Conocé las increíbles adversidades que deben sortear los marinos Argentinos al navegar por las aguas más hostiles del planeta para llegar al mítico faro San Juan de Salvamento.


Como la dentadura de una gigantesca bestia marina, los puntiagudos peñascos de la Isla de los Estados emergen desde las profundidades de las negras aguas australes. Las narraciones de todos los navegantes del mundo afirman el carácter geográfico hostil y poco amigable de este confín del mundo. El viento de 50 nudos -que llega directamente desde la Antártida– corta las olas. La proa del Aviso A.R.A Bahía Agradable se hunde en esas corrientes furiosas que se cruzan formando escoraciones de marea. La irreverente fuerza del océano Atlántico choca en estruendosas explosiones contra las aguas del mar Austral. “A 200 yardas para la caída”, anticipa el segundo comandante Carlos Coyla. En el puente de mando todos se aferran de donde pueden.

El faro del Fin del Mundo en la Isla de los Estados Fuente: LA NACION – Crédito: Santiago Filipuzzi / Enviado Especial.

El comandante del navío Guillermo Donadío, es el único que está tranquilo. Sale a cubierta en medio de este aquelarre y ordena modificar el rumbo del barco, capeando el temporal hasta el extremo oriental de la isla, donde en lo alto de un peñasco se ve un pequeño punto blanco, la única evidencia de humanidad en este mundo pétreo: es el faro San Juan del Salvamento, al que Julio Verne bautizó, el Faro del Fin del Mundo.

Faros Tierra del Fuego.

El viaje al faro dura tres días y es una aventura extrema. El punto de partida es el Puerto de la Armada en Ushuaia. Hasta allí arribó desde su puesto de origen, el puerto de Mar del Plata, el Bahía Agradable, bordeando y patrullando las 200 millas (límite entre el mar Argentino y el océano Atlántico) hasta fondear en las plomizas aguas del canal Beagle. Aquí cargó las provisiones para los dos puestos que la Armada tiene en el confín austral, el de Bahía Buen Suceso, en la punta más oriental de la Península Mitre, en Tierra del Fuego, y en el Apostadero Luis Piedrabuena, en Puerto Parry, en la Isla de los Estados. En ambos hará el relevo del personal. “Sabemos muy bien que no es fácil pasar el Estrecho de Le Maire, pero somos marinos de guerra, nos formamos para esto”, comenta Donadío.

Tripulación

Con una tripulación de 80 personas entre mujeres y hombres, el viaje al faro San Juan del Salvamento se usa para adiestrar a diferentes miembros de fuerzas de la Armada, buzos tácticos y nadadores de salvataje, infantería, y los propios oficiales que se forman en las difíciles artes de navegar por estas peligrosas aguas.

La aventura de los marinos que navegan los mares del sur para controlar el Faro del fin del Mundo Fuente: LA NACION – Crédito: Santiago Filipuzzi / Enviado Especial.

Los tripulantes pasan la mayor parte del año dentro del barco. La mayoría tiene sus familias lejos. La cabo Carla Vaca, además de maquinista es nadadora de rescate. Vive en Jujuy, tiene 24 años y tiene su asiento en Mar del Plata. Regresa a su provincia una o dos veces al año. “Para las mujeres es todo más difícil, siempre nos están evaluando”, afirma aunque reconoce que sus compañeros la tratan con respeto y se plantea una real igualdad. “Trabajo con los hombres de mar en cubierta”, sostiene. “Siempre me gustó el mar, cuando voy a Jujuy lo extraño”, dice.

Los marinos arriban a la bahía Buen Suceso con víveres Fuente: LA NACION – Crédito: Santiago Filipuzzi / Enviado Especial.

El encargado de ver el estado de los faros y de balizamiento es el teniente de fragata Guillermo Pérez Davies. Los barcos de la Armada mantienen todas las señales hidrográficas en la Zona Austral. Muchas veces la luz (en el Canal Beagle son todas de led) de las balizas queda fuera de foco, por el viento. “A principios de año instalamos luz en el interior del faro de San Juan del Salvamento”, afirma.

Los datos meteorológicos son apuntados sobre uno de los parabrisas del buque Fuente: LA NACION – Crédito: Santiago Filipuzzi / Enviado Especial.

A las pocas millas de zarpar, cerca de Puerto Almanza, se hace un simulacro de abandono del barco y uno de incendio. “En las balsas hay comida para dos días, elementos de pesca y ropa seca”, informa el teniente de corbeta Braulio Martínez. La navegación del Canal Beagle es compartida con Chile. En sus puestos de vigilancia, desde la radio piden saber el rumbo del barco. “No tenemos por qué informarles, tenemos libre navegación”, afirma Donadío, quien reconoce que existe una excelente relación con la Armada chilena.

Objetivo

El objetivo principal es pasar el Estrecho de Le Maire con buen tiempo. “De lo contrario, vamos a tener que esperar en el Cabo San Diego hasta que el mar deje de estar arbolado”, agrega. Este pasaje es conocido por sus aguas traicioneras. Luego de hacer el relevo en el puesto de Buen Suceso, el Bahía Agradable sube hasta el extremo norte del Estrecho, a la espera de un hueco climático. Desde aquí sólo 37 kilómetros separan la Isla de Tierra del Fuego con la Isla de los Estados. Desde los altavoces se advierte que toda la tripulación se prepare para “son de mar”. Es decir, que se asegure todo aquello que se pueda caer. “Procedemos al paso”, ordena el comandante. Todo el barco enmudece.

La aventura de los marinos que navegan los mares del sur para controlar el Faro del fin del Mundo Fuente: LA NACION – Crédito: Santiago Filipuzzi / Enviado Especial.

Cada nudo equivale a 1,8 kilómetros por hora. El viento aumenta hasta 50, la furia del mar se hace sentir, las ráfagas son de casi 100 km/h. El Estrecho tiene una profundidad promedio de 100 metros, pero tiene “bajos fondos” de apenas 4, que el barco debe esquivar ante el peligro de quedar encallado. También se producen escoraciones de marea, flujos atípicos de agua que chocan entre sí, dando la sensación a simple vista que el mar “hierve, burbujea” o “se arbole”, usando términos marinos. El cruce dura tres horas. En este tiempo, el barco “cabecea” (se hunde por proa) y “rola” (se mueve de un lado a otro). No hay estómago que aguante estos movimientos. Hasta los experimentados salen a cubierta a devolver los desayunos para continuar en sus puestos.

El teniente Barraza traza una ruta sobre el mapa Fuente: LA NACION – Crédito: Santiago Filipuzzi / Enviado Especial.

Una vez sobre la Isla de los Estados, el temporal no cesa, aunque los tripulantes respiran y algunos comienzan a aparecer por los pasillos. Es el segundo día de navegación. Desde los altavoces se llama “a rancho”, es decir, al comedor. Los que llevan más años, comen, pero luego de pasar el Estrecho de Le Maire, el cuerpo se resiente. El “Bahía Agradable” navega la parte norte de la isla, envuelta en nubes. Pasa por Bahía Flinders, Puerto Parry (donde se relevan los cuatro únicos habitantes que permanecen 45 días aislados en el Apostadero Luis Piedra Buena) y con su derrota (recorrido) fija rumbo a 7 nudos al Faro del Fin del Mundo.

Temperatura

El barco fondea en el puerto de San Juan de Salvamento, la temperatura es de 4 grados, de a ratos llueve, nieva y luego sale el sol. Para bajar es necesario ponerse trajes noruegos de alta exposición. En caso de caída, permiten sobrevivir una hora. Sin ellos, en pocos minutos la muerte es segura en estas heladas aguas. Los peñascos bajan a pique al mar. Ayudados por un bote neumático, llegamos a la pequeña playa de piedras. Un sendero se pierde en la selva patagónica. Se camina a paso lento durante media hora sobre la turba, la tierra parece una esponja húmeda.

Una de las pequeñas ventanas del faro del Fin del Mundo que mira hacia la Antártida Fuente: LA NACION – Crédito: Santiago Filipuzzi / Enviado Especial.

En la cima de la Punta Lasserre está el faro, la mítica construcción que inspiró a Julio Verne. Es una casilla de madera de 16 lados, con una bocha de acero que corona el techo. Al lado de la puerta hay un desagüe que desagota en un bidón. “Es agua de lluvia para los navegantes”, explica el teniente de fragata Lucas Krenz. Junto a tres camaradas, entran para asegurarse que el cableado del sistema lumínico interior, las baterías y la lámpara del faro, que está en una de las ventanas que dan al mar, estén bien. Dentro de 45 días volverán para hacer el mismo trabajo.

Inauguración Faro Fin del Mundo 1884

El primero en advertir la necesidad de tener un faro en la isla fue Luis Piedra Buena, quien fue su propietario en 1868. También fue el primero en enarbolar nuestra bandera en este confín. “Sin cobrar un peso, salvó a más de cien marineros”, recuerda Donadío. El 25 de mayo de 1884 el faro San Juan del Salvamento iluminó los mares del sur. Allí vivieron seis torreros. La condición de vida era inhumana. La hostilidad del clima fue el principal condicionamiento. Hasta 1862, trece barcos desaparecieron y 221 marinos fueron salvados. El lugar fue un cementerio de navíos, pero los principales naufragios ocurrían al norte, la utilidad del faro fue cuestionada y en 1902 apagó su luz, para darle actividad al Faro Año Nuevo, en la vecina Isla Observatorio.

Por más de un siglo el faro estuvo abandonado. El 1998 el francés André Bronner lo reconstruyó en el mismo lugar donde estaba el original y en marzo de este año le modificó el sistema lumínico -y las baterías- para volverlo más útil para los navegantes.

André Bronner y Rosana Bertone (Gobernadora Tierra del Fuego).

Bronner siente fascinación por el Faro, creó la Asociación del Faro del Fin del Mundo, con sede en La Rochelle (Francia), donde vive. “Queremos nombrar Guardianes del Faro, la condición es que se queden una noche allí, y luego cuenten su experiencia con un texto, dibujo o pintura”, sugiere. “Para los franceses, el faro de San Juan del Salvamento pertenece a nuestro patrimonio cultural, es un lugar mítico y mágico“, agrega. En el año 2000, construyó una réplica en el puerto de La Rochelle.

Expedición al Faro Fin del Mundo, San Juan de Salvamento – Isla de los Estados.

En su interior se pueden ver recuerdos de expediciones de todas partes del mundo: herramientas, pero también un anafe (con su garrafa), una pava, yerba, café, y comida en lata. También hay bolsas de dormir, frazadas, faroles, mechas y kerosén. Aquí existen todos los elementos que harían posible la supervivencia de cualquier naufrago. Todos firman el libro de visitas y muchos se llevan el recuerdo más buscado: el sello con las coordenadas de este faro que alimenta la imaginación de los marinos que se animan al último confín del mundo. “Hasta dentro de 45 días”, se despide el guardamarina Agustín Aquino, cerrando su puerta. Falta un día de navegación hasta regresar a Ushuaia, pero la tarea está cumplida.

Réplica Faro Fin del Mundo en Francia.

Artículo La Nación – Crédito: Santiago Filipuzzi / Enviado Especial.





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