El cónsul paraguayo, veterano en la cancillería paraguaya impulsa otro puente entre Posadas y encarnación.


Rafael Agustín Goiburú, el hijo del desaparecido militante paraguayo contra la dictadura de Alfredo Stroessner, volvió como cónsul de Paraguay a Posadas, donde fue secuestrado por efectivos del Plan Cóndor cuando tenía 10 años.

Fue el primer secuestro de su padre, fundador del Movimiento Popular Colorado (MoPoCo), el médico Agustín Goiburú. Pero ese día lo apresaron en el río durante una excursión de pesca con su hijo, junto a la Isla del Medio. Su bote de pesca se llamaba Elin, el sobrenombre de su mamá.

Hoy, en Posadas, dice que recibió “una reparación moral” para su familia, de manos del presidente Mario Abdo Benítez. Más aún, Rafael Agustín Goiburú ocupa la misma oficina que el cónsul Francisco Ortiz Téllez, cerebro del Operativo Cóndor.

“Soy un resiliente”, confesó Goiburú a Vía Posadas al contar cómo fue su vida, triturada por la dictadura. Ahora sueña con “derribar puentes y al contrario, proponer la construcción de un nuevo puente entre Posadas y Encarnación”.

Aquel día de 1969, en medio del Paraná, en jurisdicción argentina, las alas del sangriento Cóndor de las dictaduras regionales se abrieron para secuestrarlos. Parado sobre la quilla de la lancha de la Marina de Paraguay, José Dolores Paiva, dirigía el operativo.

Paiva hizo honor a su nombre, golpeó y lastimó psicológicamente a Rafael, a quien todos llaman Agustín. Ató a su padre con alambres y lo hundió en una bañera para torturarlo. A los pocos días Agustín regresó a Posadas con su madre Elsa Elisa Benítez, su hermano mayor Rolando y su hermanita de 2 años, Patricia Jazmín.

Agustín Goiburú, se había refugiado en Posadas, donde fundó el Sanatorio Misiones. Amaba esta tierra, pero el 23 de noviembre fue secuestrado, luego trasladado a Asunción, de donde escapó y fue asilado por la embajada de Chile. Salvador Allende lo recibió como a un héroe y lo alojó en el país trasandino.

Regresó a la Argentina y la dictadura militar de entonces lo confinó en Paraná. Las alas del Operativo Cóndor batieron otra vez, salpicando de sangre, y fue secuestrado el 9 de febrero de 1977; nunca más apareció. La maquinaria sangrienta de la Argentina, Brasil, Paraguay, Bolivia, Chile y otros países funcionó impune.  





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