PERSONAJES

El santo del bisturí

por Ximena Pascutti

En los oscuros años de la Primera Guerra Mundial que empezaba hace 104 años, el cirujano argentino Enrique Finochietto se instaló en París para salvar la vida de miles de soldados que llegaban desde el infierno de las trincheras. Esta es su historia.

Siempre se dice que la Primera Guerra Mundial fue una carnicería. Una contienda de impacto brutal sobre el cuerpo de los soldados, básicamente porque la lógica de la guerra y las armas habían cambiado para siempre, pero los ejércitos todavía pensaban en caballos, gritos y espadas. Se mataron alrededor de nueve millones de personas. Hubo parvas de heridos, traumatismos insoportables de ver. Médicos y enfermeras se vieron colapsados por el drama y fue necesario que los estados levantaran hospitales de la noche a la mañana.

Europa se desangraba y en gran parte de América se debatía la neutralidad. La Argentina se mantenía al margen, aunque en la alta burguesía muchos sentían una abierta simpatía por Francia. En eso andaba el mundo, cuando un puñado de estas familias, que residía en París, decidió financiar la creación de un hospital argentino que asistiera a los aliados que llegaban destrozados del frente. Y convocaron nada menos que al Dr. Enrique Finochietto, una eminencia argentina de la época, para que estuviera a cargo de su quirófano.

Cuando asume el puesto, el 1° de febrero de 1918, Finochietto tenía 38 años pero hacía escuela desde tiempo atrás. En la Argentina descollaba en la cirugía, investigaba nuevos sistemas de aplicación de la anestesia -obsesionado con evitar el dolor-, practicaba endoscopias y comenzaba a difundir lo aprendido sobre los Rayos X durante su primer viaje a Europa, entre 1906 y 1909. Su hermano Ricardo, su estrecho colaborador en las cirugías, lo llamaba “El Divino”.

Inversores argentinos financiaron un hospital argentino en París durante la Primera Guerra Mundial que quedó a cargo del Dr. Enrique Finochietto.

“La idea de montar un hospital para los aliados y llevar a Finochietto fue de Enrique Beretervide, un reconocido médico argentino que trabajaba en Francia desde 1915.Pero quien se ocupó de coordinar todo fue Marcelo T. de Alvear, ministro plenipotenciario en París, un cargo diplomático muy importante”, cuenta el médico e investigador histórico César Gotta,quien atesora en su valiosa colección fotográfica algunas imágenes de aquel joven Finochietto. “Alvear, que poco después sería presidente, era un hombre vinculadísimo. Le llevó poco tiempo juntar el dinero para montar el hospital, que luego quedaría bajo el control de L’ Union des Femmes de France, una entidad filantrópica que dependía de la Cruz Roja”.

¿Qué motivaba a estas familias argentinas a hacer semejante aporte a la guerra, si nuestro país era neutral ante el conflicto?

Supongo que hubo un poco de todo: de acto político, altruismo y romanticismo. Muchos de nuestros médicos se fueron a Francia en aquellos años, como el Dr. Pedro Chutro, otra eminencia y amigo de Finochietto.

Un quirófano bajo las balas

El hospital levantado con fondos argentinos se llamaba en realidad Hospital Auxiliar N° 108 y estaba ubicado en la Rue de la Claritie, hoy una zona bastante céntrica. Contaba con 150 camas y un equipo de rayos X, un verdadero lujo para la época. En poco tiempo, se convirtió en un centro de evacuación de referencia, a donde llegaban a diario los soldados heridos que Sanidad Militar rescataba del frente.

El quirófano montado para Finochietto funcionaba en el último piso de un edificio de seis plantas de estilo francés, bajo un inmenso techo vidriado que permitía aprovechar la luz del día para operar. Por las noches, si había una emergencia, los médicos debían tapar este techo con una tela opaca para que no se vieran las luces desde los aviones enemigos. En una de esas madrugadas de bombardeo, Enrique Finochietto y y el Dr. Rafael Cisneros operaban en el atelier de último piso −con Beretervide a cargo de la anestesia− cuando un intenso fuego antiaéreo se desencadenó y la lluvia de metralla rompió varios vidrios de la sala.

Entre esas paredes, Finochietto salvó vidas echando mano a varios de sus grandes inventos. Había ideado un trépano para las operaciones de cerebro, una mesa de cirugía general y el “constrictor cierra-nudos”, entre muchas otras herramientas que hicieron historia. Luego vendría el frontolux, una suerte de vincha con farol inspirada en los cascos de los mineros, creado por el médico argentino para iluminar, en plena cirugía, las heridas más pequeñas y profundas. Corrían años cruciales para la medicina, y algunos avances revolucionarios, como los antibióticos, tardarían una década en llegar. Pero un gran cambio de paradigma estaba en marcha: algunos médicos de vanguardia comenzaban a calzarse guantes de caucho para operar.

Los discípulos de Finochietto lo bautizaron “El Rey del Bisturí”, luego de su muerte en 1948.

¿Qué pasó con el Hospital Argentino al término de la guerra? “Cerró sus puertas a mediados de 1919, pero habiendo brindado un gran servicio en esta contienda tan sangrienta”, explica César Gotta. “Pasó lo mismo con otros hospitales que habían surgido en el marco de la guerra, frente a una París asediada por los obuses alemanes, que podían recorrer hasta 50 km. Diez bombas de esas en un noche provocaba más de 200 heridos”.

Fin y principio

El 11 de noviembre de 1918, el mundo recibió una noticia esperada: la Gran Guerra había terminado. Alemania había pedido el armisticio. “Quedaba pendiente la reconstrucción de las regiones destruidas y la recomposición de las economías europeas. Estados Unidos, por un lado, preparaba los préstamos para los países en guerra. Y con otro ojo, atendía lo que sucedía en Rusia, luego de que los bolcheviques tomaron el poder, en octubre de 1917. Se trataba del primer país socialista en el mundo. En junio de 1919, el Tratado de Versalles sellaría la organización del mapa europeo y castigaría con dureza a Alemania, una de las naciones perdedoras”, describe el escritor y docente en Historia Ramón Tarruella, autor de 1914 Argentina y la Primera Guerra Mundial (Aguilar), un interesante libro de reciente aparición.

“Cuando terminó el conflicto, las calles de las principales ciudades argentinas festejaron el triunfo de los aliados. Figuras como Lugones coparon cada uno de esos actos, opositores natos al gobierno de Yrigoyen. Llegarían nuevas tensiones para el gobierno radical, con los movimientos obreros, en dos episodios que dejarían un alto saldo de muertos: la Semana Trágica y la Patagonia Rebelde. La guerra había mostrado el camino para solucionar los conflictos: bala y sangre”.

Las nuevas armas provocaron heridas de una gravedad mayor a la esperada. Hubo que montar hospitales de la noche a la mañana.

Más allá del bando en que se estuviera, en Europa casi todos tuvieron que emprender el largo camino de reconstrucción. El desafío mayor era para los sobrevivientes, que cargaban la memoria de la guerra en el cuerpo. París se volvió una de tantas postales cruentas, de hombres mutilados y rostros desfigurados: los famosos Gueules cassées. Por eso las autoridades francesas solicitaron a Finochietto que se quedara y, una vez más, fue Marcelo T. de Alvear quien movió sus hilos.

En una carta fechada el 12 de marzo de 1919, se dirige al Dr. Julio Méndez, decano de la Facultad de Medicina de Buenos Aires: “Mi distinguido Doctor y amigo: No ignora usted la brillante acción del Dr. Finochietto desde su llegada y los eminentes servicios que sus méritos profesionales han prestado al Hospital Argentino en París, y así no extraña que, por la Secretaría general de Sanidad Militar, se le ruegue prolongue algún tiempo su estadía en esta, donde tan alto ha dejado el nombre del Cuerpo Médico Argentino”.

Finochietto se quedó en el hospital pocos meses más y volvió a la Argentina en octubre de 1919 para retomar su labor en el Hospital Rawson. En Francia lo habían despedido con su máximo reconocimiento, la medalla de oro de la Legión de Honor. Como un auténtico héroe: el médico argentino que salvó a cientos de soldados en la Primera Guerra Mundial