Carlos Soria, alpinista de 87 años: "No persigo récords, hago lo que me gusta"
A sus 87 años, el legendario alpinista español desafía los límites biológicos con una rutina matinal innegociable.


La trayectoria de Carlos Soria representa una auténtica anomalía en la historia del montañismo de élite internacional. Habiendo iniciado sus primeros ascensos verticales a los catorce años, el escalador español ha transformado el envejecimiento en un terreno de exploración activa, desarmando los prejuicios culturales que asocian la vejez con el sedentarismo y la renuncia a los grandes desafíos.

Con una serenidad ganada a base de experiencia en las paredes más complejas del planeta, el veterano resume la filosofía que guía sus pasos con una contundencia desarmante: "No persigo récords, hago lo que me gusta". A lo largo de las décadas, su nombre quedó grabado en las páginas doradas del andinismo tras convertirse en la persona de mayor edad en hacer cumbre en el Manaslu, a 8.163 metros de altitud.

Sin embargo, este camino de perseverancia extrema convive con un desgaste anatómico inevitable que el deportista asume con total naturalidad: una prótesis en la rodilla, la pérdida gradual de potencia muscular y una disminución auditiva que añade complejidad a la lectura acústica de las grietas y los desprendimientos de roca.

Lejos de permitir que los achaques físicos dicten el cese de su actividad, Soria cimenta su resistencia en una estricta disciplina cotidiana que comienza apenas amanece. Cada mañana ejecuta una sesión de acondicionamiento físico adaptado para preservar la masa muscular, el equilibrio y la movilidad funcional indispensables para cargar mochilas y negociar pendientes empinadas. Al justificar la génesis de este hábito inquebrantable, el montañista explica con claridad meridiana: "Mi cuerpo lo necesita y mi cabeza también", evidenciando que el movimiento es el motor que enciende su vitalidad mental.

Esta preparación sistemática se complementa con una dinámica de vida activa donde caminar, subir escaleras y compartir salidas con compañeros dos décadas más jóvenes consolidan un entorno social sumamente estimulante. La evidencia deportiva respalda su enfoque: hitos monumentales como la conquista del K2 a los 65 años, el Makalu a los 69, el Kangchenjunga a los 75, el Annapurna a los 77 y su reciente cumbre en el Aconcagua en febrero de 2025 demuestran que la fuerza funcional adaptada permite sostener proyectos ambiciosos mucho después del retiro laboral formal.
La agenda del ochomilista mantiene aún dos cuentas abiertas para completar la mítica corona de las catorce cimas más elevadas de la Tierra: el Shishapangma y el esquivo Dhaulagiri. Esta última mole rocosa lo ha puesto a prueba en quince oportunidades distintas, incluyendo un dramático accidente en 2023 a 7.400 metros de altura que le provocó graves fracturas de tibia y peroné, un revés que no logró apagar su determinación ni su deseo de regresar al campamento base.

Para sostener semejante exigencia psicofísica en la antesala de los noventa años, la regularidad del entrenamiento diario no admite excepciones de ningún tipo. Soria confiesa sin rodeos que "el día arranca mal" si posterga su rutina de ejercicios matutinos, dejando en claro que la constancia corporal es el anclaje indispensable que mantiene sincronizados su organismo, su motivación y las demandas de la montaña.

En definitiva, la historia de Carlos Soria trasciende el ámbito estrictamente deportivo para convertirse en un valioso testimonio sobre cómo habitar el paso de los años con plenitud y propósito. Su negativa a claudicar frente al paso del calendario enseña que los límites de la edad son maleables cuando existe una pasión genuina, demostrando que mientras el cuerpo mantenga el impulso de avanzar, siempre habrá una nueva cumbre esperando en el horizonte.