Aunque parezca redundante y hasta incluso trivial, el contexto actual obliga a destacar los beneficios de fomentar (o al menos no entorpecer) una industria que, en sí misma, posee una alta competitividad a nivel global.

En comparación con los principales países productores de soja del mundo, Argentina es el país con mayor transformación de los granos producidos dentro de sus fronteras. La molienda representa, en promedio, un 77% de la producción interna del grano; cuyo destino principal es la exportación. Internamente, se consume menos del 27% de la harina y el aceite producido. Como resultado, Argentina se ha convertido en el más importante exportador mundial de aceite y harina de soja, representando alrededor del 50% del mercado mundial.

Aceite de soja en Argentina Foto: viacampo

El complejo industrial de molienda de soja ubicado en los puertos del Gran Rosario sobre el Río Paraná posee ventajas no solo por su localización estratégica (situado en el cauce de la hidrobia y cercano al corazón productivo del país), sino también por estar conformado por las plantas más grandes y eficientes del mundo, derivadas de las grandes inversiones que se destinaron a construirlo desde principios de la década del 90 (Bolsa de Cereales, 2021).

Esta industria tiene un rol fundamental en varios aspectos. Desde un punto de vista más agregado, su desarrollo significa mayor agregación de valor a los granos producidos. Y con ello, los cimientos para el aumento de las inversiones, empleo, y también de la recaudación fiscal.

En relación, considerando que el principal destino de la producción es la exportación, la industria genera un mayor ingreso de divisas, convirtiéndose en el principal complejo exportador de la Argentina. Además, ofrece la posibilidad de diversificar los destinos de exportación, lo que mejora el poder de negociación del país y la posibilidad de disminuir la dependencia que genera la alta concentración de éstos. Máxime cuando la calidad del poroto de soja que se produce en Argentina no sea el más buscado, dado su menor nivel de proteína. La sola posibilidad de primerizar las exportaciones pone en clara desventaja a la Argentina, condenándola a concentrar las ventas a un solo destino -China- en los meses posteriores a la cosecha, recibiendo precios más bajos, con impactos negativos para las distintas regiones productivas del país.

Cargamento de harina de soja para exportación Foto: ViaCampo

En este sentido, es importante mencionar que la transformación del poroto para su exportación como aceite y harina permite desestacionalizar los ingresos de divisas y fiscales, redundando en mayor previsibilidad y la posibilidad de un mejor manejo de los recursos.

Desde la producción primaria, una industria fortalecida y en funcionamiento también permite reducir la estacionalidad propia del ciclo productivo, brindándole al productor una demanda sostenida a lo largo del ciclo, una mayor independencia de los vaivenes internacionales, y la posibilidad de obtención de mejores precios.