Sentarnos a esperar intervenciones mágicas es una excusa descomunal para no hacernos cargo de lo que nos corresponde solo a nosotros.


Sería maravilloso que los milagros existieran, ¿verdad? Tal vez existan. Nadie es dueño de la verdad, por lo cual jamás me atrevería a decirle a alguien que pierde el tiempo si espera una manifestación mágica o si recibe los consejos de un astrólogo o una vidente. Quizás aquella tarotista que un amigo frecuenta tenga buenas intenciones, y a nuestro conocido le haga bien saber lo que opina sobre su malestar y su futuro.

También hay quienes acuden a una iglesia o encomiendan sus problemas a alguna representación de Dios porque eso les brinda paz y los hace sentir mejor. Por eso, tampoco me atrevería a criticar a quien transita de gurú en gurú, dejándose fluir con el universo. En definitiva, cada cual es dueño de sus actos y tiene derecho a enfrentar la realidad como le plazca.

Al margen de esto, y con respeto, ante todas las cosas, considero que es sumamente tentador creer que nada tenemos que hacer más que aguardar a que un Dios, un ángel u otra entidad divina nos auxilie. Sería, en verdad, muy cómodo que eso fuera lo único posible ante los problemas de la vida. Porque si luego las cosas se solucionan, alcanza con agradecer y seguir con nuestra comodidad basada en no involucrarnos demasiado en nada.

En cambio, si las cosas no se dan como esperábamos, tampoco habremos de sentirnos responsables.

Con esto que digo, no estoy tratando de influenciar a nadie para que abandone su fe o esperanza. Bien por quien cree en los milagros. El tema es si sólo nos sentaremos a esperar que cierto milagro acontezca… ¿Acaso algo nos impide que, mientras aguardamos, tomemos el timón de nuestra vida y procuremos por nosotros mismos modificar lo que no nos gusta? ¿Qué pasa si hacemos algo para transformar nuestra realidad?

Puede ser que aún no sepamos por dónde comenzar, puede que nos sintamos asustados o nos creamos sin las fuerzas necesarias. Pero aún así se trata de la propia vida y de nuestros problemas. A menos que hagamos algo al respecto, seremos responsables de lo que pueda devenir. No permitamos que el pensamiento mágico nos desentienda de los conflictos que nos pertenecen. Tal vez la magia exista, pero sentarnos a esperar sus resultados es sólo una muestra de nuestra falta de compromiso con nosotros mismos, una excusa descomunal para no hacernos cargo de lo que nos corresponde solo a nosotros.

¿Eligimos creer en los milagros? No hay nada malo en esto. Pero, a pesar de esa creencia, sería bueno acostumbrarnos a actuar y a enfrentar la vida como si tales milagros no existieran. ¿Perderíamos algo asumiendo una actitud activa frente a la realidad? Claro que no.

Quizá, si nos hacemos a la idea de que los milagros no existen, seamos nosotros mismos los que nos esforcemos lo suficiente como para provocarlos.





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