Dr. Pedro Horvat*

Como en círculos concéntricos, organizamos una parte de la vida de relación en tres planos distintos: íntimo, privado y público. Lo íntimo define aquello que nos es solo propio y que no compartimos con nadie, lo privado es aquello que reservamos para unos pocos y, finalmente, lo público es lo que exponemos al conocimiento de todos.

Estos planos nunca son fijos: son, en realidad, espacios delimitados por fronteras cambiantes modificadas por el tipo de vínculo, las circunstancias vitales y hasta los valores culturales. Así, por ejemplo, no será lo mismo lo que se comparte en la privacidad de un niño con su madre, en una pareja o, desde otro ángulo, lo que distintas culturas entienden como reservado y personal.

El secreto es el guardián de lo íntimo; todos tenemos alguno protegiendo de la mirada de los demás, dolores, vergüenzas o placeres. La discreción, en cambio, es la condición de lo privado: es el mundo de la pareja, de los hermanos compinches y del amigo o amiga leal.

Desde hace tiempo, parece observarse un corrimiento de estos límites, y vemos cómo se hacen públicos relatos o imágenes que en otros momentos se habrían considerado reservados. En este proceso, influyen el cambio de valoración de las conductas y –de manera decisiva– la difusión de imágenes en las redes sociales.

Si es cierto aquello de que una imagen vale más que mil palabras, no lo es por lo que dice, sino por lo que pretende generar en el otro.

Quien sube una foto, en realidad presenta ante los demás una representación ideal del Yo: es decir, cómo anhelo que me vean. Ya se trate de un brindis de cumpleaños, de las secuencias de un viaje o de la desnudez frente al espejo, las imágenes capturan un instante de plenitud: no cuentan nuestras vidas reales, hablan de nuestras ilusiones.

Si se comparten cosas que otras generaciones ocultaban, es porque la cultura las ha resignificado, no porque la intimidad haya desaparecido. Lo íntimo, lo exclusivamente propio, continúa refugiado fuera del alcance de la cámara del celular y los emojis.

Sin embargo, y desde otra perspectiva, el análisis del uso que hacemos de Internet, las tecnologías de reconocimiento facial y los estudios de big data ponen a disposición de terceros la información sobre nuestros consumos, horarios, vínculos, enfermedades, ideas políticas, preocupaciones vitales e intereses sexuales, entre otros. Aquí sí, los límites entre íntimo, privado y público se desvanecen fuera de nuestro control.

Todos cuestionamos estas prácticas cuando suponen fines comerciales o políticos, pero la pandemia y la necesidad de nuevas estrategias sanitarias han abierto hoy un debate complejo: ¿cuánto acceso debe tener el Estado a la información privada de cada ciudadano con el objetivo de prevenir contagios masivos? ¿Se debe resguardar la intimidad del individuo frente al bien colectivo? Estas preguntas generan, de inmediato, la inquietud de ver que un algoritmo pueda describir la singularidad de cada uno.

¿Estaremos asistiendo a la desaparición de lo íntimo o se trata de una resignificación más de la cultura?

*Médico psiquiatra y psicoanalista. phorvat@fibertel.com.ar Contenido exclusivo para revista Rumbos.