El horror que no puede tocarnos, ese que nos ataca desde el cine o un libro, fascina a la humanidad desde la época de la caverna.


El horror que no puede tocarnos, aquél sobre el que leemos en libros antiguos o modernos, en crónicas, relatos o historietas; que se nos viene encima en salas de cine o en la habitación donde tenemos el televisor; el horror que no es real, aunque podría serlo, sigue fascinando a la humanidad desde que el primer hombre lo creó amasando las sombras que reinaban en un afuera imprevisible: el que los hacía atrincherarse en una cueva, mantener el fuego vivo y el arma cerca de las manos.

De ese sueño nacieron los gigantes de un solo ojo, los tigres dientes de sable, los inmensos elefantes peludos y las almas en pena que aullaban a través de la voz de los lobos: era difícil separar lo ilusorio de lo real.

Ese horror despierta, hasta hoy, tal interés, que lleva a que se agoten las reediciones de antiguos relatos de misterio, que nos advierte que la llama gótica, a la que Edgard Allan Poe dio perdurabilidad y Stephen King continuidad, está lejos de extinguirse. Presente en las más viejas leyendas universales, creó sus propios demonios y a fines del siglo XVIII se estableció, como género, en la literatura.

A mí, que tanto me gusta la pintura, me llamó la atención que, en el siglo de las fiestas galantes, de textos idílicos, mientras florecían pintores como Watteau, Boucher y Fragonard, con mujeres delicadísimas entre guirnaldas de rosas, corderitos y palomas, la gente comenzara a sentirse atraída por bosques tenebrosos, cementerios y torres destruidas, y tempestades donde se oía a las brujas que salían a cazar almas.

Quizá, pienso ahora, entre razones más profundas y cambios de orden social, estaba el hartazgo de cierta belleza.

Un pensador de entonces, Edmund Burke, llegó a decir: “Todo aquello que de algún modo contribuya a excitar las ideas del dolor, es decir, todo aquello que resulte terrible de alguna manera… es fuente de lo sublime.” Y no fue el único que sugirió tal cosa. Muchos ensayistas de la época quisieron dilucidar el misterio de lo misterioso a través de estudios titulados: “Sobre el placer producido por los objetos terroríficos”; “La investigación sobre los tipos de aflicción que pueden excitar los sentidos del placer”, etcétera. Era el descubrimiento del horror como fuente de goce.

Y así, lo “horroroso”, que anteriormente distaba mucho de ser una categoría de lo bello, pasó a convertirse en uno de sus elementos esenciales, y lo “bellamente horrendo” no tardó en convertirse en lo “horrorosamente bello”: porque si bien el descubrimiento de la belleza de lo horrible es anterior al siglo XVIII, es sólo entonces que toma plena conciencia de sí misma.

Que la belleza y la poesía podían brotar de lo vil y lo repugnante, ya lo sabían William Shakespeare y otros isabelinos, pero nunca teorizaron sobre ello: era un aderezo más dentro de la historia, no la historia en sí. Pero en cuanto aparece “la teoría del horror”, éste pasa a ser el personaje principal de la obra, y no sólo su aderezo.

¿Por qué millones de televidentes encendían su televisor un día determinado para ver la estéticamente atractiva introducción a la serie The walking death? ¿Por qué los monstruos, como gorilas descomunales, las máquinas perversas y –siempre, siempre– las historias de vampiros nos atraen tanto? Y, una pregunta interesante: ¿Tenemos, entre nuestros autores, quién represente este género?

Sugerencias: 1) Para los que estudian el género: ver la película Nosferatu, de Friedrich Wilhelm Murnau (1922), una joya del expresionismo alemán; 2) Ver la miniserie What Remains, una vieja casa de departamento habitada por… Garantiza la BBC. •





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