Gracias. Es la primera palabra que me viene a la mente para recordar a Ricardo Listorti. En primer lugar porque se la debemos, al profesor, al maestro, al actor, a uno de los mayores referentes de la cultura tresarroyense, y en segundo y no por ello menos importante, porque es la palabra que más pronunciaba Ricardo.

No importaba si se trataba de un favor personal, un simple acto cordial o de una obligación laboral. Ricardo siempre daba las gracias con la cordialidad que lo caracterizaba y ante cualquier acción o situación que él considerase necesaria.

En un principio para mí, fue una cara sin nombre. Lo conocí a través de una publicidad de “La Previsión” que protagonizó con la inauguración de Tres Arroyos Televisora, Canal 2 a mediados de los años 80.

Ricardo Listortifotos: Facebook

En un primer plano aparecía su cara inconfundible, hablando con los televidentes. Cuando el plano se abría se lo veía manejando un auto que se había montado sobre la estatua de San Martín.

Pocos meses después, volví a verlo en la puerta de la Biblioteca Sarmiento durante una Fiesta Provincial del Trigo, él actuando de mimo y yo entre el numeroso público que lo rodeaba y presenciaba su actuación.

Jugando con la gente iba recorriendo aquella rueda, cuando se acercó a mi posición le dije “vos sos el que chocó la estatua de San Martín con el auto”, acto seguido, asombrado pero sin perder su personaje, realizó la pantomima de ir manejando y chocar contra otro auto.”

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Ricardo el Profesor

Cara y nombre se juntaron por primera vez para mí, a principios del año 1990 cuando se convirtió en profesor de literatura de 2do año 5ta división del ex Colegio Nacional. Paradójicamente aquella vez en el cual yo le di identidad, Ricardo me quitó parcialmente la mía. Aquel día dejé de ser Gabriel para convertirme en “Picky.”

Años antes, por su faceta de actor, había conocido a mi padre, propietario original de ese sobrenombre, pero a Ricardo le bastó identificarme como “hijo de…” para enrostrarme mientras me presentaba ese “Hola Picky” que ya nunca pude quitarme, mitad como burla y mitad por cariño, para todos mis amigos a partir de ese momento fui “Picky”.

Se lo perdoné porque se convirtió en nuestro Profesor Keating, en nuestro “maestro hippie” en nuestro “Profesor Tirabombas” siempre ocupado y preocupado por nuestros “dramas adolescentes”, siempre predispuesto a darnos una mano, un consejo, una palabra de aliento, una enseñanza más allá de las establecidas en el programa escolar.

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Sus clases a veces se convertían en un intenso debate. Ricardo siempre nos dio la libertad de decir cualquier disparate. Hablábamos de amor y sexo, de familia y amigos, de sueños y tristezas con la misma soltura. Nuestros “insignificantes problemas” de aquellos años, comparados con la vida de un adulto, encontraba siempre sus oídos predispuestos.

Nuestro grupo por caradura y desinhibido paso dos veces por “Cuento Con Vos” aquel programa que Ricardo conducía por Canal 2 que fue antecesor de “Ratón de Biblioteca”.

Abocado a su rol de profesor, fue uno de los maestros que me hizo amar la literatura para siempre, quien me impulsó a escribir y me abrió el abanico de autores y estilos desconocidos para mí en aquellos años.

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Ricardo, el actor

La primera vez que lo vi sobre un escenario fue en “Nieve Eléctrica” obra escrita por su amigo y gran artista local, Andrés Mazzitelli, que protagonizaron en un pequeño teatro que habían montado en la esquina donde antiguamente estaba Casa Aduriz.

O quizás fue en “Papá” en el teatro de la Escuela Nº 1, que vimos como tarea escolar con todo el curso del colegio, no puedo precisar con seguridad cual fue la primera.

Si puedo precisar que tras el debate sobre la obra en la clase siguiente, me convenció de actuar y luego de hacerme pasar al frente para realizar algunas payasadas frente a mis compañeros, me convocó para una obra que quería montar en la escuela para la Semana de las Artes, y posteriormente volvió a convocarme para el elenco teatral al cual dirigiría en los Juegos Juveniles Bonaerenses. Debut y despedida para mí sobre las tablas.

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A esa altura Ricardo ya tenía sobre sus espaldas una vasta experiencia actoral y como director iniciada en los años 70 con el grupo “Nueva Dimensión”.

Terminado el secundario yo seguí viéndolo si que él me viera, perdido entre los espectadores de las innumerables obras de teatro que montó y protagonizó a lo largo de su carrera.

Yepeto, Frac y Camiseta, Neruda por Neruda, Art, Ella, Sexo Débil, fueron algunas de las obras que presencié solo por nombrar algunas pocas.

Volvimos a encontrarnos muchos años después en el Solar del Tortoni, Ricardo ensayando sus obras y yo como boletero. “Por hoy dejamos acá” de Andrés Mazzitelli, “75 puñaladas” y “Terapia” estas dos últimas obras en compañía de Javier Oroquieta, fueron las obras que montó en las salas del Tortoni, siempre con el respaldo del público y con funciones a sala llena.

Su enorme generosidad lo impulsó a montar una obra con textos míos “Observaciones casi inútiles” otro debut y despedida para mí pero esta vez como autor teatral y a invitarme a “La Otra Cara” a mostrar mis “Huellas”.

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Ricardo, el hombre

Generoso, creativo, multifacético, ingenioso, culto, amigo de sus amigos y dueño de una memoria prodigiosa.

El teatro fue su vida, el escenario su lugar en el mundo, la literatura un componente más de su sangre, erudito en cuestiones literarias sus recomendaciones nunca defraudaban, amante del buen cine sus críticas en la materia eran siempre acertadas.

Su capacidad e histrionismo hizo mella en todas las generaciones, divirtió a los más chiquitos con sus programas de televisión y sus obras de teatro infantiles, cautivo a los adultos mayores en sus talleres de teatro, literatura y cine.

Pocas veces se lo veía malhumorado. Su carcajada solía estallar en cualquier rincón, era dueño de un gran sentido del humor, a veces irónico y la mayoría de las veces inteligente.

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Cuando su salud comenzó a flaquear intentó no rendirse. Su cuerpo decía basta pero en su alma aún conservaba ese fuego sagrado que lo empujaba una vez más hacia los escenarios. Como los grandes boxeadores que saben que les queda entre sus puños una última pelea, una última actuación extraordinaria, Ricardo decidió ponerle fin a su carrera con una última gran función.

El 17 de mayo de 2015 puso en escena “El hombre de la cinta en la boca” y no necesitó hablar durante la función para recibir el caluroso, efusivo y merecido aplauso de todos los espectadores que se acercaron a su despedida.

Durante 40 años de trayectoria dejó el corazón en cada presentación, se le fue gastando arriba del escenario, por brindarlo siempre.

El 8 de julio de 2015, Ricardo Listorti, el hombre de las mil gracias, se fue para quedarse en nuestro recuerdo.

Yo le debo más que un apodo. Tres Arroyos, también.

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