Mi madre se daba mucha maña con la electricidad, y desarmando y armando la Singer modelo 36.


Hace unos días, mientras cocinaba mi cena, recibí un mensaje de una amiga que vive en otra ciudad; intercambiamos unas frases y al terminar, le escribí comentándole que estaba preparando mi comida. Ella me respondió que estaba lavando los platos antes de irse a la cama.

En una especie de estado de placidez, le pregunté: “¿No hay algo tranquilizador en estas tareas domésticas?”. Y ella me contestó con un efusivo: “¡Sí! No sé por qué, pero disfruto este momento mientras escucho música y me voy desenchufando (en estos intercambios nos olvidamos de la Real Academia de Letras y usamos un lenguaje coloquial) del mundo”.

Esa tan menospreciada tarea, antes sólo femenina, ahora compartida no sólo por los maridos, sino también por los hijos varones y hasta los novios de las más jóvenes de la familia, se convierte, a través de los años, en un remanso de paz. ¿Será quizá la tibieza del agua? ¿O el sonido con que corre? ¿El tener las manos ocupadas y a su vez poder pensar en otra cosa? ¿La satisfacción de poner orden en nuestro pequeño mundo? ¿De pensar qué lindo será prepararse el mate o el café de la mañana con el mármol despejado y un leve aroma a limón o manzana? No puedo dejar de pensar que es como preparar un escenario.

Quizá con la vejez –es mi caso, pero mejor digamos con los años, ya que mi amiga es una madre de familia de mediana edad, con marido en casa cuando no está trabajando, mientras ella dirige una empresa– hemos entendido esa bendita paz que da el tener el control del espacio que nos rodea.

Tengo la suerte de contar con gente que me ayuda, dos excelentes personas que se turnan en horarios y días, pero de vez en cuando me encanta ponerme a lavar platos, ordenar armarios, controlar manteles, doblar prolijamente servilletas, ver el estado de los repasadores.

Es la vieja tarea para la cual, dicen algunos, fuimos criadas y educadas las mujeres. Les voy a dar una sorpresa: mi madre, allá por los años 40 y 50, nos enseñó esa tarea tanto a sus hijas como a sus hijos. A todos nos tocaba, rotativamente, ayudar en la cocina, de donde mis hermanos salieron muy buenos y entusiastas cocineros, y menos entusiastas cuando de remendar medias o coser botones se trataba.

Ella, a su vez, solía hacer trabajos presumiblemente varoniles, como, en un acto de furia por la desidia de los muchachos de la casa, que no habían cumplido con esa tarea, cortar el pasto con una máquina tan pesada que no sé cómo podía manejarla. También se daba mucha maña con la electricidad cuando mi padre no estaba, y desarmando y armando la máquina de coser Singer modelo 36. Entre otras de sus virtudes, tenía muy buena mano para preparar el asado; pocas veces recuerdo a papá haciéndolo.

Cuando salíamos a cabalgar, yo podía ensillar mi caballo tan adecuadamente como Carozo, y más de una vez, cuando traían la leña, encabecé la tropa de niños y adolescentes para dejarla a resguardo. Si bien el hachero experimentado era él, yo podía cortar algunos troncos para la cocina sin que me quedaran los brazos doloridos.

Creo que esa diversidad de tareas, compartidas por todos, es lo que nos ayudó en la vida y lo que hoy hace que puede imaginar una novela mientras dejo correr el agua entre los dedos y ordeno los platos sobre un repasador antes de irme a la cama, diría que santamente.

Sugerencias:

1) Sin obligación, prueben hacer alguna de estas viejas tareas.

2) Otras amigas prefieren tomar clases de bordado o tejido.

 3) Enseñemos a los muchachos a bastarse por sí mismos y a compartir esfuerzos.





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