Según los expertos, la clave está en responder a todas las preguntas y no esconder el dolor.


Para cualquier persona, la muerte de un ser querido es una situación difícil de afrontar. Y todo se vuelve más complejo cuando hay que transmitir esa noticia a los más chicos. Con este punto de partida, la doctora Verónica Becerra, miembro del Comité de Cuidados Críticos de la Sociedad Argentina de Pediatría, fue entrevistada por Clarín y brindó algunas claves a tener en cuenta.

“La muerte es un hecho concreto y real que constituye una etapa de la vida. Sin embargo, transitamos ignorando que en algún momento, inevitablemente, presenciaremos la muerte de nuestros seres queridos, e incluso la propia”, explica la experta a ese medio. Y agrega: “El fallecimiento genera en nuestra psiquis una experiencia de altísimo impacto y dolor. En la pérdida de un ser querido duele el pasado, el presente y el futuro. En ninguna otra situación como en el duelo, el dolor producido es total; biológico (duele el cuerpo), psicológico (duele la personalidad), familiar (nos duele el dolor de otros) y espiritual (duele el alma)”.

Para los expertos es clave responder a todas las preguntas y no esconder el dolor.

En este sentido, Becerra destaca que frente a los niños “es muy importante informarles lo sucedido lo antes posible, buscar un momento y espacio adecuado para explicar lo ocurrido con palabras sencillas y sinceras”. Además, explica que es importante responder a todas las consultas, de acuerdo a la edad, ya que en cada etapa de crecimiento, existen conceptos distintos sobre la muerte. Según la experta, si el menor se encuentra entre el primer y el tercer año de vida, el fallecimiento de una persona es vivido como un abandono. De cuatro a cinco años, hay una concepción limitada de la muerte y se espera que la persona regrese en algún momento.

En una edad más avanzada, de seis a nueve años, son más conscientes de la muerte, porque comienzan a distinguir la fantasía de la realidad, aunque no están preparados para reaccionar racionalmente. Y recién entre los diez y los doce, se adquiere un concepto de la muerte como algo irreversible y final, aunque de forma lejana.

En cualquiera de las etapas que transite el niño, para Becerra es esencial: no mentir, nunca decir algo de lo que luego haya que retractarse, dosificar la información, hablar de la muerte antes de que el niño deba transitar por una situación similar, no esconder el dolor, ni delegar la explicación a un tercero, entre otras cosas.


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