El siglo XXI será testigo de avances que no solo cambiarán la práctica médica sino que serán capaces de transformarnos como especie.


Desde el primer ser humano que usó un cuchillo para hacer un tosco procedimiento quirúrgico hasta las placas de rayos X que nos permiten ver el interior del cuerpo sin hacer ningún tajo, la medicina siempre se sirvió de la tecnología en su incansable tarea de curarnos.

Y, en ese sentido, el siglo XXI será testigo de otros avances que no solo cambiarán la práctica médica sino que serán capaces de transformarnos como especie.

Un médico sobre el teléfono

“Con el creciente impacto de las tecnologías de la información, un montón de industrias han ido adaptando su oferta de servicios para hacerlos más centrados en el consumidor. Sin embargo, en el caso de la salud este proceso ha sido muy lento”, nos cuenta Pablo Utrera, CEO de DOC24, una empresa argentina de telemedicina que ofrece consultas médicas por videollamada y cuyo caso ayuda a vislumbrar cómo puede ser el futuro.

Utrera cuenta que a través de su plataforma se atienden unos 4.500 pacientes mensuales y que resuelven el 70% de las causas de visitas a las guardias. Además de poder conversar con el médico, el paciente puede enviar fotos en tiempo real y adjuntar archivos, generalmente informes de estudios de imágenes o de laboratorio. El médico realiza un registro de la consulta, que incluye la descripción del cuadro, el diagnóstico presuntivo y la posibilidad de indicar estudios complementarios o de prescribir medicamentos. Una vez finalizada la consulta, el paciente puede calificar su experiencia y todo el historial de atenciones queda guardado en la aplicación.

Es difícil exagerar los beneficios que pueden traer la popularización de este tipo de tecnologías. Para un ciudadano con suerte, una videollamada le ahorra tener que trasladarse hasta una guardia médica, esperar varias horas para ser atendido y exponerse a los virus que habitan en los centros médicos. Pero para alguien que no tiene tanta suerte, puede ser la diferencia entre directamente ser, o no, atendido por un médico. Utrera afirma que el mayor impacto potencial de estas plataformas es “en la generación de un acceso más equitativo a los servicios de salud. Los sistemas de salud, no sólo en la Argentina sino en toda la región, son muy inequitativos en lo que hace a la accesibilidad. Dependiendo de la zona geográfica en la que vivamos, o la cobertura de salud con la que contemos, nuestra posibilidad de acceder a una consulta médica es muy disímil tanto por la distancia a recorrer, el tiempo que debamos esperar para recibir la atención, o la calidad de la prestación médica a la que podamos acceder”.

Por supuesto que en este campo un tema crucial es la privacidad de los datos. Al respecto, Utrera afirma que “la ley de Historias Clínicas (Ley 26.529) es muy clara: los datos son propiedad de cada paciente y tomamos medidas estrictas para la protección de los mismos”. En ese sentido, desde la etapa de diseño de la plataforma, adoptaron como referencia una de las normativas más exigentes en la materia como es la ley HIPAA de los Estados Unidos.

Hoy ya lo vemos con Facebook, que hace uso (y abuso) de la información de sus usuarios, la cual fue utilizada para inclinar la balanza a favor del Brexit y de Donald Trump. Pero a medida que más y más información nuestra esté subida al mundo digital, en especial cuando está sea tan sensible como una historia clínica, se va a hacer cada vez más importante la gestión de su privacidad.

Mi doctor es un robot

Vivimos rodeados de robots y ni nos damos cuenta. Ocurre que cuando se usa la palabra robot uno piensa en Terminator o en Robotina, la empleada doméstica de Los Supersónicos. Pero un robot también puede ser virtual, como son los algoritmos. Y ellos están en todos lados: en las redes sociales, Netflix, la investigación astronómica, la predicción de réplicas de terremotos, las neurociencias, los diseños arquitectónicos, la compra y venta de acciones de la bolsa, la planificación urbana… cada día ocupan más lugares y nadie duda de que lo seguirán haciendo.

La medicina no es ajena a sus bondades. A principios de 2018, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos aprobó el uso del primer algoritmo que puede predecir muertes repentinas y que ya se usa en algunos hospitales de dicho país. Se trata de un software que analiza los datos de pacientes que son monitoreados en hospitales y calcula el riesgo de que padezcan un ataque al corazón o una falla respiratoria. Para hacerlo, tiene en cuenta cinco variables claves: el ritmo cardíaco, el respiratorio, la presión sanguínea, la temperatura corporal y la saturación de oxígeno. Con esos datos ubica al paciente en una escala de riesgo que va del 0 al 5: si supera el 3, envía una alerta a los médicos. Por el momento no puede utilizarse fuera de una sala de terapia intensiva pero sus creadores esperan que algún día se use en la población general, que bien podría tener sus signos vitales monitoreados con un implante bajo la piel.

Por supuesto que un algoritmo no sabe lo que es un paro respiratorio, ni mucho menos lo que significa el dolor que produce la muerte de un ser querido. Pero no le hace falta. Un algoritmo es capaz de analizar miles o millones de casos y buscar patrones. Si se alimenta al algoritmo con 100 mil tomografías y se le indica cuáles de ellas terminaron evolucionando en tumores malignos, el robot puede buscar patrones de esos casos y sacar sus conclusiones…

De genes estamos hechos

La medicina se trata tanto de curar enfermedades como de procurar evitarlas. Sin embargo, la ingeniería genética llevará esta prevención a otro nivel. Recordemos el caso de Angelina Jolie: en 2013, la actriz se hizo un análisis y supo que es portadora del gen BRCA1, que aumentaba dramáticamente su riesgo de desarrollar cáncer. “Mis doctores estimaban que tenía un 87% de riesgo de contraer cáncer de mama y un 50% de padecer cáncer de ovarios, aunque los porcentajes varían de una mujer a otra”, escribió por entonces la actriz en una carta abierta. “Cuando supe que esta era mi realidad, decidí actuar de forma proactiva y minimizar el riesgo lo más que pudiera. Tomé la decisión preventiva de someterme a una doble mastectomía”. Tras la operación, los médicos redujeron las probabilidades de que desarrolle estas enfermedades hasta un 5%.

¿Pero qué pasaría si hubiera existido la posibilidad de que Angelina Jolie, solo por mencionar su caso, naciera directamente sin ese gen? Eso es exactamente lo que hizo He Jiankui, un científico chino, al menos supuestamente ya que su experimento aun no fue confirmado. A fines de noviembre, él anunció en un video de YouTube que “dos preciosas niñas chinas llamadas Lulu y Nana llegaron al mundo hace algunas semanas llorando y tan sanas como cualquier otro bebé”. Pero, en otro sentido, esas niñas no eran como cualquier otro bebé. Según Jiankui, modificaron genéticamente a los embriones con la novedosa técnica CRISPR-Cas9 para que las recién nacidas sean resistentes al VIH. El caso recibió duras críticas porque implica importantes aspectos éticos que no fueron tenidos en cuenta. Sin embargo, Jiankui tiene razón cuando dijo, al defender su trabajo durante un simposio sobre la Edición del Genoma Humano celebrado en la Universidad de Hong Kong, que “hay gente que necesita ayuda y tenemos la tecnología para hacerlo”. Y ese es el punto: Jiankui se adelantó a un debate que ya debería haberse dado. Si existe una tecnología que nos permite nacer sin la posibilidad de adquirir ciertas enfermedades, ¿no debería usarse? Y en el caso de que la respuesta sea que sí, ¿deberíamos limitarnos a evitar enfermedades o es lícito “mejorarnos” haciéndonos más inteligentes, fuertes o bellos?

Según el israelí Noah Yuval Harari, unos de los intelectuales más importantes de la actualidad, el futuro presenta varias posibilidades. Una, en la que haya un acceso universal a estas tecnologías, y otra, más digna del ser humano, “es que la humanidad se escinda en distintas castas biológicas, de tal manera que todas estas mejoras tecnológicas estarán disponibles solo para la élite, para los más ricos. Ellos podrán utilizar la ingeniería genética para mejorarse y para convertirse en superhumanos, mientras que miles de millones de personas, de las clases más bajas, no dispondrían de esa oportunidad y se quedarían siendo humanos ‘ordinarios’. De esta manera puede haber una sociedad mucho más desigual que en ningún momento de la historia”.

Cada vez que se produce un avance tecnológico importante se debería haber un debate ético global sobre sus implicancias. Tras la creación de la bomba nuclear, el “debate” fue si valía la pena eliminar a toda la humanidad por una disputa entre dos modelos económicos y políticos. Afortunadamente la respuesta fue que no, esa discusión no se dio en el campo de la destrucción masiva y hoy vivimos en un mundo que está lejos de ser perfecto pero que es el mejor que vimos hasta ahora. Como dice Harari, “por primera vez en la historia de la humanidad, el hambre mata a menos personas que la obesidad; las plagas, a menos personas que la vejez; y es más probable morir en un accidente que ser asesinado”. La medicina, sin dudas, será un actor clave a la hora de profundizar esas mejoras, o enviarnos de un plumazo y para siempre, a la peor distopía.


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