El país asiático tomó esta decisión tras abandonar la Comisión Internacional sobre Caza de Cetáceos (IWC). Por su parte, Islandia dejará de llevarla a cabo.


Luego de tres décadas de prohibición, las naves japonesas zarparon este lunes para cazar ballenas con fines comerciales. Esto se dio tras la salida formal del país de la Comisión Internacional sobre Caza de Cetáceos (IWC), pero más que una necesidad alimentaria, se considera un orgullo nacional.

A partir de 1998, como miembro de la IWC, Tokio tuvo que suspender la caza de cetáceos con fines comerciales.  Sin embargo, continuó matando ballenas bajo la argumentación de “investigación científica”.

Pese a que existen numerosas organizaciones ambientalistas que luchan para defender a estos animales; la presión no fue suficiente. Durante las primeras horas del primer día hábil de esta semana, los barcos zarparon desde el puerto de Shimonoseki, en la prefectura al oeste de Yamaguchi, y desde la ciudad de Kushiro, en Hokkaido, al norte del archipiélago.

Para evitar la caza salvaje, la Agencia Nacional de Pesca ha establecido cuotas para la captura máxima de 227 ballenas de aquí a fines de año. De esa manera, las autoridades explican que “se podría continuar la práctica por otros cien años sin afectar su sostenibilidad”.

En una ceremonia en Shimonoseki, el ministro de Agricultura japonés, Takamori Yoshikawa, recordó su compromiso de respetar los límites y la promesa de reverdecer la industria alimentaria.

Según datos del gobierno nipón, en 1960 el consumo anual de carne de ballena en el país ascendió a 200 mil toneladas, cayendo a unas 5 mil en los últimos años.

Japón se unió a la IWC en 1951, tres años después de su establecimiento, con el objetivo de regular el desarrollo sostenible de la especie, pero decidió abandonar la organización en diciembre pasado luego de la negativa de los países adherentes a restaurar la caza de cetáceos con fines comerciales, informó la agencia ANSA. Tokio ha especificado que sus barcos concentrarán actividades alrededor de la zona económica exclusiva (ZEE), y ya no en el mar Antártico.

En 1986, la IWC acordó la imposición de cuotas a la caza comercial de ballenas. Tras décadas de pesca indiscriminada, numerosas especies se encontraban al borde de la extinción, lo que causó gran consternación entre la opinión pública internacional. Pese a sus reticencias, los principales países balleneros, desde Noruega hasta Islandia pasando por Japón, aceptaron lo acordado aunque con excepciones, como el argumento de “caza científica” esgrimido por Japón.

A partir de ahora, las pesqueras japonesas podrán ir por ballenas en sus aguas territoriales (un radio de 200 millas náuticas desde sus costas) sin mayores restricciones que las marcadas por el gobierno nipón. Su objetivo es capturar a más de 250 ejemplares anualmente, y potenciar su venta en las lonjas locales. Es el fin al orden impuesto por la IWC en 1986, según revelan los ambientalistas.

Asimismo, hasta el día de hoy, Japón ha podido cazar alrededor de 300 ballenas anuales “con propósitos científicos”. La excepción suponía un subterfugio legal que permitía a los balleneros japoneses seguir operando en el Ártico (entre 200 y 1.200 al año). La carne terminaba en el mercado pese al carácter científico de las expediciones, y pese al creciente desinterés de los japoneses.

Lo curioso es que el consumo de carne de ballena se ha desplomado en Japón durante las últimas décadas. Tan solo 3.000 toneladas se consumieron el año pasado, muy lejos del pico de las 233.000 registradas en 1962. La ballena dejó de ser la perla de la gastronomía nipona, y el japonés promedio solo consume 40 gramos anuales. Esta caída viene aparejada con un cambio de gustos en la dieta nacional local: hoy Japón consume hoy 24 kilos de pescado per cápita, frente a los 31 de carne.

La industria ballenera vive en Japón subsidiada por el gobierno, que pierde unos 15 millones de dólares al año en mantener a 300 trabajadores y en conservar la carne sobrante.

El problema es que, más allá de que las preferencias cambien, muchos japoneses aseguran que la pugna política por la caza de la ballena tiene más que ver con el orgullo nacional que de motivaciones comerciales.






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