Una charla sobre actuación, su familia y los peligros de no ser feminista en los tiempos que corren.


Llega en moto, con casco negro, pollera larga, unas croc sencillas y musculosa, que deja al descubierto sus brazos fibrosos y bronceados. Su glamour, su andar y figura esbelta no pasan inadvertidas para los transeúntes de la transitada avenida Peralta Ramos, aquí en Mar del Plata, donde Juana Viale hace temporada teatral por primera vez en sus quince años de trayectoria actoral. “Amo el viento que me pega en la cara cuando ando en la moto, pero soy muy cuidadosa, tomo todos los recaudos, aunque tengo experiencia con mi caballo de hierro. Igual decidí tomar un curso para perfeccionar algunas técnicas”, cuenta con una sonrisa –muy frecuente al cabo de la charla– a Rumbos, en un bar cerquita del teatro.

Su bautismo teatral en La Feliz es con un doblete: “40 días, 40 noches”, en la que es la narradora de la historia, una suerte de intermediaria entre el público y la escena, y “El ardor”, en la que encarna a una maestra desempleada, alcohólica, que vive con un escritor alcohólico en medio de un paraje agobiante. En ambas piezas es dirigida por Luciano Cáceres, sobre quien corrieron cientos de rumores ante un incipiente romance que la propia Juana fogoneó irónicamente. “Estoy esperando que se decida. Es un poco indeciso el muchacho, yo aquí estoy, esperándolo, es un churrazo”.

Juana, sorprendió a que te animaras a hacer temporada en Mar del Plata, y más por partida doble…

Sentía que tenía que hacerlo, hace tiempo que vengo pensando en que quería saber cómo sería trabajar en esta ciudad en plena temporada, algo que me desvelaba también por el temor de semejante exposición, no sé… Pero aquí estoy, feliz y agradecida, y también agotada, por haberme animado a esta locura deliciosa que es el teatro.

¿No vacilaste en ningún momento?

Era una asignatura pendiente y no quería volver a postergarlo, además uno no sabe cuántas veces más te van a proponer este tipo de trabajos. Así se fueron dando las cosas, pero admito que no respondí de un día para el otro.

¿Por dónde pasaban tus dudas?

Cuando me di cuenta de que iba a ser un esfuerzo importante, ahí fue que me terminé de convencer, porque yo estoy acostumbrada a los esfuerzos, aunque muchos no lo sepan –vuelven las sonrisas–.

¿Qué querés decir?

Nada. Eso, jaja.

Como que la gente supone que vivís de vacaciones…

Ponele que muchos creen que yo estoy tirada todo el día en una hamaca paraguaya. Yo laburo mucho en mi oficio: ensayo, estudio y repaso la letra de una obra después que termino la otra función… Me acuesto a las dos y pico repasando mi texto y a las ocho de la mañana vuelta a ensayar. Anoche, por ejemplo, cené un café con leche y un turrón. Pero no me quejo, es amor al arte.

¿Te tienen de punto?

Creo que soy yo, no gusto yo, no como actúo. A mucha gente no le gusto, le caigo mal, será por mi familia, por cómo pienso, o vaya a saber qué. La verdad es que yo no me hago problema, nunca me lo hice y menos ahora, que estoy en un momento de mi vida tranquilo, relajado… Tengo 36 años, de algo tiene que servir cumplir años.

¿Para qué por ejemplo?

Para pensar más y mejor, para saber protegerme y proteger a mi entorno, para estar más curtida.

¿Sufriste alguna vez a la actuación?

Pasé por momentos de quietud incómodos, sobre todo para una ariana impulsiva como yo, que no le gusta quedarse quieta. En este oficio el silencio es moneda corriente. Así como yo ahora estoy haciendo dos obras y no doy a basto, he pasado momentos en los que me comía las paredes, aunque los exteriorizaba con la vida al natural.

Hace un buen tiempo no te sentías una actriz tan convencida de querer actuar… ¿Aprendiste a querer el oficio?

Siempre lo quise y hoy lo amo con todo mi corazón. Sucede que no fue mi primer amor, la actuación se dio a partir de una oportunidad que me dieron en “Costumbres argentinas” (2003), y desde entonces no paré. Y eso que estaba convencida de que quería ser bióloga marina, era un sueño, pero no se me presentó ninguna ocasión propicia y reconozco que tampoco yo la fui a buscar.

¿Sentís que todavía estás a tiempo de pegar el volantazo?

Es algo que me planteo con más frecuencia: ¿Cuántas veces podemos volver a empezar de cero?

¿Te animarías?

¿No te dije que me gusta incursionar en caminos desconocidos, que el destino me sorprenda? Yo soy muy mandada, de tomar riesgos.

Ocurre que cuanto mejor te vaya en la actuación, más se aleja tu sueño.

Siento que algo voy a hacer, como decía antes, la naturaleza me puede, me cautiva y yo la abrazo en todo momento. Tengo una relación muy poderosa con la tierra y el agua, me siento… empoderada.

Una palabrita con matiz militante.

Uy sí, qué garrón. No quiero entrar en ninguna polémica, estoy más pacífica que nunca.

¿Es cierto que no sos feminista?

No lo soy, ¿molesto a alguien? No entiendo, ¿sólo por ser mujer tengo que afiliarme al partido feminista?

Lo tenés claro, parece…

Sí, pero no por no ser feminista voy a dejar de pedir y luchar, por ejemplo, por la legalización del aborto, pero bajo ninguna bandera, ni presión de afuera. Yo tengo mis propias convicciones, no creo en el feminismo, no creo en la igualdad entre el hombre y la mujer, ni tampoco me gusta el fundamentalismo que, a veces, propone este tipo de agrupaciones.

¿Por el Colectivo de Actrices Argentinas, decís?

No puntualmente, pero no me sumo a ese colectivo, me es ajeno, sí lo respeto, por supuesto, pero no adhiero.

¿Por qué no adherís?

Porque no estoy de acuerdo con las formas. Nada más. Y sé que esto va a generar un alud de respuestas contra mí, ya lo sé.

¿Por qué?

Porque mis opiniones molestan, sobre todo, cuando estoy en contra de algo que debería ser natural.

Le pasó a Isabel Macedo, que se opuso al colectivo de actrices, y la atacaron…

Hay mucha hostilidad, saña y crueldad en la sociedad, no permitimos el disenso, nos hieren por discrepar. Es triste.

¿Es impensado que vos te pongas algún pañuelo de color?

No me veo, la verdad. Tampoco me jacto, pero yo soy una mujer con una cabeza muy libre.

¿Sos consciente del peso de tus palabras?

No mucho, pero tampoco soy una zarpada. En los reportajes trato de medir el tenor de una expresión, pero nunca ofendí ni me metí con nadie… Sí soy consciente de que vivimos en una sociedad hostil, que no acepta la discrepancia; entonces, a veces, es mejor callarse.

¿Es mejor callarse?

Para mí, para mi forma de ser, porque no me gusta confrontar, me parece que no conduce a nada. Entonces, en ese aspecto, soy de dejar que fluya, cedo.

¿Te interesa agradar?

Es imposible agradar a todos, tampoco me lo propongo, nunca especulé con decir o hacer algo para caer bien.

¿Pensás que el afuera construyó una personalidad sobre vos?

Construyó un monstruo –ríe distendida–. Yo no me siento reflejada, pero sí, lo he visto y escuchado cuando me tildan de maleducada, de amarga, de irrespetuosa. No me hago cargo, no soy yo. Pero bueno, no puedo hacer nada contra eso.

Se te escucha más reflexiva y transmitís una auténtica serenidad.

Estoy más grande, tengo 36 años en una vida que fueron como diez, tengo que admitirlo. Pero siento que manejo mejor algunas cuestiones; y miro alrededor, lo que tengo, la familia que construí y me tengo que sentir serena.

¿Sos muy familiera?

Muy, la mía, la que yo hice, y la familia de la que vengo, además de un grupo de amigos entrañables que son como mi familia elegida. La familia es todo para mí.

¿Cómo te llevás con la edad? ¿Los 40 se ven amenazantes?

No, cero. Es una simple estadística, nunca me importó la edad, el paso del tiempo, trato de estar lo mejor posible, pero no es una obsesión.

¿Y con el espejo?

No le doy bolilla. Estoy más atenta a otras cosas, puedo tener un espejo enfrente que ni lo registro.

¿Cómo sos como madre? Ambar es una adolescente de 15 años.

Muy libre y relajada, muy permisiva, sabiendo cuáles son los límites, pero sin estar todo el tiempo marcándolos. Con mi hija tenemos mucho diálogo, y yo le tengo una confianza plena. No tengo una fórmula, apelo a mi instinto materno para darles lo mejor y contarles que vivimos en un mundo complicado.

¿Sos de poner límites?

Los límites están, pero no son imperativos ni caprichosos. Cuando es “no” se fundamenta, se explica el porqué y, también se escucha a la otra parte. Con esas cuestiones básicas construimos una relación hermosa con Ambar, de ida y vuelta, entendiendo que somos dos mujeres con hormonas, con distintas edades, preocupaciones y deseos, pero con una confianza ciega. Pero soy madre, no amiga.

La caída del sol la lleva, de repente, a mirar su reloj. Falta poquito más de una hora para la función. Toma su casco y se despide aventurando un año que asoma lleno de trabajo. “Ahora estoy abocada al teatro, pero me espera analizar una serie de propuestas muy interesantes en cine, una serie y otra obra para hacer en Chile. Nada concreto, pero todo me resulta muy estimulante”. Saluda cariñosa, se calza el casco y se va sonriente.





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