las que la vocación aparece desde la infancia, aunque el camino profesional tome después distintos rumbos. La de Luciana Benítez es una de ellas. A los 6 años comenzó a cantar, creció entre peñas, folklore y escenarios, estudió Abogacía en la Universidad de Buenos Aires y finalmente encontró en la docencia su lugar.

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Lu nació en las proximidades del Congreso Nacional. Es hija mayor de un cantante nacido en Tandil y de una modista paraguaya, quienes se conocieron en una disquería de Palermo y se enamoraron a primera vista. Cuando tenía 5 años, la familia se mudó a Tandil. Allí sus padres instalaron un pequeño quiosco frente a una escuela.
A los 6 años comenzó a cantar y la directora de la escuela, al conocer sus inquietudes, la convocó para tomar clases de danzas folklóricas. Además, la mujer tenía un programa radial infantil y decidió invitarla a cantar.
Por sugerencia de su padre, Lu interpretó tres canciones que recibieron una buena respuesta de la audiencia. A partir de entonces, comenzó a recorrer peñas y a demostrar sus condiciones vocales sin abandonar las danzas folklóricas.
Entre el Derecho y el arte
Tres años después, la familia regresó a la Ciudad de Buenos Aires. Para entonces, la música ya se había convertido en una parte fundamental de su vida. Cuando terminó la secundaria, comenzó entonces la carrera de Derecho y la estudió con mucha convicción. Al mismo tiempo, trabajaba en un estudio jurídico y procuraba sostener su actividad artística.

Mientras avanzaba en la universidad y cumplía con sus tareas laborales, también estudiaba teatro musical, daba clases de canto a unos 25 alumnos por semana, aprendía piano en el Conservatorio Astor Piazzolla y actuaba en una comedia musical.
En 2019 comenzó a estudiar Ciencias Jurídicas. Cuatro años después, pandemia mediante, se graduó como profesora. En 2025 comenzó a trabajar como docente en la misma institución educativa privada en la que había sido alumna y donde actualmente estudia su hijo Polo, de 2 años y medio. Su hijo es fruto de su relación con Gabriel Loza, guitarrista y restaurador integral de muebles.
Entre 2016 y 2025 se desempeñó como asistente de dirección coral del Grupo Magnificat de la Asociación Civil y como directora vocal de la Escuela de Expresión Artística, donde trabajaba en la formación vocal y escénica de niños y jóvenes en comedia musical.
Actualmente dirige el grupo Estudio Claves, que en diciembre se presentará en el Teatro Multiescena. También se formó en danzas folklóricas argentinas, tango y danza contemporánea, con estudios en la Universidad Nacional de las Artes (UNA) y junto a distintos maestros de danza jazz y contemporánea. Forma parte de “El último pecado capital”, en la sala No Avestruz, mientras continúa con sus proyectos musicales.
Una vida atravesada por la música

-¿Cómo comenzó tu pasión por el arte, la música y el baile?
- Desde muy chiquitita. Mi papá es cantante y además bailaba folclore, así que crecí en una casa donde la música era parte de la vida cotidiana. Recuerdo verlo ensayar con su grupo de folclore, bailar en casa y enseñarme desde muy chica los pasos básicos. Para mí era algo natural y, sobre todo, muy divertido.
Además, mi mamá siempre me llevaba a ver teatro infantil y, como es modista, muchas veces me hacía disfraces. Entonces yo podía pasar horas imaginándome arriba de un escenario, jugando a ser distintos personajes. También acompañaba a mi papá de peña en peña, y de alguna manera todo ese mundo artístico fue formando parte de mi infancia sin que yo lo pensara demasiado. Era simplemente lo que vivíamos en casa. Y creo que esa manera tan natural de vivir el arte hizo que, con el tiempo, se convirtiera en una parte fundamental de quién soy.
-¿Por qué decidiste estudiar derecho si tu pasión es el arte?

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-Durante mucho tiempo sentí que tenía que elegir entre el Derecho y el arte. Terminé la carrera de Abogacía en medio de una crisis personal, porque en ese momento sentía con mucha fuerza que mi verdadero camino estaba en la música y en el arte. Sin embargo, decidí terminar la carrera y, en ese proceso, descubrí algo que terminó siendo fundamental para mí: mi pasión por la docencia.
-¿Cómo vinculás las dos profesiones?
-Empecé dando clases de canto y descubrí que me apasionaba muchísimo enseñar, pero sobre todo aprender con el otro. Entender qué necesita cada persona, qué herramienta puede servirle en determinado momento y acompañarla en su propio proceso. Entonces encontré en la docencia el puente entre mis dos mundos. Hoy no ejerzo el Derecho de manera tradicional, pero sí trabajo como docente tanto desde la música, dando clases de canto, como en el nivel secundario dictando clases de Formación ética y ciudadana, donde también puedo transmitir conocimientos y acompañar procesos de aprendizaje.
¿Qué sentís que te enseñó cada una en tu carrera y vida?

- La abogacía me ayudó a poder comprender diferentes realidades, a observar y ver más allá de las palabras. Lo mismo que el arte, el teatro y la música. Ambas carreras me ayudan a descubrir qué hay detrás de lo que decimos y no decimos y eso es algo muy valioso para mí.
-¿Pensás en algún momento dedicarte solo a una cosa?
-No creo que eso suceda. Soy una persona muy inquieta y todo el tiempo me propongo nuevas metas y desafíos. Hace unos años me dediqué a vivir solamente de la música y la verdad es que necesitaba tener un trabajo que me brindara estructura y la docencia me da ese marco formal.
-¿Qué buscas mostrar al público? ¿Qué proyectos tenés actualmente?
-El objetivo fundamental es que, a través de la música, cada persona que venga viva una experiencia y logre conectar con su propia historia: que se despierten imágenes, que el cuerpo se mueva y que aparezcan o revivan recuerdos que quizás creían escondidos. Un ejemplo claro ocurrió en mi último show, Resonancia, que presentamos en Rondeman el viernes 18 de septiembre. Al bajar del escenario, una persona del público se acercó emocionada hasta las lágrimas porque la primera canción que cantamos fue Sueño con serpientes, de Silvio Rodríguez. Me contó que le recordó de inmediato a su hermano, los viajes en su auto y a ese CD donde esa canción era la número cuatro. Conectarse a través de la música es exactamente lo que busco: encontrarme a mí también y conmovernos juntos.
Para esta última parte del año tenemos el cierre de año el 14 de noviembre en la Peña Pa´l que guste y ya pensando en el próximo año, estamos comenzando el proceso creativo para grabar un nuevo material en donde habrá canciones inéditas y clásicos del folklore.
