Tucumán amaneció con un silencio distinto. Se fue Néstor “Poli” Soria, y con él una parte entrañable del alma poética del norte. No se fue del todo, claro: quedan sus canciones, sus palabras, sus libros, las melodías que tejió con otros grandes, y sobre todo, ese modo de contar la provincia desde adentro, desde el suelo, desde la raíz.
Poeta de la calle y del monte, del barrio y del dolor colectivo, “Poli” fue más que un compositor. Fue un cronista de lo invisible, de esos oficios que ya no se nombran, de los que luchan sin estridencias, de los que resisten en las esquinas, en las zambas, en la ternura de una guitarra. Su obra fue un abrazo largo a la cultura popular.
Le cantó al obrero, al que siembra y al que parte, a la mujer del mercado, al amor que se va y a la tierra que se queda. Su voz —a veces dicha, a veces escrita, a veces cantada por otros— supo ser puente entre generaciones. Fue inspiración para músicos, pensadores y caminantes de todas las geografías.
Sus versos fueron música en bocas tan dispares como Mercedes Sosa, Liliana Herrero o Tomás Lipán. Sus libros rescataron memorias barriales y relatos invisibilizados, porque entendía que también se milita desde el lenguaje, desde el gesto sencillo de nombrar lo que duele y lo que nos sostiene.
