Hernán Encina supo ser protagonista con la camiseta de Rosario Central, jugó durante casi dos décadas como profesional y pasó por clubes de Argentina y el exterior. A los 43 años, el Sapito lleva una vida muy diferente a la de aquella época y no tiene problemas en hablar de ella.
El exmediocampista regresó al barrio Las Flores, donde creció antes de llegar a Primera, y actualmente trabaja como albañil junto a su papá. Además, sigue vinculado con el fútbol a través de un equipo de amigos y de un proyecto destinado a los chicos del barrio.

La nueva vida del Sapito Encina después de Rosario Central
Encina integra actualmente “Los de Siempre”, un equipo que participa de torneos de veteranos en el Parque Regional Sur y diferentes canchas de Rosario.
Allí comparte plantel con otros nombres vinculados a la historia canalla, entre ellos César “Chelito” Delgado y uno de los hijos de Omar Palma. “Disfruto de la amistad del barrio y jugar con amigos. Siempre extrañé el barrio Las Flores”, contó Encina en una entrevista con La Capital.
Pero el fútbol ya no representa su principal actividad. El exjugador contó con naturalidad que actualmente acompaña a su padre en la construcción. “Hoy estoy con mi viejo trabajando de albañil. No se me van a caer los brazos por decirlo, no tengo vergüenza”, expresó.
Encina aseguró que disfruta de su nueva ocupación y recordó que ese probablemente hubiera sido su camino si el fútbol profesional no le hubiese dado una oportunidad. “Hoy también estamos laburando de eso y me gusta”, sostuvo.

Su reflexión también derriba una idea instalada alrededor de los futbolistas que consiguen llegar a Primera. Para el Sapito, no todos logran retirarse con una fortuna que les permita dejar de trabajar.
“La diferencia la hacen pocos”, señaló al referirse principalmente a quienes consiguen desarrollar carreras importantes en las principales ligas europeas. Encina aclaró, de todos modos, que está agradecido por todo lo que consiguió gracias al fútbol.
La historia del Sapito Encina en Rosario Central
Nacido en Rosario, Encina se formó en las divisiones inferiores de Central y debutó en Primera el 27 de octubre de 2001, durante una derrota 3-1 frente a Vélez.
Apenas dos fechas más tarde tuvo una de esas actuaciones que pueden marcar para siempre la relación de un futbolista con los hinchas.
El Sapito fue titular en el clásico frente a Newell's disputado en el Coloso y convirtió el gol canalla en el empate 1-1. Más de una década después, en 2013, volvió a marcar ante el mismo rival, esta vez en el Gigante de Arroyito, en la victoria 2-1 de Central.
Su camino hasta consolidarse, sin embargo, no fue sencillo. Después de sus primeros partidos pasó un largo período relegado e incluso llegó a pensar en abandonar el fútbol.

Encina recordó especialmente a Miguel Ángel Russo, quien le dio una nueva oportunidad cuando estaba marginado del plantel profesional.
“Estaba marginado y él me llevó a la Primera. Ahí tuve la oportunidad de jugar otra vez”, contó. También destacó a Omar Palma y Ángel Tulio Zof como figuras fundamentales durante sus años de formación.
Su carrera posteriormente lo llevó por diferentes equipos del fútbol argentino y también por el exterior. Jugó en clubes como Gimnasia de La Plata, Colón, Godoy Cruz, Instituto y Olimpo, además de tener experiencias en México con Tecos y Atlas.
En total, disputó 366 partidos oficiales y convirtió 28 goles durante 17 años como profesional. También consiguió dos títulos: el Clausura 2009 con Huracán y la Primera B Nacional 2012/13 con Rosario Central.
Hoy su relación con la pelota continúa, aunque desde un lugar completamente diferente. Además de jugar con amigos, Encina trabajó con chicos de Las Flores y del barrio Toba en un proyecto que llegó a reunir a alrededor de 150 jóvenes. El objetivo, explicó, era utilizar el deporte como una herramienta para “sacar los pibes de la calle”.
Entre el fútbol amateur, el trabajo social y las jornadas de construcción junto a su padre, el Sapito Encina volvió al mismo barrio del que salió antes de construir una extensa carrera profesional. Y lejos de esconder su nueva realidad, la resume con orgullo: “No tengo vergüenza”.

