Una joven bailarina española se encontraba de viaje por Japón cuando, en una de las actividades turísticas que realizó, estuvo en contacto con un ciervo. En el momento no sintió nada, pero una picadura de garrapata del animal le trajo un grave problema de salud que lograron diagnosticarla cerca de 8 meses después.
"Tuve suerte, por así decirlo, de que tengo una de las cepas más graves que hay. Entonces a los 3 días de la picadura ya comencé a tener heridas por todo el cuerpo. Además me sentía cansada, con fiebre, como con una gripe un poco rara. Yo notaba náuseas al oler la carne", contó Cristina Romaña a la televisión español.
Cuando llegó a España le consultaron si en Japón hizo "algo de riesgo", por lo que contó que estuvo con ciervos salvajes y comió "carne que no estaba del todo cocinada". De esa manera comenzaría un verdadero infierno para la chica de 25 años.
"En España les dije que había estado en contacto con animales, que había comido carne no del todo cocida, pero no daban con el diagnóstico. Descartaron viruela del mono y a partir de ahí se me dio una barbaridad de diagnósticos: a cada síntoma le ponían un nombre, cuando en realidad tengo una enfermedad que engloba todo el estado", contó.
Entre las enfermedades había especulado con que podría ser sífilis y hasta evaluaron tratarla con penicilina.
Cuál fue el diagnóstico que le dieron en España
A Cristina le dieron el alta del hospital, pero 7 meses después de la picadura, la llamaron del sector de Enfermedades Tropicales del hospital y la persona que le habló, sin ningún reparo, le dijo que seguramente la solicitaban porque había dado positivo a la bacteria de la rickettsia.
Efectivamente, la chica se había contagiado de Lyme. "De la enfermedad de Lyme ahora tengo 5 bacterias positivas", contó.
Como notó que en España había mucho desconocimiento sobre la enfermedad, decidió volver a Japón. "Si ahí me contagié, tiene que saber de qué se trata", pensó. En el país asiático efectivamente le ratificaron el diagnóstico rápidamente, pero decidió tratarse en Alemania.
"Soy bailarina, estoy acostumbrada a entrenar 8 horas por día, no me puedo quedar quieta, y mi vida cambió con esta enfermedad, que no me dejaba levantar de la cama", dijo. En Munich, asegura que su calidad de vida está mejorando, pero le queda mucho por delante.