Cualquier idea con la que no coincidimos es el disparador necesario para desencadenar un conflicto. Te contamos qué mueve a los "haters".


Es imposible que la ciencia avance a menos que se cuestionen paradigmas establecidos y se los refute con nuevos argumentos. Estos procesos suponen, sin duda, infinidad de discusiones con el fin de establecer un paradigma diferente. ¿Pero cuántas discusiones hemos tenido en aras de la ciencia y sus objetivos nobles? ¿Muy pocas? ¿Ninguna? Y, en cambio, ¿cuántas sostuvimos sólo por el deseo de discutir?

Podríamos decir que, en el plano la vida cotidiana, es justo que si nuestro jefe no ha querido darnos el ascenso que creíamos merecido, libremos nuestra pequeña batalla.

También es válido que nos impongamos cuando alguien pretende cruzar nuestros límites más razonables, y que debatamos con vehemencia cuando se trata de defender nuestros afectos, derechos y bienes.

Pero, sinceramente, no siempre discutimos por este tipo de cuestiones. Muchas veces, nos arrojamos de cabeza en polémicas que sólo tienen como fin demostrarle al otro que tenemos razón.

¿Por qué hacemos tal cosa? ¿Pretendemos alcanzar cierta verdad o simplemente “ganar”? En algunas personas, existe una dosis de agresividad encubierta que busca ser canalizada a través de cualquier conflicto; a veces les alcanza con escuchar el punto de vista de otro, sobre cualquier asunto, para confrontarlo exponiendo el punto de vista opuesto.

No casualmente esto último suele verse con frecuencia en las redes sociales, en las que abunda la gente dispuesta a agredir. Lo más probable es que no sean conscientes de su necesidad de confrontar, pero actúan como detectores automáticos de todo comentario con el que no están de acuerdo; y allí van, espada en mano, dispuestos a combatirlo.

¿Acaso buscan que el otro se ilumine con su conocimiento y que cambie de opinión? De ninguna manera. Simplemente necesitan tener un contrincante hacia quien dirigir su agresividad, generada seguramente por algo ajeno a la disputa, más vinculado a temas personales irresueltos.

De cualquier manera, es obvio que nadie discute solo: quien del otro lado se engancha con el planteo agresivo también responde a cierta necesidad inconsciente de revalidarse o a una inseguridad de la que busca despojarse. ¿Es que sus creencias son tan frágiles que necesita defenderlas ante cualquiera? ¿Su identidad es tan poco sólida que requiere ser afirmada ante un extraño?

Coincidiremos seguramente en que no es muy relevante lo que acontezca al discutir con alguien que no nos importa. Pero el problema es grave cuando estas disputas improductivas se dan con quienes tenemos un vínculo significativo.

Porque allí rigen las mismas reglas, pero el precio a pagar es poner en riesgo una valiosa relación.

Por eso, cuando se presenten estas situaciones, antes de subirnos a la polémica, nos vendría bien preguntarnos: “¿Por qué necesito tanto que el otro me dé la razón?”.





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