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El pobrecillo de Asís

Fue uno de los primeros en bendecir a las mascotas y en encontrar alegría en las flores y el fruto tomado del árbol.

El pobrecillo de Asís
autor avatarCristina BajoSeguinos enGoogle
25 de noviembre de 2018, 16:55
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El nombre Francisco, en la Italia del siglo XII, significaba "francés". Y se dice, en alguna hagiografía, que fue a San Francisco de Asís al primero que se le adjudicó este sobrenombre. ¿Cuál fue el motivo? No encontré respuestas claras, salvo detalles que dan color a la leyenda: su madre, de apellido francés de alto linaje, hizo que sus hijos hablaran francés.

Y aunque el apellido de su padre –Morico– no nos suene, mil años después, muy rimbombante, se sabe que era un rico comerciante y que viajaba frecuentemente a Francia.

Veamos su vida, que decidí contárselas porque este Francisco es uno de mis santos preferidos. Nació en 1182 y recibió una buena educación; sin embargo, en los años que siguieron a su juventud, no fue por esta educación que destacó, ni por el poder de su riqueza, sino por su manera de ser, diferenciándose de sus contemporáneos y también de otros compañeros en santidad. Su conciliación con la naturaleza, las plantas, los animales, el hombre, los astros, hizo de él alguien diferente. Además, tenía un don especial que sólo las personas felices suelen desarrollar: tenía lo que llamamos sentido del humor.

En un tiempo en que los santos solían usar el cilicio, la filosofía o la espada, él llevó la fe por otros caminos; cuando los papas vivían en palacios y encargaban obras de arte y de arquitectura que aún hoy perduran en memoria de ellos, él decidió vivir pobremente, como vivían, señaló Jesús, los lirios del campo.

La religión, para él, era un continuo acto de amor hacia el otro; fue el primero –o uno de los primeros– en bendecir a las mascotas que amaba la gente, en encontrar alegría en las flores silvestres, en el fruto tomado del árbol, en beber el agua del arroyo. Dicen sus biógrafos que desde joven –cuando lo catalogaban de revoltoso– recorría las plazas gritando alegremente: "¡Paz y bien!", saludo que, al paso de los siglos, se tornó una contraseña entre los buenos cristianos.

Lo extraño de este joven es que, en vez de ser tomado por excéntrico, terminó contagiando en quienes lo escuchaban su buen humor y candor, inspirando sentimientos de empatía, luego de admiración y finalmente de adhesión.

Su carácter era de una sencillez maravillosa, su bondad parecía apaciguar a los violentos –y según Rubén Darío, hasta al lobo de Gubbio– y terminó siendo amado y admirado por cuantos lo conocían. Fue un joven sano, alegre y bienhumorado hasta que el encuentro con un leproso lo cambió: la miseria en que vivían, cómo se los trataba, cómo morían de una enfermedad espantosa, le hizo pensar en los que sufrían.

Y a partir de entonces cambió su conducta, y su prédica cambió el espíritu de una Europa rica y poco dada a tener piedad, donde el pobre, el minusválido, estaba destinado a padecer en soledad.

Se dice que Francisco regeneró aquella sociedad, no sólo a través de lo que pregonaba, sino porque humanizó la fe: nos legó la costumbre de los pesebres, que alegraron mi infancia. Muchos simpatizaron con esta nueva forma de creer, de cumplir con el humanismo de Jesús; entendieron que él se despojara de todos sus bienes y lo llamaron "el pobrecillo de Asís" cuando, con sus amigos, aprendió a vivir de la caridad ajena.

De él nos sigue emocionando su "hermano Sol, hermana Luna", y no necesitamos ser católicos para entenderlo: basta con ser humanistas.

Sugerencias:

1) Leer Las Florecillas de San Francisco de Asís: un amigo agnóstico, cansado de estos tiempos revueltos, me lo aconsejó;

2) Leer a nuestros nietos Francisco y el Lobo. Les encantará.

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