El lugar que estamos condicionados a ocupar es establecido por los deseos de otros y sus expectativas, pero también por la sociedad en la que nos toca vivir.


De alguna forma todos, ya desde que nacemos, venimos a ocupar un lugar determinado. ¿Cuál es ese lugar? El que está condicionado por nuestra familia y sus expectativas y fantasías sobre nosotros, pero también por la sociedad en la cual nos tocará vivir.

Es decir que, sin siquiera tener la posibilidad de elegir, habremos de ocupar un compartimento prefijado, nos moveremos dentro de él y veremos al mundo desde la perspectiva que ese espacio nos permite. Y es tan así, que la mayoría de las personas, casi sin ser conscientes de esto, pasan el resto de su vida procurando modificar ese compartimento para hacerlo más agradable.

Esto significa que, de alguna rebuscada manera, el lugar que estamos condicionados a ocupar es establecido por los deseos de otros, por lo que pasamos a ser objetos de esos deseos ajenos.

El proceso para dejar de ser objetos del deseo de otro y empezar a ser “sujetos deseantes” supone necesariamente cuestionarnos los mandatos, reflexionar, preguntarnos por nuestros propios deseos, elegir, correr riesgos, vencer el temor al qué dirán. Este es el único camino posible para tener una existencia auténtica. Pero no todos se atreven a recorrerlo o se extravían y quedan a merced del deseo ajeno.

Las creencias acumuladas, algunas conscientes y otras inconscientes, actúan desde nosotros para bien o mal, pero siempre de manera condicionante.

Algunas veces resulta muy productivo intentar reconectarse con la propia adolescencia, no importa que ya seamos adultos. Hay una parte de esa etapa que ningún adulto debería perder. La pediatra y psicoanalista francesa Françoise Dolto sostenía que la adolescencia era el período de las alegrías más intensas, un tiempo pleno de fuerza, de promesas de vida, de expansión. En efecto, es en esta etapa cuando el deseo se siente a flor de piel, cuando nos creemos capaces de todo y nos aferramos a nuestra rebeldía para cruzar ciertos límites de nuestro compartimento.

Poder librarnos de nuestras concepciones anteriores, al menos de las más limitantes, requerirá que cuestionemos muchos de los cimientos en los que nos apoyamos durante toda la vida. No obstante, existirá siempre una creencia fundamental y extremadamente nociva que deberíamos desterrar: el “no puedo”.

Nada nos paraliza tanto como dicha creencia, ni nos aferra con tal fuerza a nuestro compartimento acostumbrado, nada limita tanto nuestro deseo… Por lo tanto, si alguna vez nos han enseñado que no podemos y lo hemos estado creyendo desde entonces, sería bueno que nos preguntemos: “¿Y yo qué deseo?” Y si eso que “no podemos” resulta ser precisamente lo que queremos, hagámoslo igual, aún con miedo. Pero crucemos nuestro límite y salgamos, de una vez, del confortable compartimento.





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