Jorge Luis Borges, escritor: "La felicidad no necesita ser transmutada: la felicidad es su propio fin”
La noche de 1977 en la que Borges convirtió su ceguera en una lección sobre el arte de vivir.


En el invierno porteño de 1977, sobre las tablas del Teatro Coliseo de Buenos Aires, Jorge Luis Borges ofreció una serie de siete disertaciones magistrales que más tarde integrarían el volumen Siete noches. Entre aquellas veladas memorables, la dedicada a su propia condición visual, titulada con sencillez y contundencia «La ceguera», condensó una de las reflexiones más conmovedoras sobre el oficio de escribir y la experiencia humana. Lejos de entregarse al lamento o a la autocompasión, el autor transformó la pérdida gradual de la vista en una oportunidad para repensar el destino artístico.

En esa conferencia, Borges repasó los antecedentes de grandes creadores que compartieron la sombra, como Homero, Paul Groussac o John Milton. Al evocar al poeta inglés de El paraíso perdido, el escritor argentino se detuvo en su propia intimidad creativa y en la forma en que siempre entendió su vocación: «Siempre he sentido que mi destino era ante todo un destino literario; es decir, que me sucederían muchas cosas, muchas cosas malas y algunas cosas buenas. Pero yo siempre sabía que todo eso a la larga se convertiría en palabras».

Fue precisamente en ese pasaje donde pronunció una de sus sentencias más luminosas: «Yo trataría de transmutar todo en palabras, sobre todo las cosas malas, ya que la felicidad no necesita ser transmutada: la felicidad es su propio fin». Borges argumentaba que el infortunio, la humillación y el dolor constituyen la verdadera arcilla del creador, un material tosco que la literatura está llamada a redimir convirtiéndolo en belleza y en memoria perdurable.

Hacia el desenlace de su exposición, el autor reafirmó este principio al sostener que «todo lo que le pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido dado como arcilla, como material para su arte; tiene que aprovecharlo». Para el maestro de la ficción, la ceguera no era una catástrofe que clausuraba el mundo, sino un instrumento más puesto en sus manos por la providencia para inaugurar un universo auditivo y poético.
Desde una perspectiva filosófica, la afirmación borgeana encierra una agudo planteo de raigambre aristotélica: la dicha no es un medio para alcanzar otra cosa, sino un estado autotélico que se justifica por sí mismo. La experiencia dichosa es plena y redonda en su vivencia; no reclama interpretación ni exige ser convertida en nada exterior. El goce se agota dichosamente en su propio transcurso, y buscarle una utilidad posterior equivaldría a desvirtuar su naturaleza pura e inmediata.

Por el contrario, el sufrimiento, la derrota y la pérdida carecen de un sentido intrínseco si quedan abandonados a su mero padecimiento. Borges comprende que el dolor humano solo encuentra redención mediante la alquimia del símbolo; transmutar la desdicha en verso o relato es el único modo de conferir dignidad a aquello que, de otro modo, sería un absurdo castigo del azar. El arte surge así como un acto de coraje ontológico: la herida se transmuta en lenguaje para que el infortunio deje de ser una condena y se transforme en testimonio estético.
JORGE LUIS BORGES, ESCRITOR: "LA FELICIDAD NO NECESITA SER TRANSMUTADA: LA FELICIDAD ES SU PROPIO FIN”
— Vía País (@ViaBsAscomar) August 26, 2026
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Borges no invitaba al derrotismo ni glorificaba la tragedia, sino que proponía una ética ante el devenir: habitar la alegría con gratitud cuando se presenta y utilizar las sombras para modelar la propia obra. En un tiempo apresurado que suele exigirle utilidad a cada emoción, la voz de Borges sigue recordando que ser feliz basta por sí solo, mientras que las penas esperan siempre la mirada atenta de quien sepa convertirlas en arte.