Excesos, punk y colaboraciones ocultas: todo sobre La Nueva Violencia, el nuevo disco de Dillom
El artista argentino presenta su tercer álbum, una obra construida desde la intensidad y una fuerte crítica a la cultura actual de la sobreestimulación.


En una época donde la atención es el bien más preciado y el entretenimiento se consume como oxígeno, Dillom decidió no mirar desde afuera. Con su tercer disco, La nueva violencia (LNV), el artista argentino abraza el vértigo, la sobreestimulación y el deseo constante para convertirlos en combustible creativo. Lejos de cuestionar este mundo moderno, se entrega al exceso, logrando su versión más salvaje, divertida y ruidosa hasta la fecha.


El origen de La nueva violencia es casi cinematográfico. Grabado durante dos semanas en una casona de 1860 reacondicionada como estudio, el álbum nació de la convivencia total entre Dillom y su núcleo creativo: Bernardo Ferrón, Coghlan, Fermín Ugarte, Franco Dolzani y Samuel Shea.

La premisa fue clara: capturar la intensidad antes que la prolijidad. Apostaron por equipamiento analógico y procesos poco convencionales, donde la propia casa actuó como un instrumento más, filtrando ecos y sonidos incidentales que quedaron en la mezcla final. Todo el proceso fue registrado por un circuito cerrado de cámaras de seguridad, transformándolo en una obra construida desde lo vivido, no desde lo conceptual.
La nueva violencia recupera la tradición de los álbumes concebidos para ser escuchados a todo volumen. Es una masa sonora donde las guitarras son llevadas al límite, los bajos están empachados de distorsión y las capas de ruido funcionan como una arquitectura propia.

Dillom experimenta una metamorfosis constante: cambia de piel en cada canción, pasando del grito a la furia, del susurro a las melodías más emotivas que ha grabado en su carrera. El álbum dialoga con el post-punk, el rock and roll y la electrónica industrial, pero sin encasillarse en ninguno. Para Dillom, el volumen y el ritmo no son meros recursos estéticos, sino una forma urgente de volver a sentirse vivo.
En un mercado donde los featurings suelen responder a estrategias de marketing, Dillom patea el tablero. En La nueva violencia, las colaboraciones ocurren bajo una lógica de libertad. Nombres de peso como St. Vincent, Sebastian Murphy (Viagra Boys) y Dickhead Mehrtens (Amyl and the Sniffers) conviven con la impronta local de Miranda! y Juana Aguirre.

Sin embargo, aquí hay un giro: ninguna de estas participaciones aparece acreditada como featuring en el tracklist. Algunas voces incluso se esconden deliberadamente entre las canciones, sin buscar protagonismo. Es una posición clara: el disco prefiere la complicidad artística sobre la búsqueda de números o alcances comerciales forzados.
Cada tema funciona como una habitación distinta de una fiesta que no tiene intención de terminar. En cortes como “Vedette” y “Superdiversión”, el espectáculo y la búsqueda de estímulos se presentan como formas de supervivencia. Por otro lado, canciones como “Papá se volvió loco”, “Minas” y “Fashion” utilizan el humor y la exageración para retratar el consumo y la puesta en escena de la apariencia, dialogando con la mejor tradición del rock argentino.

Pero no todo es ruido. Hacia las grietas del álbum, en temas como “Souvenir” y “Maniquí”, Dillom muestra su costado más frágil, abordando la dificultad de amar y sostener una identidad frente a la mirada ajena. Finalmente, el disco cierra con una pequeña anomalía: “Amigos”, una pieza que escapa a la lógica del intercambio y que propone una forma de permanecer cuando, finalmente, el telón baja y la fiesta se apaga.
La nueva violencia no intenta explicar la época; la mastica, la exagera y la devuelve deformada. Entre la euforia, el humor, la violencia y el ruido, Dillom logra su cometido: encontrar una experiencia que, en medio de tanta simulación, todavía pueda sentirse real.