Se presenta cuando perseguimos un objetivo determinado y se interpone entre nosotros y nuestras metas. Te contamos cómo surge.


Nacemos, crecemos, transitamos por nuestro existir, y en ese recorrido solemos llevar con nosotros a un compañero ineludible: el miedo. Si bien, al menos en parte, es absolutamente necesario, dado que dicho sentimiento nos protege, hay ocasiones en que se convierte en un estorbo que puede llegar a paralizarnos.

Por suerte, un mínimo de temor es saludable, ya que de lo contrario no dudaríamos en cruzar la calle sin mirar o conduciríamos nuestro auto sin quitar el pie del acelerador, teniendo consecuencias poco saludables. El problema es cuando el miedo deja de protegernos y se vuelve en nuestra contra, interponiéndose entre nosotros y nuestras metas.

Algunos de nuestros temores son puntuales y tienen una causa fácilmente identificable. Por ejemplo: temor a perder un empleo, temor a ser dejados por una pareja, temor a enfermar, etcétera. Existe, sin embargo, otra forma de miedo bastante frecuente, que suele presentarse cada vez que perseguimos un objetivo determinado y que, muchas veces, es el gran causante de nuestros autoboicots. Me refiero al miedo al fracaso.

Quienes lo padecen, a veces llegan incluso a desistir de los intentos por alcanzar aquello que anhelan. Desde luego que, conscientemente, todos sabemos que si nos quedamos cruzados de brazos tampoco alcanzaremos eso tan deseado. Dicho de otra manera, si nos detenemos debido al temor, ya estaremos fracasando. Pero pese a que seamos conscientes de esto, el miedo sigue estando y muchas veces llega a ser más fuerte que nuestro deseo, razón por la cual dejamos de avanzar.

Tal vez hayamos acumulado demasiados fracasos en nuestra historia y, por ello, no nos creemos capaces de soportar uno más. Tal vez hemos sido educados con demasiadas exigencias y hoy nuestra propia exigencia no admite que no lo logremos. Ya sea que la base de nuestro miedo se funde en una baja autoestima o en un exceso de autoexigencia, lo cierto es que el temor es similar y cumple el mismo efecto.

Probablemente el mayor error sea considerar que, para avanzar, primero debe desterrarse el miedo. Dicho temor suele ocultar un deseo, deseo que no puede ser alcanzado si no se atraviesa antes al miedo que lo esconde. Se debe encarar entonces al temor como a un fantasma, el cual habrá de retroceder a medida que nosotros avancemos. No debemos esperar que desaparezca sino que debemos ir a su encuentro, enfrentarlo y finalmente atravesarlo. Si no lo hacemos, se fortalecerá y se volverá implacable. En cambio, si lo enfrentamos, no sólo se debilitará sino que también podremos encarar los futuros miedos, que ya no supondrán tan grandes obstáculos: serán como fantasmas sin poder.

Quien lo haya logrado alguna vez, sabe que siempre puede volver a lograrlo. Que puede avanzar. Dicho conocimiento es, para quien lo porta, un arma invaluable que lo acompañará a lo largo de su existencia. 





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