Pinceladas literarias: "Los abrazos de Mariano" un cuento de Mijal Mendiuk
Sección y selección a cargo de Valentina Pereyra.


Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias la sección a cargo de Valentina Pereyra.
En está oportunida ha seleccionado un cuento de Mijal Mendiuk
Suena el timbre. Adentro, el parlante en bucle, el tono agudo a calesita desvencijada que clavaron los animadores al mediodía; un cartelito celeste manchado de dulce de leche en la silla y la tanza como un pelo largo y albino sobre el mantel. Los globos azules ya subieron con el vientito de las despedidas y se desmayaron sobre el tapizado después de cada golpe en la cerradura.
Insiste el timbre. Adentro, unos dedos de crema dibujados como pintitas blancas en las ventanas, picaportes engrasados, cerraduras bañadas de mostaza. Repite el timbre, gotas de gaseosa sobre el lavatorio como alas de pingüinos empetrolados. Se alarga el timbre, barro sobre el piso del baño como huellas granizadas hasta la ducha.
Cargo mis piernas como dos macetas macizas de hormigón hasta la puerta, esquivo la laguna naranja de jugo, la escalera es una pista melosa atrapamedias. Arrastro a Lauti, al río de chocolate que corre entre los dientes de Lauti, a la sombra de banderines que cuelga de la muñeca de Lauti, a la pelota de medias que inventó esta tarde Lauti, a la remera inundada de las canillas que dejó abiertas Lauti, a los cinturones de papeles de regalo que robó del baúl Lauti, a los aros de papas fritas en las orejas de Lauti.
Dejo atrás gramos de sal recubiertos de palitos bajo el techo, tomatitos explotados detrás del sofá, un morderío de sándwiches en línea debajo de la escalera, cisnes en bollitos de servilletas sobre la baranda, una montaña blanda y urgente de platitos descartables en la cocina y sobre la mesada torres jirafas de vasitos con nombres y corazones de fibrón. Me hundo en el piso a cada paso, llevo en mi cuello el cordón grueso y redondo del llavero, lo hago sonar como una locomotora afónica. Mis manos son garras que guardan el quejido de Lauti.
En la puerta lo espera Mariano, tiene el pelo brilloso y la cara roja de cansancio, el tórax se le despega como un caparazón quebrado. Es un animal moribundo; de las pantorrillas le sobresalen dos tiras largas rayadas blancas y negras, el short azul eléctrico le lame las medias; recién ahora veo la remera blanca cubierta de manchas verdes, se le disparan letras azules desde el pecho como un símbolo opaco de sus contiendas.
Mariano muestra la lengua, se ríe y jadea, abre su cuerpo y tose; lo espera a Lauti con los brazos abiertos, lo espera después de la reja, después del escaloncito de piedra que separa nuestra vida de la vereda.
Yo sigo arrastrando a Lauti, lo veo a Mariano y escucho goles eclipsados entre publicidades eufóricas, audios rebotando las paredes del auto, insultos desde el balcón, furias de domingos; veo a Mariano y me duele la cabeza, me perfora la ametralladora de su voz gruesa y constante, me encierran los días de lluvia con las ventanas empañadas y el rally en la pantalla; él es un zumbido de moscas en altavoz, es una batería de puertas y cajones rebotando. Lo veo y me duelen los oídos.
Veo a Mariano levantarse la remera, la despega en un oleaje de su espalda, lo está haciendo ahora, acá mismo, a mitad de la calle, resopla, se huele; lo veo desde el otro lado de la reja, siento su transpiración como un vaho de pasado insoportable; veo a Mariano y huelo a milanesas quemadas, al ahumado de la carne en el colchón, a cortinas vestidas de frituras, a desodorantes encerrados bajo el techo descascarado del baño, a paredes cortas y frágiles; lo veo y huelo a encierro.
Lo veo abrirse como una callecita oculta, desesperado por mostrarse, lo veo jadear frente al celular y guiñar un ojo a la cámara. Lauti tira de mi hombro, se pliega a mi cuerpo como una babosa hundida en la arena negra, lo arrastro.
Estoy girando la llave, veo los brazos de Mariano como dos troncos secos y vacíos, los veo desparejos de los míos; abiertos los suyos en bienvenidas cortas y leves, ligeros como recién llegados al mundo, sus brazos; rebalsados los míos, resistentes y firmes, clavados en la cintura de sostenerlo todo, cruzados para retener el tiempo, mis brazos de represa, de juntar y repartir; sus brazos como jarrones huecos, son dos cuencos deformes y frágiles, siempre sueltos, siempre hamacando una excusa, siempre imposibles, sus brazos.
Lo veo bajar a Mariano, se instala como un plebeyo a los pies de Lauti, amortigua su peso contra el cemento, se festeja haber venido. Se abrazan, se huelen los pelos, se balancean en cruz, caen sobre las baldosas flojas, se embarran y se levantan. Mariano le soba el pelo como a un perro roñoso y lo despeina, Lauti le mira la pera transpirada y le sonríe, tiene los ojos como dos rayas entusiasmadas.
Se lamenta Mariano, se llega y se despide en la misma frase; promete fechas, la próxima llegará más temprano; promete cosas, cosas simultáneas y desordenadas. Sigue teniendo los brazos libres Mariano. Ahora saca algo de la media, lo arrastra, lo tiñe con sus dedos de barro y cerveza, tiene un sobre Mariano, un sobrecito oscuro y arrugado que se me queda entre los ojos, son tres billetes que me da Mariano, dos por el mes pasado.
Mijal Mendiuk nació en Buenos Aires. Es licenciada y profesora en Ciencias de la Comunicación. Se sumó, hace tres años, al taller de escritura Claraboya que coordina Nahuel Vázquez. Actualmente, estudia Artes de la Escritura en la UNA.